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Mi Primer Trío con Mi Esposa

7631 palabras

Mi Primer Trío con Mi Esposa

Era una noche de esas que se sienten en el aire, cargadas de promesas y un calor que no viene solo del verano en la Ciudad de México. Mi esposa Ana y yo estábamos en la terraza de nuestra casa en Polanco, con unas chelas frías en la mano y el skyline brillando a lo lejos. Ana, con su piel morena reluciente bajo las luces tenues, su falda corta ceñida a esas caderas que me vuelven loco, y una blusa escotada que dejaba ver el valle perfecto de sus tetas. Yo, sentado a su lado, sentía esa cosquilla familiar en el estómago cada vez que la veía así de coqueta.

Órale, carnal, le dije a Marco cuando llegó, nuestro amigo de toda la vida, el wey alto y atlético que siempre ha sido como un hermano, pero con ese toque de pendejo encantador que hace que las morras se le rifen. Traía una sonrisa pícara y una botella de tequila bajo el brazo. Nos abrazamos como siempre, pero esa noche había algo diferente. Ana lo miró de reojo, con esos ojos cafés que se encienden cuando algo la prende.

La plática fluyó fácil, como siempre: del pinche tráfico, del trabajo, de las chavas que Marco se echaba en el gym. Pero de pronto, Ana soltó la bomba. "Oigan, weyes, ¿y si probamos algo nuevo? Algo que siempre he querido... un trío". Se me congeló la cerveza en la mano. La miré, y ella se rió, juguetona, pasando la lengua por sus labios carnosos.

¿Qué chingados? Mi mente daba vueltas. ¿Mi Ana, la reina de mi cama, queriendo un trío? Pero neta, la idea me prendió como mecha.

Marco levantó las cejas, sorprendido pero no tanto. "¿En serio, nena? ¿Con este pendejo incluido?" bromeó, señalándome. Ana se acercó a mí, su mano tibia en mi muslo, subiendo despacio hasta rozar mi paquete que ya empezaba a endurecerse. "Sí, con mi carnal y mi amor. ¿Qué dices, amor? ¿Mi primer trío con mi esposo... y un extra?". Su voz era miel caliente, y el olor de su perfume mezclado con su sudor ligero me invadió las fosas nasales. Asentí, el corazón latiéndome como tamborazo en tianguis. Era consensual, puro deseo mutuo, y la tensión en el aire se podía cortar con cuchillo.

Pasamos a la recámara, el cuarto iluminado solo por velas que Ana había prendido antes, oliendo a vainilla y jazmín. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Ana se paró en medio, desabrochando despacio su blusa, dejando que sus tetas saltaran libres, pezones duros como piedras preciosas. "Vengan, cabrones", susurró, y Marco y yo nos acercamos como imanes.

Empecé besándola, mi lengua danzando con la suya, sabor a tequila y fresas de su labial. Sus manos me quitaron la playera, uñas arañando mi pecho, enviando chispas por mi espina. Marco se pegó por detrás, besando su cuello, y ella gimió bajito, un sonido ronco que me puso la verga como fierro.

Esto es mi primer trío con mi esposa, pensé, y joder, qué rico se siente verla así de entregada.
Sus caderas se movían entre nosotros, frotándose contra mi erección mientras Marco le masajeaba las nalgas por encima de la falda.

La falda cayó al piso con un susurro de tela, revelando su tanga negra empapada, el aroma almizclado de su excitación llenando la habitación. Marco se arrodilló, besando sus muslos internos, lengua lamiendo la piel salada hasta llegar al borde de la tela. Ana jadeó, agarrándome el pelo. "Sí, amor, mira cómo me come". Yo le chupé las tetas, succionando un pezón mientras pellizcaba el otro, su piel suave y cálida contra mi boca, leche tibia de sudor en mi lengua.

La tensión subía como olla exprés. Ana nos empujó a la cama, nos quitó los pantalones con urgencia. Mi verga saltó libre, venosa y palpitante, y la de Marco, igual de gruesa, lista para la acción. Ella se lamió los labios, arrodillándose entre nosotros. "Qué ricas vergas tienen mis hombres", dijo con esa voz mexicana picosita, y empezó a mamarnos alternando. Primero la mía, labios envolviéndome hasta la garganta, saliva caliente goteando por mis huevos. Luego Marco, su cabeza subiendo y bajando, gemidos vibrando en su boca. El sonido húmedo de succión, el slap slap de sus labios, y nuestros jadeos roncos llenaban el cuarto. Yo sentía el pulso en mi verga, cada vena latiendo contra su lengua experta.

No puedo creerlo, mi esposa chupando verga ajena mientras yo la veo. Es caliente, jodidamente caliente, pero es nuestra fantasía, puro amor compartido.
Marco me miró, complicidad en los ojos, y nos besamos sobre su cabeza, lenguas chocando saladas de su boca. Ana gimió más fuerte, metiéndose dos dedos en la concha, el squish squish audible, jugos chorreando por sus piernas.

La puse en la cama boca arriba, piernas abiertas como invitación. Marco y yo nos turnamos lamiéndole la concha, rosada y hinchada, clítoris erecto pidiendo atención. Mi lengua entró primero, saboreando su néctar dulce-ácido, como tamarindo maduro. Ella se arqueó, gritando "¡Ay, wey, no pares!". Marco la chupó después, yo le metí dedos en la boca para que mamara, simulando mi verga. Su cuerpo temblaba, pechos subiendo y bajando rápido, sudor brillando en su piel como aceite.

El calor era intenso, el aire espeso con olor a sexo: sudor masculino, concha mojada, precum salado. Ana nos rogó: "Córanme ya, cabrones. Quiero sus vergas adentro". La puse a cuatro patas, yo atrás, verga deslizándose en su canal apretado, caliente como horno. "¡Qué chingona concha, nena!" grité, embistiéndola profundo, bolas golpeando su clítoris. Marco enfrente, ella mamándolo con furia mientras yo la taladraba. El ritmo era perfecto, slap slap slap de piel contra piel, sus gemidos ahogados por la verga en su boca.

Cambiamos: Marco la cogió misionero, sus músculos flexionándose, sudor goteando de su pecho al de ella. Yo la besaba, sintiendo su lengua desesperada, mientras le pellizcaba los pezones. "Más fuerte, carnal", le dije a Marco, y él aceleró, su verga desapareciendo en ella con sonidos obscenos. Ana explotó primero, orgasmo violento, concha contrayéndose, chorros calientes mojando las sábanas. "¡Me vengo, pinches dioses!" chilló, uñas clavadas en mi brazo.

Yo no aguanté más. La puse encima de Marco, ella cabalgándolo como amazona, tetas rebotando hipnóticas. Me paré frente a su cara, y ella me mamó mientras rebotaba. Su culo perfecto subiendo y bajando, el olor de sus jugos mezclado con el de Marco.

Mi primer trío con mi esposa, y qué pedo tan chido, pensé, el corazón a mil.
Marco gruñó primero, llenándola de leche caliente, y ella se vino de nuevo, gritando. Yo exploté en su boca, semen espeso salado bajando por su garganta, ella tragando todo con ojos de victoria.

Caímos exhaustos, un enredo de cuerpos sudorosos y jadeantes. Ana en medio, besándonos alternos, su piel pegajosa contra la nuestra. El cuarto olía a sexo puro, sábanas revueltas y húmedas. "Los amo, weyes. Esto fue lo máximo", murmuró, mano acariciando mi verga flácida y la de Marco.

Nos quedamos así un rato, risas bajitas, caricias suaves. Marco se fue al alba, con un abrazo fraternal. Ana y yo nos acurrucamos, su cabeza en mi pecho, latidos calmándose.

Fortalece nuestro amor, neta. Mi primer trío con mi esposa no rompió nada, al contrario, nos unió más en el deseo.
La besé la frente, oliendo su pelo a champú de coco, y supe que esto era solo el principio de aventuras consensuadas, calientes, nuestras.

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