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Los Beneficios de la Vitamina Bedoyecta Tri en la Cama

7077 palabras

Los Beneficios de la Vitamina Bedoyecta Tri en la Cama

Me sentía como un trapo viejo esa mañana. El trabajo en la oficina me tenía reventada, con los ojos pesados y el cuerpo sin chispa. "Ya valió, wey", me dije mientras me preparaba un café bien cargado. Ahí fue cuando recordé el frasquito de vitamina Bedoyecta Tri que mi carnala me había regalado. "Toma esto, nena, te va a dar un chute de energía que ni te imaginas", me dijo con esa sonrisa pícara. Sin pensarlo dos veces, me inyecté una dosis. Al rato, sentí un cosquilleo en la piel, como si mi sangre se hubiera encendido. El corazón me latía más fuerte, y de repente, todo a mi alrededor parecía más vivo: el aroma del café más intenso, la luz del sol filtrándose por la ventana más cálida.

Salí a la calle con paso firme, sintiendo mis caderas balancearse solas. Iba rumbo al gym, pero en el camino me topé con Alex, el vecino guapísimo del depa de al lado. Siempre lo había visto de reojo: alto, moreno, con esa barba recortada que me hacía mojigata cada vez que pasaba. "¡Órale, qué buena onda verte tan prendida!", me saludó con voz grave, oliendo a jabón fresco y loción masculina. Nos pusimos a platicar, y neta, las palabras salían solas. Le conté de la vitamina, medio en broma: "Los beneficios de la vitamina Bedoyecta Tri son la neta, carnal. Me siento como si pudiera comerme el mundo". Él se rio, sus ojos cafés clavados en los míos, y de pronto su mano rozó mi brazo. Ese toque fue eléctrico, como chispas en la piel.

Terminamos en su depa, que olía a limpio y a algo dulce, como vainilla. "Pásale, no muerdo", dijo juguetón, mientras ponía música ranchera suave, de esa que te pone romántico. Nos sentamos en el sofá de cuero negro, tan cerca que sentía el calor de su muslo contra el mío. Mi mente daba vueltas:

¿Qué chingados estoy haciendo? Pero se siente tan bien, tan vivo todo...
La vitamina me tenía en high, el pulso acelerado, la piel sensible. Él me ofreció una chela fría, y al brindis, sus dedos se enredaron con los míos. "Eres preciosa cuando te sueltas así", murmuró, su aliento cálido en mi oreja.

El beso llegó natural, como si lo hubiéramos planeado toda la vida. Sus labios eran firmes, sabían a menta y cerveza, y su lengua exploró la mía con hambre contenida. Gemí bajito, sintiendo cómo mi cuerpo respondía al instante. Mis pechos se endurecieron bajo la blusa, y entre las piernas un calor húmedo empezó a crecer. Alex me levantó en brazos sin esfuerzo –¡gracias, Bedoyecta!– y me llevó a su recámara. La cama king size estaba impecable, con sábanas blancas que crujieron bajo nuestro peso.

Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. "Qué rica estás, mami", gruñó, mientras sus manos grandes masajeaban mis senos. Sus pulgares jugaban con mis pezones, endureciéndolos más, enviando ondas de placer directo a mi centro. Yo no me quedé atrás: le arranqué la playera, admirando su pecho tatuado, músculos definidos que olían a sudor limpio y hombre. Mis uñas rasguñaron suave su espalda, y él jadeó, presionando su erección contra mi muslo. Era dura como piedra, grande, palpitante.

Esto es lo que necesitaba, neta. Esa vitamina me tiene en llamas, pero él... él es el fuego.
Le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, que saltó ansiosa. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, el pulso acelerado bajo la piel suave. Él gimió fuerte, "¡Ay, wey, qué chido!", y me empujó suave contra las almohadas. Sus besos bajaron por mi cuello, lamiendo el sudor salado, chupando mis tetas hasta que arqueé la espalda. El sonido de su boca succionando era obsceno, húmedo, y me volvía loca.

Me desvistió del todo, abriendo mis piernas con gentileza. "Estás empapada, preciosa", dijo admirando mi panocha hinchada, reluciente. Su dedo índice rozó mi clítoris, lento, circular, y grité de placer. El aroma de mi excitación llenaba la habitación, almizclado y dulce. Él se arrodilló, su lengua caliente lamió mis labios mayores, saboreándome como si fuera el mejor postre. Chupó mi botón con maestría, metiendo dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos justo en el punto G. Mi cuerpo temblaba, caderas moviéndose solas contra su cara barbuda que raspaba delicioso. "¡Más, pendejo, no pares!", le supliqué, mis manos enredadas en su pelo negro.

El orgasmo me pegó como un rayo, olas de placer contrayendo mis músculos, jugos brotando mientras gritaba su nombre. Él no paró, lamiendo hasta que me quedé jadeante, sensible. Entonces subió, besándome para que probara mi sabor en su boca. "Ahora tú, cabrón", le dije juguetona, volteándolo. Me puse encima, frotando mi coño mojado contra su polla dura. Él gruñó, manos en mis nalgas, amasándolas fuerte. Bajé despacio, sintiendo cómo me abría centímetro a centímetro, llenándome por completo. Dios, qué grosor, pensé, el estiramiento ardiente y placentero.

Cabalgué lento al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas. El slap-slap de piel contra piel, sus gemidos roncos, el olor a sexo puro. Aceleré, tetas rebotando, sudor perlando nuestros cuerpos. Él se incorporó, chupando un pezón mientras embestía desde abajo, profundo, golpeando mi cervix con cada thrust. "¡Te voy a llenar, nena!", rugió, y eso me llevó al borde otra vez.

Cambié de posición, él atrás, como perrito. Sus manos en mis caderas, follando duro, bolas golpeando mi clítoris. El placer era intenso, animal: jadeos, gruñidos, piel resbalosa. Mi mente era un torbellino:

Los beneficios de la vitamina Bedoyecta Tri son esto, wey. Energía infinita, deseo desatado. Nunca me había sentido tan viva, tan puta en el mejor sentido.
Él metió un dedo en mi culo, lubricado con mis jugos, y eso fue demasiado. Exploté en un orgasmo brutal, contrayéndome alrededor de su verga, ordeñándolo.

Alex se corrió segundos después, caliente, espeso, llenándome hasta rebosar. Gruñó mi nombre, colapsando sobre mí, su peso delicioso. Nos quedamos así, respirando agitados, piel pegajosa, el aire cargado de nuestro aroma mezclado.

Después, en la ducha, el agua caliente lavando el sudor, nos enjabonamos mutuamente, risas y besos suaves. "Esa vitamina tuya es mágica", dijo él, frotando mi espalda. Yo sonreí, sintiendo aún la energía bullendo. "Neta, carnal, los beneficios de la vitamina Bedoyecta Tri van más allá de lo que la gente piensa". Salimos envueltos en toallas, pedimos tacos de la esquina –carne asada bien jugosa– y comimos en la cama, platicando de todo y nada.

Ahora, acostada a su lado, su brazo alrededor de mi cintura, siento una paz profunda. El sol se ponía, tiñendo la habitación de naranja. Esto es lo que necesitaba: no solo vitaminas, sino conexión, fuego compartido. Mañana me inyecto otra dosis, pero con él. Porque los verdaderos beneficios se viven en pareja.

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