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Esposa Borracha Trio Ardiente

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Esposa Borracha Trio Ardiente

La fiesta en la casa de los carnales estaba en su mero mole. Luces tenues bailando al ritmo de la cumbia rebajada, olor a tacos al pastor flotando en el aire y chelas frías sudando en las manos de todos. Yo, Marco, observaba a mi esposa Ana desde la cocina, con una sonrisa pícara en los labios. Ella, con su vestido rojo ajustado que marcaba sus curvas perfectas, reía a carcajadas con mi cuate Rodrigo, el wey alto y atlético que siempre había sido el chulo del grupo.

Ana ya llevaba unas cuantas micheladas encima. Sus mejillas sonrosadas, los ojos brillantes como estrellas en la noche mexicana. "¡Órale, Marco! Ven pa'cá, no seas pendejo", gritó ella, agitando la mano. Me acerqué, sintiendo el calor de su cuerpo pegado al mío. Rodrigo nos miró con esa chispa juguetona. "Tu jefa está cañona esta noche, carnal", dijo él, guiñándome el ojo.

El deseo ya picaba en el aire. Ana se recargó en mí, su aliento con sabor a limón y sal rozando mi cuello. "Mi amor, ¿viste cómo me mira tu amigo? Me hace sentir tan... viva", susurró en mi oído, su mano deslizándose por mi pecho. Sentí un cosquilleo en la entrepierna. Habíamos platicado de fantasías antes, de un esposa borracha trio que la ponía caliente solo de imaginarlo. Pero ¿hoy? El pulso se me aceleró.

La noche avanzó entre bailes pegaditos y shots de tequila. Ana tropezaba un poquito, riendo como niña, pero sus ojos decían que sabía exactamente lo que quería. "Quiero más, Marco. Más emoción", murmuró mientras nos besábamos en un rincón oscuro. Rodrigo se acercó, ofreciendo otra chela. Sus manos rozaron accidentalmente las de ella, y el roce fue eléctrico. Yo asentí sutilmente. "Va, wey. Vamos a mi casa, allá seguimos la pachanga".

¿Estoy loco? No, esto es lo que ella anhela. Verla entregarse, sentirla mía y compartida al mismo tiempo. El corazón me late como tamborazo zacatecano.

En el carro de regreso, Ana iba en medio, con las piernas cruzadas sobre las nuestras. Su vestido se había subido un poco, revelando la piel suave de sus muslos. El aroma de su perfume mezclado con sudor y alcohol llenaba el espacio. Rodrigo conducía, pero su mano libre acariciaba la rodilla de ella. Ana no se apartó; al contrario, suspiró profundo, mirándome con lujuria pura. "Marco... ¿estás seguro?", preguntó, pero su voz era ronca de anticipación.

"Sí, mi reina. Todo lo que quieras tú", respondí, besándola con hambre. Sus labios sabían a tequila y promesas prohibidas. Llegamos a nuestro depa en Polanco, con vistas a la ciudad iluminada. La puerta se cerró con un clic que sonó como el inicio de algo inevitable.

Adentro, la tensión explotó. Ana se quitó los zapatos de tacón con un gemido de alivio, sus pies descalzos pisando la alfombra mullida. "Chavos, estoy recontra borracha, pero feliz", dijo riendo, girando sobre sí misma. Rodrigo y yo nos miramos, cómplices. La tomamos de las manos y la llevamos al sofá de cuero negro, que crujió bajo nuestro peso.

Empecé besándola yo, lento, saboreando su lengua jugosa. Rodrigo se acercó por detrás, besando su cuello. Ella jadeó, arqueando la espalda. "¡Ay, cabrones! Sí, así...", murmuró. Sus manos exploraban: la mía en su pecho, sintiendo los pezones endurecidos bajo la tela; la de él bajando por su cintura, hasta el borde de la tanga. El sonido de la respiración agitada llenaba la sala, mezclado con el tráfico lejano de la Reforma.

Le quité el vestido con delicadeza, revelando su cuerpo desnudo salvo por la lencería roja. Su piel olía a vainilla y deseo, cálida al tacto. "Eres una diosa, Ana", le dije, mientras Rodrigo lamía su oreja. Ella se giró hacia él, besándolo con furia, pero sin soltar mi mano. "Los dos, juntos", ordenó, empoderada en su ebriedad juguetona.

Esto es real. Su piel contra la mía, el calor de Rodrigo cerca. No celos, solo puro fuego compartido.

La acostamos en el sofá, yo entre sus piernas, besando su vientre suave. El sabor salado de su piel me volvía loco. Rodrigo chupaba sus tetas, succionando con sonidos húmedos que hacían eco. Ana gemía alto, "¡Más, pendejos! No paren", sus caderas moviéndose al ritmo de mis labios bajando a su concha húmeda. La lamí despacio, sintiendo su clítoris hinchado pulsar contra mi lengua. Olía a miel y excitación, un néctar adictivo.

Ella temblaba, agarrando el cabello de Rodrigo. "Marco... tu amigo... quiero su verga", suplicó. Él se desabrochó el pantalón, sacando su miembro erecto, grueso y venoso. Ana lo tomó en la mano, masturbándolo con maestría mientras yo la penetraba con los dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía gritar. El aire se cargó de musk, sudor y gemidos roncos.

Cambié de posición. Ana se arrodilló en el suelo, el piso fresco contra sus rodillas. Me miró con ojos vidriosos de placer y alcohol. "Los quiero a los dos en mi boca", dijo, traviesa. Primero yo: su lengua rodeando mi glande, succionando con caladas profundas que me hacían ver estrellas. El sonido chapoteante, su saliva goteando. Luego Rodrigo, alternando, gimiendo alrededor de su verga. Sus manos nos apretaban las nalgas, guiándonos.

No aguanté más. La levanté y la puse a cuatro patas en el sofá. Rodrigo se colocó adelante, ella mamándolo mientras yo entraba en ella desde atrás. Su concha estaba empapada, caliente, apretándome como guante de terciopelo. Cada embestida era un choque de pieles, plaf plaf, con sus tetas balanceándose. "¡Fóllame duro, Marco! ¡Y tú, Rodrigo, dame más verga en la boca!", gritaba ella, perdida en éxtasis.

El ritmo se aceleró. Sudor perlando nuestros cuerpos, el olor almizclado intensificándose. Sentía sus paredes contraerse alrededor de mí, su orgasmo acercándose. Rodrigo gruñía, cerca del borde. "Voy a venir, Ana", avisó. Ella asintió frenética. "¡Dentro, los dos! ¡Lléname!"

Explotamos juntos. Mi semen caliente llenándola, pulsos interminables. Rodrigo eyaculando en su boca, ella tragando con deleite, gotas escapando por su barbilla. Ana convulsionó, gritando nuestro nombres, su cuerpo temblando en olas de placer. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones entrecortadas.

Después, en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio revueltas. Ana entre nosotros, su cabeza en mi pecho, la mano de Rodrigo en su cadera. "Eso fue... chido, weyes. El mejor esposa borracha trio de mi vida", murmuró ella, aún achispada pero serena. Besé su frente, oliendo su cabello húmedo. Rodrigo sonrió. "Gracias por compartir, carnal. Tu jefa es fuego puro".

La miro dormir, en paz. Esto nos unió más. No fue solo sexo; fue confianza, entrega total. Mañana recordará cada roce, y querrá más.

La ciudad dormía afuera, pero en nuestra habitación, el afterglow brillaba. Ana abrió los ojos, besándonos a ambos. "Los amo, mis amores. Repetimos pronto". Reí bajito, abrazándola fuerte. El corazón lleno, el cuerpo saciado. Fin perfecto de una noche mexicana inolvidable.

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