Intentando el Pasado Simple en su Piel
La luz del atardecer se colaba por las cortinas de mi departamento en la Condesa, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que el aire oliera a jazmín del jardín de abajo. Yo, un chamaco de treinta tacos que trabajaba en marketing digital, había contratado clases particulares de inglés porque mi jefe gringo me estaba echando carrilla por mi acento. Pero lo que no esperaba era que la maestra, Karla, fuera una morra de curvas asesinas, con ojos negros que te miraban como si ya supieran todos tus secretos.
—Órale, carnal, hoy vamos a practicar el simple past —dijo ella con esa voz ronca que me ponía la piel chinita, sentándose en el sofá a mi lado, tan cerca que sentía el calor de su muslo rozando el mío. Llevaba una blusa ajustada que marcaba sus chichis perfectas y una falda que subía un poco cuando cruzaba las piernas. Olía a vainilla y a algo más, como a deseo fresco.
Yo tragué saliva, tratando de concentrarme en el cuaderno.
¿Por qué carajos contraté clases en mi casa? Esto es una pinche trampa, pensé, mientras mi verga empezaba a despertar bajo los jeans. Ella se inclinó para señalar una oración: "I tried the simple past yesterday".
—Ahora tú, prueba. Di: I try simple past —me ordenó, su aliento cálido en mi oreja.
—I... try simple past —balbuceé, sintiendo cómo mi corazón latía como tamborazo en la cabeza. Nuestras manos se rozaron al pasar la página, y un chispazo eléctrico me recorrió el brazo. Ella sonrió, esa sonrisa pícara de chilanga que dice "ya valiste".
La clase siguió así, con ella corrigiendo mi pronunciación, su dedo en mis labios. Touch, suave como pluma. Cada vez que decía "try simple past", su voz se volvía más juguetona, como si estuviera probando algo más que tiempos verbales. Yo ya no podía disimular el bulto en mis pantalones, y ella lo notó, mordiéndose el labio inferior.
—¿Quieres practicar más de cerca? —susurró, su mano posándose en mi rodilla. El aire se espesó, cargado de ese olor a piel caliente y perfume mezclado. Asentí, mudo, mientras ella se acercaba, sus tetas rozando mi pecho. Nuestros labios se encontraron en un beso que sabía a menta y a urgencia, lenguas danzando como en una salsa callejera.
Acto uno cerrado, el deseo ya ardía. La llevé a la recámara, donde la cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio que olían a limpio y a promesas. La desvestí despacio, admirando su cuerpo moreno, suave como tamal recién hecho. Sus pezones duros bajo mi lengua, salados y dulces. Ella gemía bajito, "Sí, así, cabrón", arqueando la espalda.
En el medio del jale, la tensión subía como fiebre. Yo la besaba por el cuello, inhalando su aroma a sudor ligero y loción. Mis manos exploraban su culo firme, apretándolo mientras ella me quitaba la playera, arañándome la espalda con uñas pintadas de rojo.
Esto es mejor que cualquier pinche clase de inglés, me dije, mientras bajaba por su panza, lamiendo hasta llegar a su entrepierna. Estaba mojada, chorreando néctar que probé con deleite, ácido y dulce como tamarindo. Su clítoris hinchado bajo mi lengua, palpitando al ritmo de sus jadeos: "¡No pares, güey!".
Ella me volteó, cabalgándome con maestría. Su panocha apretada engullendo mi verga dura como fierro, centímetro a centímetro. Sentí cada vena, cada contracción, el calor húmedo envolviéndome. Movía las caderas en círculos, sus chichis rebotando, sudor perlando su piel que brillaba bajo la luz tenue. Yo la agarraba de las nalgas, guiándola, nuestros cuerpos chocando con palmadas sonoras, plaf plaf, eco en la habitación.
—Try simple past —jadeó ella entre gemidos, riendo traviesa—. I tried... I fucked you yesterday.
Yo reí, embistiéndola más fuerte, el colchón crujiendo bajo nosotros.
¿Qué pedo? Esto es poesía pura. La volteé a cuatro patas, admirando su espalda arqueada, el cabello negro cayendo como cascada. Entré de nuevo, profundo, sintiendo cómo su interior me ordeñaba. El olor a sexo llenaba el aire, almizclado y embriagador. Sus paredes vaginales se contraían, ordeñándome, mientras yo aceleraba, bolas golpeando su clítoris.
La psicología entraba en juego: yo dudaba un segundo, pensando en si esto arruinaría las clases, pero ella giró la cabeza, ojos llameantes: "No pienses, nomás fóllame". Eso me liberó. La intensidad crecía, pulsos acelerados sincronizados, respiraciones entrecortadas. Sudor goteando de mi frente a su espalda, salado en mi lengua cuando la besé ahí.
Pequeñas resoluciones: paramos un momento para cambiar posición, ella encima otra vez, cabalgando salvaje. Sus uñas en mi pecho, dejando marcas rojas que ardían delicioso. Yo pellizcaba sus pezones, tirando suave, oyendo sus alaridos: "¡Más, pendejo!". El clímax se acercaba, como tormenta en el Popo.
Finalmente, el ending. La puse boca arriba, piernas en mis hombros, penetrándola hondo. Cada embestida un trueno, su coño chorreando jugos que mojaban mis huevos. Ella se retorcía, gritando "¡Me vengo, cabrón!", su cuerpo convulsionando, paredes apretándome como puño. Eso me llevó al borde: un rugido gutural, y exploté dentro de ella, chorros calientes llenándola, semen mezclándose con sus fluidos, goteando por sus muslos.
Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa de sudor. Su cabeza en mi pecho, oyendo mi corazón galopante calmarse. El cuarto olía a nosotros, a sexo consumado, con un toque de vainilla residual. La besé la frente, suave.
—La mejor clase ever —murmuró ella, trazando círculos en mi abdomen.
Yo sonreí,
El simple past nunca se sintió tan vivo. Reflexioné en el afterglow: esto no era solo un polvo, era conexión, dos almas chilangas encontrando ritmo en el caos de la ciudad. Mañana seguiríamos clases, pero ahora con un secreto jugoso. El deseo lingüístico se había transformado en pasión carnal, y yo ya planeaba la próxima lección.
Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas, el sol poniente despidiéndose, prometiendo más noches de "try simple past".