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Abuela Trio Anal Desenfrenado

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Abuela Trio Anal Desenfrenado

El sol de la tarde caía a plomo sobre la colonia de Coyoacán, tiñendo de dorado los muros de la casa de mi abuela Lupe. Yo, Alex, de veinticinco pirulos, había llegado de sorpresa para visitarla, con una chela fría en la mano y el corazón latiendo fuerte porque siempre que pisaba su territorio, algo se removía en mis pantalones. Lupe no era la típica abuela arrugada; a sus sesenta, seguía siendo una chulada: curvas generosas, piel morena como el chocolate de Oaxaca, y unos ojos negros que te desnudaban con una mirada. Olía a jazmín y a algo más, un aroma terroso que me ponía la verga tiesa sin remedio.

¡Órale, mijo! —gritó desde la cocina, su voz ronca y juguetona—. ¿Qué pedo? Pasa, pasa, que te voy a preparar unos tacos de carnitas.

Entré y la vi removiendo la olla, con un vestido floreado que se le pegaba al culo redondo como dos melones maduros. Me acerqué por detrás y la abracé, sintiendo sus nalgas contra mi entrepierna. Ella se rio, un sonido gutural que me erizó la piel.

Carajo, esta mujer me va a matar un día de estos, pensé. Siempre ha sido así, coqueta, juguetona, como si el tiempo no le pasara.

De pronto, la puerta trasera se abrió y entró Rosa, la compadre de mi abuela, una madurita de unos cincuenta y tantos, flaca pero con tetas firmes y un tatuaje de rosa en la nalga que asomaba por su short. Las dos se miraron con picardía, como si compartieran un secreto chido.

—Mira quién llegó, Rosa —dijo Lupe, guiñándome el ojo—. Mi nieto el galán.

Rosa me escaneó de arriba abajo, lamiéndose los labios. ¡Ay, qué rico! murmuró. El aire se cargó de tensión, un calor húmedo que olía a sudor fresco y a carne asada. Sentí mi verga endurecerse, palpitando contra el jeans.

Nos sentamos a comer en el patio, bajo la buganvilia que goteaba pétalos rojos. Las chelas corrían, las risas se volvían más sueltas. Lupe rozaba mi pierna con el pie descalzo, sus uñas pintadas de rojo arañando mi pantorrilla. Rosa contaba anécdotas picantes de sus juventud, de tríos locos en la playa de Puerto Vallarta.

—Y tú, Alex, ¿nunca has probado un trío? —preguntó Rosa, su voz como miel caliente.

Negrito el corazón se me aceleró. Lupe me miró fijo, su mano en mi muslo apretando suave.

—Mi mijo es puro fuego —dijo ella—. Pero le falta experiencia con mujeres como nosotras.

El deseo crecía como una tormenta, el pulso retumbando en mis oídos, el sabor salado de la carnita en la lengua mezclándose con el anticipio. ¿Esto iba en serio? Mi abuela y su amiga, queriendo un abuela trio anal? La idea me mareaba, pero mi cuerpo gritaba .

La noche cayó como un manto negro, las luces del patio parpadeando. Terminamos las chelas y Lupe nos jaló al cuarto de huéspedes, una habitación amplia con cama king size, sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. El ventilador zumbaba lento, moviendo el aire cargado de feromonas.

—Desnúdate, mijo —ordenó Lupe, su voz autoritaria pero dulce, mientras se quitaba el vestido, revelando unas lolas enormes, pezones oscuros duros como piedras—. Rosa y yo te vamos a enseñar lo que es un verdadero trío anal.

Me quedé en calzones, la verga apuntando al techo, venas hinchadas. Rosa se acercó gateando, su boca caliente rozando mi pecho, chupando un pezón mientras sus manos bajaban a mi paquete. ¡Qué verga tan chingona! exclamó, sacándola y lamiendo la punta, saboreando el precum salado.

Esto es un sueño cabrón, pensé. Mi abuela, esa diosa morena, mirándome con hambre, su coño depilado brillando de jugos.

Lupe se unió, besándome con lengua profunda, gusto a tequila y canela. Sus manos masajeaban mis bolas, pesadas y llenas. Me tumbaron en la cama, el colchón hundiéndose suave bajo mi peso. Rosa se sentó en mi cara, su culo flaco pero firme abriéndose sobre mi boca. Lamí su ano rosado, salado y musgoso, mientras ella gemía ¡Así, cabrón!.

Lupe untó lubricante en mi verga, el frío gel contrastando con el calor de su palma. Despacito, murmuró, montándome despacio. Sentí su culo apretado tragándome centímetro a centímetro, anillos musculares ordeñándome. El dolor-placer era eléctrico, sus nalgas rebotando contra mis caderas, piel sudorosa chocando con palmadas húmedas.

¡Fóllame más duro, pendejo! —gruñó Lupe, cabalgando como una jinete en rodeo, sus jugos chorreando por mis bolas.

Rosa se bajó y lamió donde nos uníamos, lengua danzando en mi eje y el ano de Lupe. El cuarto apestaba a sexo: sudor agrio, lubricante dulce, coños calientes. Mis manos amasaban las tetas de Rosa, pellizcando pezones que crujían entre dedos.

Cambiaron posiciones. Ahora yo de rodillas, Lupe debajo de Rosa en 69, lamiéndose mutuamente. Empujé en el culo de Rosa, más estrecho, un túnel de fuego que me succionaba. ¡Ay, Diosito! chilló ella, pero empujaba hacia atrás, queriendo más. Lupe metía dedos en su coño, salpicos mojados sonando como lluvia.

El abuela trio anal era real, jodidamente perfecto. Sus gemidos me volvían loco, el olor de sus culos mezclándose en mi nariz.

El ritmo aceleró, caderas chocando, piel resbalosa. Sudor goteaba de mi frente al lomo de Rosa, salado en mi lengua cuando lo lamí. Lupe se giró y me chupó las bolas mientras follaba a su amiga, vibraciones de su garganta enviando ondas al cerebro.

—No pares, mijo —jadeó Lupe—. Lléname el culo también.

Me saqué de Rosa con un pop húmedo y embestí a mi abuela, su ano más experimentado, pero igual apretado como virgen. Rebotaba contra mí, nalgas ondulando, mientras Rosa frotaba su clítoris contra el de Lupe. El placer subía como lava, bolas contrayéndose.

El clímax nos golpeó como un rayo. Primero Rosa, convulsionando, chorro caliente salpicando las sábanas, grito ahogado ¡Me vengo, chingada madre!. Lupe la siguió, su culo estrujándome la verga, paredes pulsando rítmicas. No aguanté: grité, descargando chorros espesos en lo profundo de mi abuela, semen caliente llenándola hasta rebosar, goteando blanco por sus muslos morenos.

Colapsamos en un enredo de cuerpos sudorosos, pechos subiendo y bajando, el ventilador enfriando nuestra piel febril. Besos suaves, lenguas perezosas saboreando el aftermath salado. Lupe me acarició el pelo, Rosa mi pecho.

—Eso fue el mejor trío anal de mi vida, mijo —susurró Lupe, ojos brillando—. Volviste a casa justo a tiempo.

En ese momento, supe que esto no era el fin. El lazo con mi abuela se había vuelto indeleble, un fuego que ardía eterno.

Nos quedamos así hasta el amanecer, cuerpos entrelazados, el aroma de nuestro abuela trio anal impregnado en las sábanas. Afuera, los pájaros cantaban, pero dentro, solo reinaba la paz del placer compartido, maduro y consentido.

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