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El Juego de Palabras que Empiezan con Tra Tre Tri Tro Tru

6780 palabras

El Juego de Palabras que Empiezan con Tra Tre Tri Tro Tru

La noche en nuestro depa de Polanco estaba chida, con el aire cargado del olor a tacos de la esquina y el sonido lejano de los cláxones en Reforma. Tú y yo, Marco, llevábamos horas platicando después de una cena romántica que preparamos juntos: mole con arroz y unas chelas bien frías. Estábamos tirados en el sillón de cuero, mis piernas sobre tus muslos, sintiendo el calor de tu piel a través de los jeans. Neta, cada vez que te miro con esa barba de tres días y esos ojos cafés que me derriten, siento un cosquilleo en el estómago que baja directo a mi panocha.

—Órale, Ana, juguemos algo —dijiste con esa voz ronca que me pone—. ¿Qué tal palabras que empiezan con tra tre tri tro tru? El que se trabuque, se quita una prenda.

Me reí, sintiendo el roce de tu mano en mi muslo desnudo bajo la falda corta.

«¿Ya quieres verme en braguita, pendejo?»
pensé, pero en voz alta dije:

—Va, pero no seas tramposo, wey. Empiezo yo: trago... como si tragara tu verga entera.

Tú abriste los ojos grandes, pero sonreíste con picardía. El juego acababa de empezar, y el aire se sentía más pesado, como si el deseo ya estuviera oliendo a sudor fresco y excitación. Tocaste mi rodilla, subiendo despacito la mano, y el tacto de tus dedos callosos me erizó la piel.

Tremendo placer me das —respondiste, y te quitaste la playera sin esperar. Tu pecho moreno, con ese vello que invita a pasar la lengua, quedó a la vista. Lo olí: jabón y hombre, puro macho mexicano.

Mi turno. Sentía mi corazón latiendo fuerte, el pulso en mis sienes y entre las piernas. Triste estaría yo si no te tuviera aquí. Pero en mi mente:

«Tribo de besos en tu cuello»
. Dije lo segundo, y tú te reíste bajito, acercándote. Tus labios rozaron mi oreja, el aliento caliente me hizo temblar.

Trozo de ti quiero morder —susurraste, y me quitaste la blusa. Mis tetas saltaron libres, los pezones ya duros como piedras, rozando el aire fresco del ventilador. Los miraste con hambre, y lamiste tus labios. El sonido de tu lengua contra tus dientes me mojó más.

Yo no me quedé atrás. Trueno de pasión entre nosotros. Te desabroché el cinto, sintiendo la dureza de tu pinga presionando el pantalón. El olor a excitación subía, almizclado y dulce. Te lo bajé, y ahí estaba, tiesa, venosa, lista para mí.

El juego se estaba saliendo de control, pero qué chido. Tus manos en mi espalda, bajando la cremallera de la falda, el zipper rasposo contra mi piel. Caí de rodillas frente a ti, el piso de madera fría en mis rodillas, pero tu calor me envolvía. Palabras que empiezan con tra tre tri tro tru, repetí en mi cabeza, mientras tomaba tu verga en la mano. Gruesa, palpitante, el sabor salado cuando la lamí desde la base hasta la punta.

—Ahora tú —dijiste jadeando—. Traes tu boca como miel.

Me la metí entera, tragar hasta el fondo, sintiendo cómo tocaba mi garganta. Tus gemidos roncos llenaron la sala, «¡Ay, cabrona, qué rico!» El sonido húmedo de mi boca chupando, el pop cuando la saqué para respirar. Tus manos en mi pelo, no jalando fuerte, solo guiando con ternura. Consentido, puro fuego mutuo.

Me levantaste, me cargaste como si no pesara nada —tú y tus brazos de gym—, y me tumbaste en la cama king size que compramos en Lomas. Las sábanas frescas de algodón egipcio contra mi espalda desnuda. Te quitaste todo, y yo abrí las piernas, invitándote. El olor de mi humedad flotaba, dulce como tamarindo maduro.

Tremendo —dijiste lamiendo mi cuello—, trepando tu piel.

Tus labios bajaron a mis tetas, succionando un pezón mientras pellizcabas el otro. El dolor placentero me arqueó la espalda, un «¡Sí, así!» se me escapó. Tus dedos encontraron mi clítoris, frotando en círculos lentos. Sentí el calor subir, mis jugos chorreando por mis muslos.

«Neta, este wey sabe cómo hacerme volar»
, pensé, mientras mis caderas se movían solas contra tu mano.

El juego seguía en susurros entre besos. Triste sin tu lengua ahí abajo. Bajaste, besando mi ombligo, el vello púbico recortado. Tu aliento caliente en mi concha, y luego... lap, la lengua plana lamiendo todo. Saboreé mi propio gusto en tu boca cuando me besaste después: salado, ácido, adictivo. Mis uñas en tu espalda, arañando suave, dejando marcas rojas que mañana dolerán rico.

Trota en mí —te pedí, y te subiste encima. La punta de tu verga rozando mi entrada, resbalosa. Entraste despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El sonido de piel contra piel empezó suave, chap chap, y el olor a sexo crudo nos rodeó. Tus embestidas profundas, tocando ese punto dentro que me hace ver estrellas.

Yo envolví mis piernas en tu cintura, clavando los talones en tu culo firme. Truco de magia, este placer. Aceleraste, el sudor goteando de tu frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí. Mis tetas rebotando con cada golpe, tus bolas chocando contra mi ano. «Más duro, Marco, ¡rompe me la verga!» grité, y tú obedeciste, pero siempre atento a mis ojos, preguntando sin palabras si estaba bien. Siempre sí, carnal.

La tensión crecía como tormenta en el Pacífico. Mis paredes apretándote, ordeñándote. Tus gruñidos animales, mi voz quebrada en «¡Me vengo!». El orgasmo me sacudió como trueno, olas y olas, contrayéndome alrededor de ti. Tú seguiste, unos embistes más, y explotaste dentro, caliente, llenándome hasta rebosar. El pulso de tu verga eyaculando, mi concha palpitando en eco.

Nos quedamos pegados, jadeando, el sudor enfriándose en nuestra piel. Tus besos suaves en mi frente, mi mano acariciando tu pelo revuelto. El cuarto olía a nosotros: sexo, amor, chela derramada en la mesita.

—¿Otro round de palabras que empiezan con tra tre tri tro tru? —preguntaste con una sonrisa pícara.

Me reí, sintiendo tu verga endurecerse otra vez dentro de mí.

«Este juego es lo máximo, neta»
. La noche apenas empezaba, y el deseo, ese tremendo fuego, ardía eterno entre nosotros.

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