Tu Mamá No Me Quiere
La luz del atardecer se colaba por las cortinas de la sala, pintando todo de un naranja cálido que hacía que el aire se sintiera pesado, cargado de promesas. Tú, con tu chamarra de cuero gastada y el olor a cigarro y colonia barata pegado a la piel, tocaste el timbre de la casa en la colonia Roma. Qué chido estar aquí de nuevo, pensaste, mientras esperabas. La puerta se abrió y ahí estaba ella, Karla, tu morra desde hace tres meses, con ese vestido rojo ceñido que le marcaba las curvas como si estuviera hecho para tentarte. Sus ojos cafés brillaban con esa picardía que te volvía loco.
—¡Órale, wey! Ya llegaste —te dijo con una sonrisa que te derritió los huesos. Pero antes de que pudieras abrazarla, apareció su mamá, doña Rosa, con los brazos cruzados y esa mirada de pendejo este no es para ti. Alta, con el pelo recogido en un moño apretado y un delantal que olía a mole y tortillas recién hechas.
—¿Otra vez tú? —gruñó ella, escaneándote de arriba abajo como si fueras basura–. Karla, no me gusta este tipo. ¿Qué hace un vago como él contigo?
Tú tragaste saliva, sintiendo el calor subirte por el cuello.
Tu mamá no me quiere, neta, pensaste, recordando esa rola de El Tri que tanto te gustaba. Karla rodó los ojos y te jaló del brazo.
—Ay, má, no mames. Nos vemos luego —le soltó a doña Rosa, y salieron corriendo hacia tu Tsuru viejo, riéndose bajito. El motor rugió al encenderse, y el olor a gasolina mezclada con su perfume floral te invadió las fosas nasales. Karla se recargó en el asiento del copiloto, su pierna rozando la tuya accidentalmente, enviando chispas por tu piel.
En el camino a la fonda donde siempre terminaban, pusiste la radio. Justo sonó El Tri, y la voz rasposa de Alex Lora llenó el carro: "Tu mamá no me quiere..." Los dos estallaron en carcajadas. Ella te miró con ojos que decían todo: Pero yo sí, cabrón.
—¿Ves? —le dijiste, poniendo tu mano en su muslo suave, sintiendo el calor de su piel a través de la tela–. Tu mamá no me quiere, pero tú me quieres tanto que me vas a comer vivo esta noche.
Ella mordió su labio inferior, ese gesto que te ponía a mil. —Neta, wey. Mi jefa no te traga porque dice que eres un desmadroso, pero a mí me encanta tu desmadre.
La fonda estaba en una calle tranquila, con luces tenues y el sonido de mariachis lejanos flotando en el aire. Pidieron tacos al pastor y chelas frías, pero la comida era solo pretexto. Bajo la mesa, sus dedos jugaban con los tuyos, trazando círculos que subían por tu brazo, haciendo que tu pulso se acelerara. Olías su aroma: vainilla y sudor ligero, mezclado con el humo de la taquería. Cada roce era una promesa, cada mirada un fuego lento que se avivaba.
De regreso al carro, el ambiente ya estaba espeso. Karla se inclinó hacia ti, su aliento cálido en tu oreja. —No aguanto más, amor. Llévame a algún lado donde podamos estar solos.
Condujiste hasta un motel discreto en la Narvarte, de esos con neones parpadeantes y sábanas que olían a limpio y deseo viejo. La habitación era sencilla: cama king con espejo en el techo, una tele antigua y el zumbido del aire acondicionado que apenas refrescaba el calor entre ustedes. Apenas cerraste la puerta, ella te empujó contra la pared, sus labios chocando con los tuyos en un beso hambriento. Sabían a salsa picante y cerveza, su lengua explorando la tuya con urgencia.
Neta, esta chava me va a matar de placer, pensaste, mientras tus manos bajaban por su espalda, apretando sus nalgas firmes. Ella gimió bajito, un sonido ronco que vibró en tu pecho. La tela del vestido se arrugó bajo tus dedos, y sentiste sus pezones endureciéndose contra tu torso. La desvestiste despacio, saboreando cada centímetro de piel expuesta: morena, suave como terciopelo, con un ligero brillo de sudor que la hacía irresistible.
—Quítate la ropa, pendejo —te ordenó con voz juguetona, tirando de tu playera. Obedeciste, y cuando quedaste en boxers, ella te miró como si fueras el premio mayor. Sus manos recorrieron tu pecho, las uñas raspando ligeramente, enviando escalofríos por tu espina. Olías su excitación ahora, ese musk dulce que te ponía la verga dura como piedra.
La tumbaste en la cama, besando su cuello, lamiendo la sal de su piel. Bajaste por sus tetas perfectas, chupando un pezón rosado mientras pellizcabas el otro. Ella arqueó la espalda, jadeando, sus manos enredadas en tu pelo. —¡Sí, así, cabrón! No pares.
Tu boca siguió bajando, por su vientre plano, hasta llegar a su entrepierna. Sus bragas estaban empapadas, y al quitárselas, el olor a mujer cachonda te golpeó como un rayo. Lamiste despacio, saboreando su jugo dulce y salado, su clítoris hinchado palpitando bajo tu lengua. Karla gritaba ahora, sus caderas moviéndose al ritmo de tu boca, el sonido de sus gemidos rebotando en las paredes. Qué sabor tan chingón, pensaste, metiendo dos dedos dentro de ella, sintiendo cómo se contraía, caliente y húmeda.
—Te quiero adentro ya —suplicó, jalándote hacia arriba. Te quitaste los boxers, y tu verga saltó libre, goteando pre-semen. Ella la tomó en su mano, masturbándote lento, el roce de su palma áspera por el calor haciéndote gruñir. Te pusiste condón rápido —siempre seguro, wey– y te hundiste en ella de un solo empujón.
¡Dios! Estaba tan apretada, tan mojada, que sentiste cada vena de tu pija rozando sus paredes. Empezaste a moverte despacio, sintiendo su calor envolviéndote, sus jugos chorreando por tus bolas. El slap-slap de carne contra carne llenaba la habitación, mezclado con sus alaridos y tus jadeos. Sus uñas se clavaron en tu espalda, dejando marcas que arderían después, pero qué chido dolía.
La volteaste a cuatro patas, admirando su culo redondo desde atrás. Golpeaste suave, viendo cómo ondulaba, y volviste a entrar, más profundo. Ella empujaba contra ti, pidiendo más, más fuerte. El sudor corría por tu frente, goteando en su espalda, el olor a sexo crudo impregnando todo.
Tu mamá no me quiere, pero tu panocha me ama, pensaste, riendo por dentro mientras acelerabas.
El clímax se acercaba como un tren. Sus paredes se apretaron, ordeñándote, y gritó tu nombre mientras se corría, temblando entera, sus jugos empapando las sábanas. Eso te lanzó al borde: empujaste una, dos, tres veces más, y explotaste dentro de ella, el placer cegador, pulsos calientes llenando el condón mientras tu cuerpo se sacudía.
Colapsaron juntos, jadeando, piel pegada a piel, el corazón de ella latiendo contra tu pecho como un tambor. El aire olía a semen, sudor y ella. Karla te besó suave, trazando patrones en tu pecho con el dedo.
—Mi mamá puede irse al carajo —murmuró–. Contigo me siento viva, wey. Neta, eres lo máximo.
Tú la abrazaste, sintiendo la paz post-orgasmo, ese glow que hace que todo valga la pena. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en esa cama, eran solo ustedes dos. El Tri tenía razón: tu mamá no me quiere... pero qué importa, si tú me quieres así.
Se quedaron así hasta el amanecer, planeando la próxima escapada, con la rola de fondo en tu mente, sonando como un himno de rebeldía y placer puro.