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El Susurro del Tri Edge Knife

6431 palabras

El Susurro del Tri Edge Knife

La noche en el penthouse de Polanco olía a jazmín y tequila reposado. Las luces de la Ciudad de México parpadeaban allá abajo como estrellas caídas, mientras el viento cálido me acariciaba la piel desnuda de los hombros. Me llamaba Ana, y esa noche, Marco y yo habíamos decidido jugar con fuego. No el de verdad, sino el que quema por dentro. Hacía meses que lo veníamos platicando, esa fantasía que nos hacía sudar solos en la cama. Él, con su mirada de lobo chingón, sacó de su cajón secreto el tri edge knife, esa navaja de tres filos que trajo de un viaje a Tailandia. Brillaba bajo la luz tenue de las velas, afilada como un susurro mortal, pero en nuestras manos, prometía ser el instrumento de un placer que nos iba a volver locos.

"¿Estás segura, mamacita?", me dijo Marco con esa voz ronca que me eriza el alma. Yo asentí, el corazón latiéndome como tamborazo en una fiesta de pueblo. "Neta, quiero sentirlo. Pero despacito, ¿eh, wey?" Nos reímos nerviosos, el aire cargado de ese olor a piel caliente y anticipación. Él me recargó contra la barandilla de la terraza, mi vestido negro cayendo al piso con un susurro suave. Quedé en lencería de encaje rojo, los pezones ya duros contra la brisa. Marco se paró detrás de mí, su aliento en mi nuca oliendo a mentas y deseo. Sentí el peso de su cuerpo pegándose al mío, su verga ya semi-dura presionando mis nalgas.

El principio fue puro juego. Sus dedos trazaron mi espina dorsal, bajando hasta el elástico de mis calzones. "Relájate, Ana. Esto es nuestro", murmuró. Luego, el frío del tri edge knife rozó mi clavícula. ¡Ay, cabrón! Un escalofrío me recorrió entera, como si me hubieran echado cubos de hielo derretido. El metal era liso, tres filos perfectos que no cortaban, solo amenazaban con un beso letal. Lo deslizó despacio por mi cuello, el sonido metálico leve contra mi piel haciendo que mi concha se humedeciera al instante. Olía a su colonia amaderada mezclada con mi aroma de mujer lista para todo.

"¿Qué sientes?", preguntó, su boca mordisqueando mi oreja.

"Miedo rico, Marco. Como si fueras a devorarme viva", respondí, la voz temblorosa. Internamente, mi mente gritaba: Esto es una locura, pero qué chingón. No pares, hazme tuya con esa cosa. Él giró la navaja, el filo central presionando apenas contra mi pecho, bajando entre mis tetas. Sentí cada milímetro, el pulso acelerado haciendo que mi piel vibrara. No cortaba, era puro teatro sensorial, pero mi cuerpo lo tomaba como verdad. Mis pezones se pusieron como piedras, y un gemido se me escapó, bajo y gutural, como el de una perra en celo.

El medio acto empezó a escalar cuando Marco me volteó de frente. Sus ojos cafés ardían, las pupilas dilatadas por la adrenalina compartida. "Quítate todo", ordenó suave, y yo obedecí, los calzones resbalando por mis muslos, dejando un hilo de mi jugo brillando en la tela. Desnuda bajo la luna, el viento lamiendo mi monte de Venus depilado, me arrodillé ante él. Él desabrochó su pantalón, y su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntándome como un arma. La tomé en la mano, el calor palpitante contrastando con el frío del tri edge knife que él aún sostenía.

"Úsalo en mí ahora", le pedí, lamiendo la punta de su pinga, saboreando el precum salado. Marco trazó el filo por mi mejilla, luego por mis labios, mientras yo lo chupaba despacio, la lengua girando alrededor del glande. El riesgo nos volvía animales. Cada roce del tri edge knife en mi cara, mi cuello, mis hombros, mandaba chispas directo a mi clítoris. Qué wey tan cabrón, sabe cómo hacerme mojar como nunca, pensaba, mientras lo tragaba más profundo, el olor almizclado de su sexo llenándome la nariz. Él gemía, "¡Órale, Ana, qué rica boca tienes!", la mano libre enredada en mi pelo.

Pero no era solo físico. Ahí entraba lo emocional. Recordé nuestras pláticas en la cama, cómo Marco había perdido a su ex por no atreverse a explorar. Yo, con mi pasado de relaciones aburridas, quería esto para sentirme viva, poderosa. "Te amo por esto", le dije entre succiones, el tri edge knife ahora rozando mi espalda mientras él se arrodillaba conmigo. Nos besamos con furia, lenguas enredadas, sabores mezclados de tequila y sexo. Él me levantó, me llevó adentro al sillón de piel, y ahí empezó la verdadera danza.

Me recostó, piernas abiertas, el coño expuesto y chorreando. El tri edge knife bailó por mis muslos internos, el frío haciendo que mis caderas se arquearan. "¡No pares, pendejo!", jadeé juguetona, el filo rozando los labios de mi panocha sin entrar, solo separándolos levemente. Sentía el calor de mi interior contrastando, el olor a hembra húmeda impregnando el aire. Marco lo dejó a un lado por fin, su boca reemplazándolo. Lamidas expertas en mi botón, lengua metiéndose en mí, chupando mis jugos como si fueran néctar. Grité, las uñas clavadas en su cabeza, el orgasmo construyéndose como tormenta en el desierto.

La intensidad subía. Él se quitó la ropa, su cuerpo atlético brillando de sudor, músculos tensos. Me penetró despacio, su verga abriéndome centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. "¡Qué chingona estás!", gruñó, embistiéndome rítmico. Yo envolví mis piernas en su cintura, sintiendo cada vena, cada pulso. El tri edge knife reposaba en la mesa, testigo mudo, pero su presencia aún nos azuzaba. Nos movíamos como uno, piel contra piel resbalosa, sonidos de carne chocando, gemidos en español mexicano puro: "¡Cógeme más duro, cabrón!", "¡Sí, así, mi reina!". El clímax nos alcanzó juntos, mi concha contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo, chorros de placer saliendo de mí mientras él se vaciaba dentro, caliente y espeso.

El final fue puro afterglow. Nos quedamos abrazados en el sillón, respiraciones agitadas calmándose, el sudor enfriándose en la piel. Olía a sexo satisfecho, a nosotros. Marco besó mi frente, el tri edge knife olvidado en la mesa como un recuerdo juguetón. "Fue increíble, Ana. Neta, te amo". Yo sonreí, el cuerpo laxo y feliz. Esto nos unió más, este filo que no corta sino que sana. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero nosotros, en nuestro mundo, habíamos encontrado el placer perfecto. El susurro del tri edge knife aún resonaba en mi piel, prometiendo más noches así.

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