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El Trío Hermanos Torres

6380 palabras

El Trío Hermanos Torres

Estaba en Playa del Carmen, gozando unas vacaciones de esas que te cambian la vida, con el sol quemando la arena blanca y el mar Caribe lamiendo la orilla como un amante impaciente. Yo, Karla, una chava de veintiocho tacos de la Ciudad de México, había llegado sola para desconectarme del jale diario. Esa noche, en un beach club lleno de luces neón y reggaetón retumbando, los vi por primera vez. Eran el trío hermanos Torres: Alejandro, Diego y Mateo, tres morros altos, morenos y musculosos que parecían sacados de un anuncio de ron premium. Se movían con esa confianza de quien sabe que volteas a verlos, riendo a carcajadas mientras pedían chelas.

Alejandro, el mayor, con barba recortada y ojos verdes que te desnudan con la mirada. Diego, el del medio, tatuajes en los brazos y una sonrisa pícara que te hace mojar las panties sin tocarte. Mateo, el menor pero no por mucho, con pelo revuelto y un cuerpo de gym que olía a sal y colonia cara. Neta, no mames, eran un peligro andante. Me acerqué al bar fingiendo pedir un michelada, pero mi plan era claro: quería probar ese fuego.

¿Y si me lanzo? Tres weyes como ellos, juntos. ¿Podría con el trío hermanos Torres? Mi concha ya palpitaba solo de imaginarlo.

—Órale, preciosa, ¿vienes a conquistarnos o qué? —me soltó Diego, guiñándome el ojo mientras me pasaba una chela helada.

Reí, sintiendo el sudor fresco en mi escote bajo el vestido ligero. —Si me invitan, simón. Soy Karla, y ustedes deben ser famosos por aquí.

—Somos los hermanos Torres —dijo Alejandro con voz grave, su mano rozando mi cintura accidentalmente, pero nada accidental—. El trío hermanos Torres, como nos dicen. ¿Quieres bailar?

El ritmo del perreo me envolvió, sus cuerpos pegándose al mío en la pista. Sentía el calor de sus pechos contra mi espalda, el roce de sus vergas endureciéndose contra mis nalgas. Olía a mar, a sudor masculino y a deseo crudo. Mateo me susurraba al oído: —Estás cañona, Karla. Nos traes locos.

La noche escaló rápido. Me invitaron a su villa en la playa privada, un paraíso con piscina infinita y velas aromáticas a coco. Adentro, el aire acondicionado besaba mi piel ardiente, y las chelas frías bajaban como seda. Nos sentamos en el sofá de cuero suave, sus piernas rozando las mías. Hablamos de todo: de tacos al pastor, de la vida en Mérida donde vivían, de cómo eran inseparables desde chavos. Pero la tensión crecía, mis pezones duros contra la tela, mi clítoris latiendo como tambor.

—Neta, Karla, desde que te vimos queríamos esto —confesó Diego, su mano subiendo por mi muslo desnudo—. Pero solo si tú quieres, ¿eh? Nada forzado.

Mi respuesta fue besarlo, saboreando sus labios salados y su lengua juguetona. Alejandro se unió, mordisqueando mi cuello, su aliento caliente oliendo a tequila. Mateo desató mi vestido, exponiendo mis tetas firmes al aire fresco. —¡Qué ricas! —gimió, chupando un pezón mientras yo gemía bajito.

No mames, esto es real. Tres vergas Torres listas para mí. Mi cuerpo ardía, jugos chorreando por mis piernas.

Los desvestí con manos temblorosas de pura lujuria. Alejandro tenía la verga más gruesa, venosa, palpitando en mi palma caliente. Diego la larga y curva, perfecta para dar en el fondo. Mateo, lisa y dura como acero, goteando precum que lamí con gusto salado. Me arrodillé en la alfombra mullida, el sonido de sus jadeos llenando la habitación. Mamé a Alejandro primero, tragando hasta la garganta, saliva chorreando mientras Diego y Mateo me acariciaban el pelo y las nalgas.

—Eso, nena, trágatela toda —gruñó Alejandro, sus caderas empujando suave.

Cambié a Diego, chupando con hambre, mi lengua girando en la cabeza sensible. Mateo se masturbaba viéndome, su verga rozando mi mejilla. El olor almizclado de sus sexos me volvía loca, mezclado con mi propio aroma de excitación empapando el aire.

Me llevaron a la cama king size, sábanas de algodón egipcio rozando mi piel como pluma. Alejandro se acostó primero, yo montándolo despacio. Su verga me abrió la concha como nunca, estirándome delicioso, cada vena frotando mis paredes internas. —¡Ay, cabrón, qué chingona estás! —rugió él, sus manos amasando mis tetas.

Diego se posicionó atrás, lubricante fresco goteando en mi ano virgen esa noche. —Relájate, ricura —me dijo, besando mi espalda sudada—. Voy despacito.

Entró centímetro a centímetro, el ardor inicial convirtiéndose en placer eléctrico. Sentía sus dos vergas separadas por una delgada pared, moviéndose en ritmos opuestos, sonidos húmedos de carne chocando. Mateo se arrodilló frente a mí, metiendo su verga en mi boca, follándome la garganta mientras yo ahogaba gemidos.

Estaba llena, poseída por el trío hermanos Torres. Cada embestida mandaba ondas de placer desde mi clítoris hasta el cerebro. Sudor, gemidos, el slap-slap de piel contra piel... puro éxtasis.

Cambiaron posiciones como expertos. Diego en mi concha, rápido y duro, sus bolas golpeando mi culo. Mateo en mi boca, saboreando mi saliva mezclada con su esencia. Alejandro frotaba su verga contra mis tetas, dejando rastros brillantes. Mi orgasmo llegó como tsunami: cuerpo convulsionando, concha apretando como puño, chorros calientes salpicando sus muslos. —¡Sí, pendejos, no paren! —grité, voz ronca.

Ellos resistieron, prolongando mi gozo. Luego, Diego explotó dentro, semen caliente inundándome. Mateo en mi boca, tragué cada gota salada, cremosa. Alejandro sobre mis tetas, pintándome de blanco espeso que lamí con dedos traviesos. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, pulsos acelerados latiendo juntos, el ventilador zumbando suave sobre nosotros.

En el afterglow, acurrucados bajo sábanas revueltas, reímos bajito. —Eres increíble, Karla —dijo Mateo, besando mi frente—. Vuelve cuando quieras al territorio de los hermanos Torres.

Alejandro me abrazó por detrás, su calor envolviéndome. —Esto fue solo el principio del trío hermanos Torres.

Neta, regresaría mil veces. Esa noche me enseñó que el deseo no tiene límites, solo entrega total. Mi cuerpo aún temblaba, marcado por su esencia, y mi alma flotaba en paz ardiente.

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