Bedoyecta Tri Precio Farmacias del Ahorro Enciende la Pasión
Entraste a la Farmacias del Ahorro con el cuerpo pesado, como si hubieras cargado el mundo entero en los hombros. El aire acondicionado te golpeó fresco, oliendo a ese desinfectante limpio mezclado con perfumes baratos de la góndola cercana. Habías estado googlando toda la mañana: bedoyecta tri precio farmacias del ahorro, y bingo, estaba en oferta, como treinta pesos la caja. Neta, necesitabas esa inyección de vitaminas B para dejar de sentirte como zombie después del gym y el pinche trabajo.
Te acercaste al mostrador, y ahí estaba él. Alto, moreno, con una sonrisa que iluminaba el lugar más que los focos fluorescentes. La chamarra del uniforme le marcaba los bíceps, y sus ojos cafés te escanearon de arriba abajo sin disimulo. Órale, qué chido, pensaste, sintiendo un cosquilleo en el estómago que no era de hambre.
—Oye, carnal, ¿cuál es el bedoyecta tri precio farmacias del ahorro? —le preguntaste con voz juguetona, apoyándote en el mostrador para que viera tu escote sutil en la blusa floja.
Él se rio bajito, esa risa ronca que vibra en el pecho. —Veinte noventa y nueve, morra. ¿Quieres que te dé unas para probar? Te veo cansadita, pero con ganas de todo.
Le guiñaste el ojo mientras pagabas. Sus dedos rozaron los tuyos al darte la caja, un toque eléctrico que te erizó la piel.
Si esta Bedoyecta Tri me da la mitad de la energía que este vato promete, voy a explotar, te dijiste, mordiéndote el labio al salir.
De regreso a casa, ampollita en mano, te la aplicaste en el glúteo frente al espejo del baño. El pinchazo fue rápido, un ardor fugaz que se convirtió en calorcillo expandiéndose por tus venas. Olía a alcohol y a promesa de vitalidad. Te duchaste, el agua caliente resbalando por tu piel suave, imaginando esas manos grandes del farmacéutico en lugar de las tuyas. Te vestiste con un vestido negro ceñido, sin bra, solo tanga roja. El espejo te devolvió una versión tuya renovada: ojos brillantes, piel sonrosada, lista para comerte el mundo.
Acto seguido, le mandaste un WhatsApp con el número que garabateaste en el ticket. "Ey, el precio de la Bedoyecta Tri valió la pena. ¿Vienes a ver si funciona? Mi depa, 8pm. Pizza y algo más."
La respuesta llegó en segundos: "Listo, preciosa. Prepárate."
La puerta sonó puntual. Ahí estaba, con jeans ajustados y camisa desabotonada lo justo para ver su pecho velludo. El olor a su colonia varonil, madera y cítricos, te invadió al abrir. Lo jalaste adentro, cerrando con el pie.
—Qué padre que viniste, —dijiste, rozando su brazo. La pizza llegó minutos después, pero la devoraron con miradas hambrientas, sentados en el sofá. Cada bocado era excusa para que sus rodillas se tocaran, para que su mano subiera por tu muslo despacio.
El calor de la Bedoyecta Tri bullía en ti, haciendo que tu pulso latiera fuerte en las sienes, en el cuello, entre las piernas. No aguanto más, pensaste, cuando su dedo trazó un círculo en tu rodilla.
—Esta vitamina me tiene como león —le confesaste, montándote a horcajadas sobre él. Sus manos grandes agarraron tus caderas, apretando la carne suave bajo el vestido.
Se besaron como si el mundo se acabara. Sus labios carnosos sabían a pepperoni y deseo, lengua invadiendo tu boca con urgencia. Gemiste contra él, sintiendo su verga endurecerse bajo tus nalgas, dura como piedra a través de la tela. El roce te mojó al instante, el olor a tu propia excitación mezclándose con su sudor fresco.
Lo empujaste al sillón, quitándote el vestido en un movimiento fluido. Tus tetas saltaron libres, pezones duros apuntando a él. —Mírame, pendejo, —le ordenaste juguetona, —esto es gracias a tu Bedoyecta.
Él gruñó, quitándose la camisa. Su torso era puro músculo trabajado, abdomen marcado que lamiste despacio, saboreando la sal de su piel. Bajaste la cremallera de sus jeans, liberando esa verga gruesa, venosa, palpitante. La tomaste en la mano, sintiendo el calor vivo, el pulso acelerado. La lamiste desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, mientras él jadeaba y enredaba los dedos en tu pelo.
—Qué rica boca tienes, morra.
Pero querías más. Te levantaste, quitándote la tanga empapada, y te sentaste en su cara. Su lengua encontró tu clítoris hinchado, lamiendo con hambre, chupando el néctar que chorreaba. Gemías alto, el sonido rebotando en las paredes, mientras tus caderas se mecían solas. El placer subía en olas, cosquilleo en el vientre, hasta que explotaste en su boca, temblando, gritando su nombre inventado en el calor: Alex.
No pararon. Él te volteó, poniéndote en cuatro sobre el sofá. Sentiste la punta de su verga rozar tu entrada húmeda, resbaladiza. Empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándote hasta el fondo. ¡Qué chingón! El estiramiento perfecto, su pelvis chocando contra tus nalgas con palmadas húmedas. Olía a sexo puro, a sudor y fluidos mezclados. Él aceleró, una mano en tu cintura, la otra pellizcando tus pezones. Tus paredes lo apretaban, ordeñándolo, mientras el orgasmo segundo crecía como tormenta.
—Más duro, cabrón, —suplicaste, arqueando la espalda. Él obedeció, embistiéndote como animal, gruñendo en tu oído. El clímax nos golpeó juntos: tú convulsionando, chorros calientes mojando sus bolas, él vaciándose dentro con rugidos guturales, semen espeso llenándote.
Cayeron exhaustos al piso, cuerpos enredados, pieles pegajosas de sudor. Su pecho subía y bajaba contra el tuyo, corazones galopando al unísono. El aire olía a clímax compartido, a sábanas revueltas aunque no hubieran llegado a la cama.
—Neta, esa Bedoyecta Tri es oro —dijo él, besándote la frente, —pero tú eres el verdadero precio.
Tú sonreíste, trazando círculos en su espalda.
Quién iba a decir que un precio tan bajo en Farmacias del Ahorro desataría esto. Mañana compro más... y te invito de nuevo. El cansancio se había ido, reemplazado por una paz ardiente, un fuego que prometía arder noches enteras.