Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo El Tri Triste Canción que Enciende la Piel El Tri Triste Canción que Enciende la Piel

El Tri Triste Canción que Enciende la Piel

6829 palabras

El Tri Triste Canción que Enciende la Piel

La noche en el bar de Polanco olía a tequila reposado y a humo de cigarros electrónicos, ese aroma dulzón que se pegaba a la ropa como un secreto. Yo, Ana, estaba sentada en la barra con mi refresco de toronja, sintiendo el ritmo de la banda en vivo que tocaba rolas de El Tri. De repente, arrancaron con Triste Canción, esa rola que siempre me revuelve el alma, con su guitarra rasposa y la voz ronca de Alex Lora quejándose de amores perdidos. Neta, cada nota me calaba hondo, como si me recordara lo pendeja que había sido por pelear con Javier esa tarde.

¿Por qué chingados discutimos por una mamada? Él solo quería salir a verme, y yo, con mi pinche carácter, lo mandé a volar.
Pensaba mientras el bajo retumbaba en mi pecho, haciendo que mi corazón latiera al mismo compás. El bar estaba lleno de morros bien vestidos, risas y vasos chocando, pero yo solo veía la entrada. Y ahí estaba él, Javier, con su chamarra de cuero negra, el pelo revuelto y esa sonrisa pícara que me deshace las rodillas.

Se acercó despacio, zigzagueando entre la gente, sus ojos cafés clavados en los míos. El olor de su colonia, esa mezcla de madera y cítricos, me llegó antes que su voz. "¿Ya te calmó la Triste Canción de El Tri, mi reina?" dijo, sentándose a mi lado y rozando mi muslo con su mano grande y cálida. Sentí un escalofrío subir por mi pierna, directo al centro de mí. Órale, ese toque era como electricidad, suave pero firme, prometiendo más.

Le sonreí, mordiéndome el labio. "Neta, wey, me pusiste triste, pero ahorita nomás quiero olvidarme de todo contigo." Pedí otro trago para los dos, y mientras la rola seguía sonando, sus dedos trazaban círculos en mi rodilla, subiendo poquito a poco por mi falda. El calor de su piel contra la mía era adictivo, y el sudor ligero en su cuello brillaba bajo las luces neón. Apoyé la cabeza en su hombro, inhalando su esencia masculina mezclada con el tequila que acababa de tragar.

La canción terminó, pero el ambiente se cargó de algo más pesado, más íntimo. Bailamos pegaditos en la pista improvisada, su cuerpo duro presionado contra el mío. Sentía su verga endureciéndose contra mi vientre, ese bulto firme que me hacía mojarme al instante. "Te sientes chingona esta noche, Ana," murmuró en mi oreja, su aliento caliente rozando mi lóbulo. Mis pezones se pusieron duros bajo la blusa de encaje, rozando su pecho con cada movimiento. El olor a deseo flotaba en el aire, ese almizcle sutil que sale cuando los cuerpos se llaman.

Pinche Javier, siempre sabe cómo hacerme suya sin decir una palabra. Quiero que me coma aquí mismo, pero neta, mejor en casa.

Salimos del bar tomados de la mano, el viento fresco de la noche mexicana acariciando nuestras caras enrojecidas. En el coche, con la radio sintonizada en una estación que repetía rolas de rock nacional, su mano se coló entre mis piernas. Deslicé la falda hacia arriba, dejando que sus dedos exploraran mi tanga empapada. "Estás chorreando, mi amor," gruñó, mientras yo le desabrochaba el pantalón y liberaba su verga gruesa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo las venas hinchadas, el calor que irradiaba como un hierro al rojo. La música de fondo era baja, pero el jadeo de los dos era la verdadera sinfonía.

Llegamos a mi depa en Condesa en tiempo récord, tropezando en la puerta mientras nos devorábamos la boca. Sus labios sabían a tequila y a menta, lengua invadiendo mi boca con urgencia. Lo empujé contra la pared del pasillo, arañando su espalda bajo la chamarra. "Quítate todo, pendejo, te quiero desnudo ya," le ordené, y él obedeció riendo, esa risa grave que me eriza la piel.

En la recámara, la luz tenue de la lámpara de lava pintaba sombras en su torso musculoso, sudor perlando su pecho. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de mi piel expuesta. Sus labios en mis tetas eran fuego puro, chupando el pezón derecho hasta que gemí alto, el sonido rebotando en las paredes. Bajó por mi vientre, lamiendo el ombligo, hasta llegar a mi concha. El olor de mi excitación lo volvió loco; lo vi inhalar profundo antes de sepultar la cara ahí.

Su lengua era un torbellino, lamiendo mi clítoris hinchado con círculos precisos, chupando mis labios mayores como si fueran miel. "¡Ay, wey, no pares! ¡Así, cabrón!" grité, enredando mis dedos en su pelo mientras mis caderas se movían solas contra su boca. Sentía el jugo correr por mis muslos, el sabor salado que él lamía con deleite. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto dentro que me hace ver estrellas, bombeando lento al principio, luego más rápido.

La Triste Canción de El Tri aún retumba en mi cabeza, pero ahora es triste de pura necesidad, de querer explotar con él dentro.

No aguanté más. Lo jalé hacia arriba, posicionándolo entre mis piernas abiertas. Su verga rozó mi entrada, resbalosa y lista. "Métemela toda, Javier, hazme tuya," supliqué, y él empujó de una, llenándome hasta el fondo. Ese estirón delicioso, el roce de su glande contra mis paredes internas, me arrancó un alarido. Empezó a bombear, lento y profundo, cada embestida haciendo que mis tetas rebotaran, el sonido húmedo de piel contra piel llenando la habitación.

Nos volteamos, yo encima ahora, cabalgándolo como una loca. Sus manos en mis nalgas, amasándolas, guiándome arriba y abajo. Sudor goteaba de su frente al mío, mezclándose con el mío. Olía a sexo puro, a testosterona y feromonas. Aceleré, sintiendo el orgasmo subir como una ola desde mi chochito hasta la nuca. "¡Me vengo, pinche amor! ¡No pares!" chillé, y exploté, contrayéndome alrededor de su verga, jugos chorreando por sus bolas.

Él gruñó, volteándome de nuevo para follarme en misionero, sus ojos fijos en los míos. "Te amo, Ana, neta eres mi todo," jadeó, y con tres embestidas brutales se corrió dentro, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando sobre el mío. Nos quedamos así, pegados, pulsos latiendo al unísono, el aire pesado con nuestro aroma compartido.

Después, recostados en la cama revuelta, con las sábanas enredadas en nuestras piernas, encendí un cigarro y se lo pasé. El humo se elevaba perezoso, y él acariciaba mi pelo. "Esa Triste Canción de El Tri nos salvó la noche, ¿no?" dijo riendo bajito. Yo asentí, besando su pecho salado.

Ya no hay tristeza, solo este calor que nos une, esta paz después de la tormenta. Mañana será otro día, pero esta noche es nuestra, chingona y eterna.
El sueño nos venció así, envueltos en el eco de la música y el latido de nuestros corazones.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.