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La Triada Ectopica

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La Triada Ectopica

El sol de Puerto Vallarta me besaba la piel con sus rayos calientes mientras caminaba descalza por la arena tibia hacia la casa playera que rentamos Sofia, Carla y yo. Habíamos llegado esa mañana, escapándonos del jale en la Ciudad de México para un fin de semana de puro relax. Neta, lo necesitaba. Mi cuerpo andaba pidiendo a gritos un respiro, algo que me hiciera sentir viva de nuevo. Sofia, con su melena negra ondulada y esas curvas que volvían locos a todos, ya estaba en la piscina infinita, flotando en una lancha inflable con un michelada en la mano. Carla, la más juguetona, la salpicaba desde el borde, riendo como chava.

¿Qué carajos estoy haciendo aquí? pensé mientras me quitaba el pareo y me lanzaba al agua fresca. El chapuzón me erizó la piel, el cloro mezclado con el salitre del mar me picaba la nariz. Salí empapada, mi bikini negro pegado como segunda piel, y me uní a ellas. "¡Órale, Ana! Ya era tiempo, wey", gritó Sofia, pasándome la michelada. El limón ácido y la sal me explotaron en la lengua, refrescante como un beso inesperado.

Pasamos la tarde platicando pendejadas, recordando exnovios culeros y fantaseando con aventuras locas. De pronto, Carla soltó: "Neta, ¿ustedes nunca han pensado en... ya saben, una triada ectopica? Algo fuera de lo normal, placer en lugares que ni te imaginas". Nos quedamos calladas un segundo, pero el alcohol y el calor nos soltaron la lengua. "¡Explícala, pinche loca!", le dije riendo. "Una tríada ectópica, wey. Como un trío, pero ectópico, o sea, placer que nace donde menos lo esperas. Toques raros, besos en sitios prohibidos, hasta que explotes". Sofia se mordió el labio, sus ojos cafés brillando. Yo sentí un cosquilleo en el estómago, bajando directo a mi entrepierna.

La noche cayó suave, con el rumor de las olas rompiendo a lo lejos y el aroma a coco de las velas que prendimos en la terraza. Cenamos tacos de mariscos, jugosos y picantes, el chile habanero quemándome la boca como una promesa. El vino tinto nos aflojó más. "Hagámoslo", propuso Sofia de repente, su voz ronca. "Una triada ectopica, aquí y ahora. Consensuado, puro gusto mutuo". Nos miramos, el pulso acelerado. Asentí, el corazón latiéndome en los oídos. Carla sonrió pícara: "Empiezo yo".

Esto es una locura, pero qué chingón se siente. Mi piel arde, quiere más.

Carla se acercó primero a mí, sus dedos suaves rozando mi brazo desnudo bajo la blusa suelta. El tacto era eléctrico, como si cada poro se despertara. Me besó el cuello, lento, su aliento cálido oliendo a vino y menta. "Relájate, ricura", murmuró. Sofia se unió por detrás, sus pechos presionando mi espalda, manos subiendo por mis muslos. El roce de sus uñas cortas me erizó el vello. Gemí bajito, el sonido perdido en el viento marino.

Nos movimos adentro, a la sala amplia con ventanales al mar. El piso de madera tibia bajo mis pies descalzos. Nos quitamos la ropa despacio, como en un ritual. Mi blusa cayó, revelando mis tetas firmes, pezones ya duros como piedras. Sofia se arrodilló, lamió uno, su lengua húmeda y caliente girando. Qué rico, pensé, arqueando la espalda. Carla besó mi boca, jugosa, su lengua danzando con la mía, sabor a sal y deseo. Olía a su perfume floral mezclado con sudor fresco.

La tensión crecía como marea alta. Sofia me tumbó en el sofá mullido, sus labios bajando por mi vientre plano, deteniéndose en mi ombligo. "Aquí empieza lo ectópico", susurró. Lamidas suaves en sitios inesperados: el hueco de mi cadera, la parte interna del muslo, rozando mi panocha sin tocarla aún. Mi clítoris palpitaba, húmeda ya, el olor almizclado de mi excitación llenando el aire. Carla se sentó en mi cara, su concha depilada rozándome los labios. "Pruébame, Ana". La lamí, salada y dulce, sus jugos chorreando en mi lengua. Ella gimió fuerte, "¡Ay, wey, qué buena boca!"

El ritmo se aceleró. Sofia metió dos dedos en mí, curvándolos justo ahí, el punto G que me hacía ver estrellas. El sonido chapoteante de mi humedad, sus respiraciones jadeantes, el slap de piel contra piel. Sudábamos, brillando bajo la luz tenue de las lámparas. Cambiamos posiciones: yo encima de Sofia, lamiéndole las tetas grandes y suaves, mordisqueando pezones rosados. Carla se coló atrás, su lengua en mi culo, ectópica total, placer prohibido que me tensaba las piernas.

No mames, esto es demasiado. Siento que voy a estallar, pero quiero más, neta más.

Los minutos se estiraron en eternidad. Sofia me penetró con un dedo mientras chupaba mi clítoris, hinchado y sensible. Cada roce enviaba ondas por mi espina. Carla frotaba su panocha contra mi muslo, dejando rastros resbalosos. "¡Chínguenme ya!", supliqué, voz ronca. Nos alineamos en la cama king size, piernas entrelazadas. Yo en medio, ellas atacando desde lados opuestos: besos en cuello y orejas, manos en tetas y culo, dedos en coños y clits. El aire cargado de gemidos, "¡Qué rico!", "¡Más duro!", "¡No pares, pendejas!". El olor a sexo puro, almizcle y sudor, embriagador.

La intensidad subió. Sofia trajo el vibrador de su maleta, rosado y zumbante. Lo pasó por mi piel primero, vibraciones en pezones, vientre, hasta hundirlo en mí. El zumbido grave retumbaba en mis huesos, placer punzante. Carla lo tomó luego para ella, mientras yo le comía el culo, lengua hurgando suave. Sofia se masturbaba viéndonos, dedos volando en su humedad. Nuestros cuerpos se sincronizaron, pulsos latiendo al unísono. Sentí el orgasmo venir, como ola gigante. "¡Me vengo!", grité. Explosé, jugos salpicando, cuerpo convulsionando. Ellas siguieron, Sofia gritando mi nombre, Carla temblando sobre mi boca.

Caímos exhaustas, enredadas en sábanas revueltas y húmedas. El mar susurraba fuera, testigo mudo. Sudor enfriándose en pieles calientes, pechos subiendo y bajando. Sofia me besó suave: "La triada ectopica perfecta, ¿no?". Reí bajito, saboreando el afterglow. Carla acurrucada: "Consensuado y chingón, wey. Somos invencibles".

Esto cambió todo. No fue solo sexo, fue conexión profunda, placer ectópico que nace del alma. Quiero más fines de semana así.

Nos quedamos así hasta el amanecer, cuerpos marcados por besos y araños leves, el sol tiñendo el cielo de rosa. La triada ectopica nos unió para siempre, un secreto ardiente en la costa mexicana.

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