El Tri de Hoy Enciende Pasiones
El bar estaba a reventar esa noche. La pantalla gigante transmitía el Tri de hoy contra los gringos, y el ambiente olía a chelas frías, tacos al pastor chamuscados y ese sudor ansioso de la afición mexicana. Daniela se acomodó en la barra, con su blusa escotada pegada al cuerpo por el calor del DF en pleno verano. Sus ojos cafés recorrían el lugar, buscando algo más que el partido. Neta, necesito un poco de acción esta noche, pensó, mientras el porrazo inicial retumbaba en los altavoces.
Ahí lo vio. Marco, un morro alto, moreno, con camiseta verde del Tri ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que le ceñían el culo de forma criminal. Animaba como loco, gritando "¡Vamos, cabrones!" cada vez que Chicharito tocaba el balón. Sus ojos se cruzaron cuando ella levantó su michelada, y él sonrió con esa dentadura blanca que la hizo apretar las piernas bajo la barra.
¿Qué güey tan rico? Me lo comería entero, se dijo Daniela, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo a su entrepierna.
El primer tiempo avanzaba tenso. El Tri presionaba, pero el portero gringo atajaba todo. Marco se acercó, pidiendo otra chela al lado de ella. "Órale, carnala, ¿no te da coraje este pinche partido? ¡El Tri de hoy tiene que romperla!", dijo con voz grave, oliendo a colonia barata mezclada con hombre sudado. Daniela rio, rozando su brazo "accidentamente". "Sí, wey, me pone de nervios. Pero tú pareces saber de fútbol... y de otras cosas." Sus miradas se clavaron, el ruido del bar se atenuó, solo se oía el latido acelerado de su pulso y el eco de los vuvuzelas en la tele.
Al medio tiempo, con el score 0-0, Marco la invitó a una mesa apartada. Se sentaron pegaditos, muslos tocándose bajo la mesa de madera pegajosa. Hablaban de todo: del Piojo Herrera, de las chavas que se armaban broncas en el Azteca, pero sus manos ya jugaban. Los dedos de él rozaban su rodilla, subiendo despacito por el interior del muslo, mientras ella le pasaba la uña por el antebrazo tatuado con un águila. "Neta, desde que te vi, no puedo dejar de imaginarte sin esa camiseta", murmuró ella, su aliento caliente contra su oreja. Él gruñó bajo, su verga ya medio parada presionando los jeans. Este cuate me va a volver loca antes del segundo tiempo.
El segundo tiempo explotó. Gol de Lozano al minuto 52. El bar enloqueció, cuerpos chocando en abrazos sudorosos. Marco la levantó en volandas, sus caderas pegándose al frente de ella. Sintió su dureza contra su panocha, ya húmeda y palpitante bajo las calzas. "¡Eso, pinche Chucky!", gritó él, pero sus labios rozaron el cuello de Daniela, mordisqueando suave. Ella jadeó, el olor a su piel salada invadiéndola, el sabor de sal en su lengua cuando lo besó ahí mismo, entre la euforia colectiva. Manos por todos lados, pero solo sentían las suyas: él amasando su nalga firme, ella apretando su paquete a través de la tela áspera.
El partido seguía, pero ellos ya estaban en su propio juego. Susurros calientes: "Ven a mi depa, está cerca, acabamos lo que el Tri empezó." Daniela no lo pensó dos veces. Salieron tomados de la mano, el aire nocturno fresco contrastando con el fuego entre sus piernas. Caminaron rápido por Insurgentes, riendo tontos, besándose en semáforos. El departamento de él era modesto pero chido: posters del Tri, una tele aún sintonizada en el partido que ahora ganaba 2-1. Apenas cerraron la puerta, se devoraron.
Marco la empujó contra la pared, labios furiosos en su boca, lengua invadiendo con sabor a limón y cerveza. Daniela gimió, arrancándole la camiseta. Tocó su pecho lampiño, duro como piedra, pezones oscuros endureciéndose bajo sus dedos. Qué chingón se siente. Él bajó las manos a su blusa, liberando sus chichis medianos pero firmes, pezones rosados ya tiesos. Los chupó con hambre, succionando fuerte, el sonido húmedo mezclándose con sus quejidos. "¡Ay, wey, no pares!", suplicó ella, arqueando la espalda. El olor a excitación flotaba: su aroma almizclado, el jugo de ella empapando las panties.
La llevó al sillón, quitándole todo. Desnuda, piel canela brillando bajo la luz tenue, piernas abiertas invitándolo. Marco se arrodilló, besando su vientre suave, bajando a los muslos internos temblorosos. Lamidas lentas en los labios mayores, sabor salado y dulce de su flujo. Encontró el clítoris hinchado, lo rodeó con la lengua plana, chupando suave al principio, luego rápido como un contragolpe. Daniela gritó, uñas en su pelo negro revuelto, caderas moviéndose solas.
¡Me va a matar este pendejo con la boca! Como si el Tri metiera gol tras gol. Olas de placer subían, su coño contrayéndose, hasta que explotó en un orgasmo que la dejó temblando, jugos resbalando por sus nalgas.
Pero no pararon. Ella lo volteó, bajándole los jeans. Su verga saltó libre: gruesa, venosa, cabeza morada goteando precum. "Qué pinga tan rica, carnal", dijo lamiéndola desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salobre. Lo mamó profundo, garganta relajada, bolas pesadas en su mano. Marco gemía ronco, "¡Chíngame la verga, reina!", empujando suave. Ella lo miró con ojos lujuriosos, saliva brillando en su pito.
Se puso a perrito en el sillón, culo en pompa, panocha abierta y reluciente. Él entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola delicioso. "¡Qué apretadita estás, puta madre!", gruñó, llenándola hasta el fondo. Embestidas lentas al inicio, piel chocando con palmadas húmedas, olor a sexo crudo impregnando el aire. Daniela empujaba hacia atrás, tetas balanceándose, pezones rozando la tela áspera. "¡Más duro, cabrón, como el Tri aplastando!", jadeó. Él aceleró, una mano en su clítoris frotando círculos, la otra jalándole el pelo suave.
El clímax se acercaba con el final del partido en la tele: 3-1 para México. Gritos de victoria afuera, pero dentro era su propio estadio. Marco la volteó a misionero, piernas de ella en sus hombros, penetrando profundo. Ojos en ojos, sudor goteando de su frente a sus chichis. "Me vengo, amor", avisó él, pito hinchándose. "¡Dentro, lléname!", rogó ella, su segundo orgasmo rompiéndola en espasmos, coño ordeñándolo. Él rugió como Lobo solo ante el arco, chorros calientes inundándola, mezclándose con sus jugos.
Colapsaron jadeantes, cuerpos pegajosos entrelazados. El silbatazo final sonó en la tele: victoria del Tri. Marco la besó tierno, acariciando su espalda. "El Tri de hoy nos dio suerte, ¿no?" Daniela rio suave, sintiendo su semen tibio escapando. Neta, esto fue mejor que cualquier mundial. Se quedaron así, piel contra piel, el pulso calmándose, saboreando el afterglow salado en sus labios. Afuera, la ciudad festejaba, pero ellos ya tenían su propio trofeo.