Mi Novia Quiere un Trío con Otro Hombre
Estábamos en nuestro depa en la Condesa, con las luces tenues de la ciudad colándose por las cortinas. Sofia, mi novia, esa morra de ojos cafés que me volvía loco con su risa pícara y su cuerpo que parecía hecho para pecar, se acurrucó contra mí en el sofá. Olía a su perfume de vainilla mezclado con el aroma de la cena que acabábamos de chingarnos: tacos de carnitas con salsa verde que pedimos de la taquería de la esquina. Su piel tibia rozaba la mía, y yo sentía cómo su mano subía por mi muslo, juguetona.
¿Qué pedo, carnal? pensé, mientras su aliento caliente me cosquilleaba el cuello. Habíamos estado saliendo un año, y la neta, el sexo con ella era de otro nivel. Pero esa noche, algo andaba diferente. Me miró con esa mirada que dice trouble, y soltó la bomba:
"Wey, mi novia quiere un trío con otro hombre. ¿Qué dices tú?"
Me quedé pasmado, con el corazón latiéndome como tamborazo en una fiesta. ¿Un trío? ¿Con otro vato? La idea me prendió una chispa rara, mitad celos, mitad morbo. Sofia era mía, pero verla gozar con otro... pinche idea loca. Le pregunté de dónde sacaba eso, y me confesó que lo había platicado con sus morras en una peda, y desde entonces no se lo quitaba de la cabeza. "Sería chido, ¿no? Algo nuevo, sin compromisos. Solo para sentirnos vivos". Su voz era suave, seductora, y sus dedos ya me estaban masajeando la entrepierna, haciendo que mi verga se pusiera en atención.
La besé fuerte, probando el sabor salado de sus labios y el toque picante de la salsa que aún traía. "Si es lo que quieres, mi reina, lo hacemos. Pero eliges tú al wey". Ella sonrió, esa sonrisa que me derretía, y esa misma noche buscamos en una app. Encontramos a Marco, un morro atlético de veintiocho, con cara de galán de telenovela y un cuerpo que prometía. Charlamos por chat, pusimos reglas claras: todo consensual, sin dramas, puro placer. Quedamos para el viernes en un hotel chido en Polanco.
El viernes llegó como un huracán. Me puse una camisa ajustada que Sofia eligió, oliendo a mi loción de sándalo. Ella se veía cañona: vestido negro ceñido que marcaba sus chichis perfectas y su culazo redondo, tacones que la hacían caminar como diosa. En el taxi rumbo al hotel, su mano en mi paquete me tenía al borde. Esto va a estar de poca madre, me dije, imaginando ya las escenas.
Llegamos al lobby, lujoso con mármol y luces suaves. Marco ya nos esperaba en el bar, con una cerveza en la mano. Alto, moreno, con barba recortada y ojos que devoraban a Sofia de inmediato. Nos dimos la mano, y el aire se cargó de tensión eléctrica. Subimos a la suite, con vistas a la ciudad iluminada. El cuarto olía a limpio, a sábanas frescas y a anticipación.
Empezamos con copas de mezcal ahumado, el sabor terroso quemándonos la garganta. Sofia se sentó entre nosotros en la cama king size, su vestido subiéndose un poco, mostrando muslos suaves. "Vamos despacio, ¿va?", dijo ella, y Marco asintió, mirándome para confirmar. Yo sentía un nudo en el estómago, pero también una excitación que me hacía palpitar. Ella nos besó a los dos, primero a mí, su lengua danzando con la mía, húmeda y dulce, luego a él, y yo vi cómo sus labios se unían, un sonido suave de succión que me puso más duro.
La desvestimos entre los dos, mis manos temblando de deseo mientras bajaba el zipper. Su piel bronceada brillaba bajo la luz tenue, pezones erectos como caramelos. Marco le besó el cuello, y ella gimió bajito, un sonido que vibró en mi pecho.
"Sí, así, cabrones", murmuró, y nos reímos nerviosos. Yo lamí sus chichis, sintiendo el sabor salado de su sudor fresco, mientras Marco bajaba por su vientre plano, besando hasta llegar a su panocha ya mojada. El olor a su excitación, almizclado y dulce, llenó el aire.
La tensión subía como fiebre. Sofia me jaló hacia ella, me quitó la camisa y me mordió el pecho, dejando marcas rojas que ardían rico. Marco se desnudó, su verga gruesa y venosa saltando libre, y Sofia la tomó en la mano, masturbándolo lento mientras me chupaba a mí. Sentí su boca caliente envolviéndome, lengua girando alrededor de la cabeza, succionando con maestría. Pinche morra, sabe cómo volverme loco. Miraba a Marco gemir, sus caderas moviéndose, y los celos se mezclaban con el placer, haciendo todo más intenso.
La puse de rodillas en la cama, su culo en pompa invitándonos. Marco y yo nos miramos, un pacto silencioso. Él se colocó atrás, frotando su verga contra su clítoris hinchado, mientras yo la besaba profundo. Ella jadeaba, "Métansela ya, weyes". Marco empujó despacio, centímetro a centímetro, y Sofia arqueó la espalda, un grito ahogado escapando de su garganta. El sonido húmedo de la penetración, piel contra piel, era hipnótico. Yo me metí en su boca, sintiendo sus labios estirados, su saliva chorreando.
Cambiamos posiciones como en un baile prohibido. La puse encima de mí, mi verga hundiéndose en su calor apretado, paredes vaginales pulsando alrededor. Olía a sexo puro, sudor mezclado con su esencia. Marco se acercó por detrás, lubricante fresco goteando, y ella asintió ansiosa. "Sí, dóblenme", suplicó. Él entró en su culo con cuidado, y Sofia gritó de placer, cuerpo temblando entre nosotros. Sentía su peso sobre mí, sus tetas rebotando contra mi pecho, mientras Marco empujaba rítmico, nuestros huevos chocando ocasionalmente.
El ritmo se aceleró, gemidos llenando la habitación como sinfonía sucia. Sus paredes se contraían, ordeñándome, y yo luchaba por no correrme. Esto es demasiado, wey, pensé, el sudor corriéndonos por la espalda, piel resbaladiza. Sofia se corrió primero, un espasmo violento que la hizo clavar uñas en mis hombros, gritando "¡Chinguen, sí!". Su jugo caliente empapándome. Marco gruñó, saliendo para pintarle la espalda de leche espesa, olor fuerte a semen fresco. Yo la volteé, la embestí unas últimas veces, y exploté dentro, chorros calientes llenándola, visión nublada de éxtasis.
Colapsamos en un enredo de cuerpos jadeantes, el aire pesado con nuestro aroma compartido. Sofia se acurrucó entre nosotros, besándonos suaves, labios hinchados. "Gracias, amores. Fue de poca madre", susurró, ojos brillantes. Marco se vistió pronto, nos dimos un abrazo de carnales, y se fue con una sonrisa.
Nos quedamos solos, bajo las sábanas revueltas. La abracé fuerte, sintiendo su corazón latir contra el mío. "¿Y ahora qué?", le pregunté, medio en serio. Ella rio bajito, rozando mi piel sensible. "Ahora seguimos siendo nosotros, pero con un secreto chido". Me besó, y supe que esto nos había unido más. El morbo se había ido, dejando solo amor y una promesa de más aventuras. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero en ese depa, todo era perfecto.