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Trío de Pasión Inolvidable

6731 palabras

Trío de Pasión Inolvidable

La noche en Playa del Carmen estaba calientita como un tamal recién salido del steamer, con esa brisa del mar que te acaricia la piel y te hace sentir viva. Yo, Claudia, acababa de llegar de la chamba en Cancún, estresada hasta el tope por el pinche tráfico y los turistas gringos que no saben ni pedir una chela. Pero mis compas Marco y Luis me habían jalado a una fiesta en la playa privada de un hotel chido, de esos donde la arena blanca brilla bajo la luna llena y el olor a sal se mezcla con el humo de las fogatas.

Marco era el morro alto, con músculos de gym que se marcaban bajo su camiseta ajustada, y unos ojos cafés que te desnudan con solo una mirada. Luis, su carnal desde la cuna, era más delgado pero igual de guapo, con esa sonrisa pícara que dice "neta, quiero comerte". Los conocía desde la uni en Mérida, y siempre hubo esa química loca entre los tres, como un trío de amigos que se picaban todo el tiempo pero con un fuego debajo que nunca explotaba. Esa noche, con el ron flowando y la música reggaetón retumbando, sentí que el aire se cargaba de algo más.

Órale, Claudia, ¿por qué tan solita? Ven, baila con nosotros, no seas fresa
me gritó Marco, jalándome de la mano hacia la pista improvisada. Su palma estaba caliente, áspera por el sol, y cuando me pegó a su cuerpo, olí su colonia mezclada con sudor fresco, ese aroma macho que me pone los nervios de punta. Luis se acercó por detrás, sus caderas rozando las mías al ritmo del dembow. ¿Qué pedo con esto? pensé, mientras mi corazón latía como tambor maya. Sus respiraciones en mi cuello, el roce de sus pechos contra mi espalda... era como si el trío de nosotros se estuviera armando sin decir ni madres.

Bebimos más, reímos de pendejadas de la uni, pero la tensión crecía. Marco me besó el cuello accidentalmente —o no— mientras bailábamos, y Luis me susurró al oído: Neta, Claudia, siempre hemos querido esto. Un trío de pura pasión, ¿te late? Su voz ronca me erizó la piel, y sentí un calor húmedo entre las piernas que no era del ron. Sí, cabrones, respondí en mi mente, porque mi cuerpo ya decía que sí con cada roce.

Nos fuimos caminando a mi cabaña rentada, a unos pasos de la playa. El camino era arena suave bajo los pies descalzos, el sonido de las olas rompiendo como un susurro invitador. Adentro, la luz tenue de las velas que había prendido antes pintaba sombras en las paredes de madera. Olía a coco de la crema que me eché y a mar. Marco me cargó como si nada, sus brazos fuertes rodeándome, y me depositó en la cama king size. Luis se quitó la playera, revelando su torso tatuado con un águila prehispánica que me dio ganas de lamer.

Esto va en serio, pensé, mientras ellos se acercaban. Marco me besó primero, sus labios carnosos sabiendo a ron y sal, lengua explorando mi boca con hambre. Sus manos bajaron por mi blusa, desabrochando botones con dedos temblorosos de deseo. Luis no se quedó atrás: besaba mi cuello, mordisqueando suave, bajando a mis tetas que ya se asomaban libres.

Qué chingonas están, Claudia. Déjanos cuidártelas
murmuró Luis, chupando un pezón mientras Marco lamía el otro. Gemí fuerte, el placer eléctrico subiendo por mi espina, mis manos enredándose en sus cabellos revueltos.

La cosa escaló chido. Me quitaron el shortcito, dejando mis tanguitas al aire, y Marco se hincó entre mis piernas. Su aliento caliente en mi panocha me volvió loca. Lamía despacio al principio, saboreando mi humedad, su lengua girando en mi clítoris como si fuera un experto. Luis me besaba la boca, tragándose mis jadeos, sus dedos pellizcando mis pezones duros. Olía a sexo ya, ese musk dulce de mi excitación mezclado con sus sudores. No mames, qué rico, susurré, arqueando la espalda.

Pero querían más, y yo también. Quiero sus vergas, pensé, jalándolos para que se pararan. Marco se bajó el pantalón, soltando una verga gruesa, venosa, apuntando al techo. Luis igual, la suya más larga, curva perfecta. Las tomé en mis manos, piel suave sobre dureza, latiendo calientes. Las masturbé lento, viendo sus caras de placer, oyendo sus gruñidos bajos como animales.

Métetela, Claudia, chúpala
pidió Marco, y abrí la boca para él, saboreando su pre-semen salado, mientras Luis lamía mis tetas.

El ritmo subió. Me puse de rodillas en la cama, Marco detrás cogiéndome despacio, su verga abriéndome centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, wey, qué grande! grité, el estirón delicioso, sus bolas chocando contra mi clítoris. Luis enfrente, yo mamándosela profunda, garganta relajada por la práctica que había hecho sola pensando en ellos. Sus gemidos se mezclaban con los míos, el slap-slap de piel contra piel, el olor a sexo denso en el aire. Sudábamos, pieles resbalosas pegándose, despegándose.

Cambiaron posiciones como en un baile coordinado, porque son carnales y se conocen. Luis ahora adentro, follándome duro, sus caderas pistoneando mientras Marco me besaba y frotaba mi clítoris con dedos expertos. Me voy a venir, cabrones, avisé, y exploté en un orgasmo que me dejó temblando, paredes apretando la verga de Luis, jugos chorreando por mis muslos. Ellos no pararon, turnándose, besándose entre ellos sobre mi cuerpo, lo que me prendió más. Un trío de placer puro, sin celos, solo deseo compartido.

Marco se corrió primero, sacándola para pintarme las tetas con su leche caliente, espesa, oliendo a hombre. Yo lamí un poco, salada y espesa en mi lengua. Luis me volteó boca arriba, piernas abiertas, y me penetró viendo mis ojos.

Vente conmigo, Claudia
jadeó, y lo hice, otro clímax rugiendo por mí mientras él se vaciaba adentro, caliente, profundo. Colapsamos los tres, enredados en sábanas húmedas, respiraciones agitadas calmándose poco a poco.

Después, el afterglow fue chido. Nos bañamos juntos en la regadera afuera, agua tibia cayendo sobre cuerpos exhaustos, jabón de coco resbalando por curvas y músculos. Reímos de lo intenso, besos suaves ahora, caricias tiernas. Neta, esto fue lo mejor, pensé, recostada entre ellos en la cama, oyendo las olas lejanas, oliendo a sexo y mar. Marco me abrazó por un lado, Luis por el otro, sus calores envolviéndome.

Al amanecer, con el sol pintando el cielo de rosa, supimos que esto no era el fin. Un trío de pasión inolvidable, pero con promesa de más noches así. Órale, vida, murmuré, besándolos. En México, el deseo sabe a tequila y sal, y nosotros lo bebimos hasta la última gota.

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