Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo We Trying to Stay Alive Wyclef Jean en la Noche Ardiente We Trying to Stay Alive Wyclef Jean en la Noche Ardiente

We Trying to Stay Alive Wyclef Jean en la Noche Ardiente

6759 palabras

We Trying to Stay Alive Wyclef Jean en la Noche Ardiente

La música retumbaba en el antro de Polanco, luces neón parpadeando como estrellas locas sobre la pista de baile. Yo, Ana, con mi vestido negro ajustado que me hacía sentir como una diosa, movía las caderas al ritmo de la noche. El aire olía a tequila reposado y perfume caro, mezclado con el sudor fresco de cuerpos en movimiento. De repente, el DJ soltó We Trying to Stay Alive de Wyclef Jean. Esa rola, con su beat callejero pero con un flow que te eriza la piel, me pegó directo en el pecho. Qué chingón, pensé, mientras bailaba sola, sintiendo el pulso acelerado como si estuviera huyendo de algo, pero en realidad solo quería vivir, neta, we trying to stay alive.

Ahí lo vi. Javier, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que dice "sé lo que quieres sin que me lo digas". Sus ojos me atraparon desde la barra, donde tomaba un cuba libre con hielo tintineando. Se acercó, su camisa blanca abierta un poco, dejando ver el vello oscuro en su pecho. Órale, wey, este carnal está perrón, me dije. "Qué onda, preciosa", murmuró cerca de mi oído, su aliento cálido con sabor a ron y menta. Bailamos pegados, sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, como si supiera exactamente dónde tocar para encender el fuego.

El ritmo de Wyclef Jean nos envolvía, las letras hablando de sobrevivir, de no rendirse. Nuestros cuerpos se rozaban, mi nalga contra su entrepierna dura ya, sintiendo esa presión que me hacía mojarme al instante.

"Estamos tratando de mantenernos vivos, carnal",
le grité al oído, riendo, adaptando la rola. Él soltó una carcajada ronca, "Sí, jefa, y contigo lo logro fácil". El deseo crecía, lento pero cabrón, como el calor que subía por mis muslos. Sus dedos trazaban círculos en mi espalda baja, enviando chispas eléctricas directo a mi conchita, que palpitaba pidiendo más.

Salimos del antro tomados de la mano, el aire fresco de la noche mexicana nos golpeó, oliendo a jacarandas y asfalto húmedo por la llovizna reciente. Su depa estaba cerca, en una torre con vista al skyline de la CDMX. En el elevador, no aguantamos: me acorraló contra la pared, sus labios devorando los míos, lengua juguetona saboreando mi gloss de fresa. Gemí bajito, mis uñas clavándose en sus hombros anchos. Pinche beso, me va a matar de gusto, pensé, mientras su mano subía por mi muslo, rozando el encaje de mis tangas húmedas.

Adentro, el lugar era chido: luces tenues, una cama king size con sábanas de algodón egipcio que invitaban a revolcarse. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel que liberaba. Sus labios calientes en mi cuello, mordisqueando suave, el olor de su colonia mezclándose con mi aroma a excitación. "Eres una chulada, Ana", ronroneó, sus ojos devorándome desnuda, mis tetas firmes con pezones duros como piedras. Yo le arranqué la camisa, lamiendo su pecho salado, bajando hasta su abdomen marcado, donde el vello formaba una flecha hacia su verga tiesa, enorme, palpitando bajo el bóxer.

Nos tumbamos, piel contra piel, el calor de nuestros cuerpos como un horno. Sus manos exploraban, amasando mis nalgas, dedos hundiéndose en mi carne suave. Yo le chupé los pezones, oyendo sus jadeos roncos que me ponían más caliente. "Me prendes cañón, wey", le dije, montándome a horcajadas. Frota mi conchita contra su pija dura, sintiendo la humedad resbalosa, el roce que me hacía arquear la espalda. Él gruñó, manos en mis caderas guiándome, lento al principio, building that tension como la rola de Wyclef que aún sonaba en mi cabeza: we trying to stay alive, sobreviviendo al puro placer.

El beso se profundizó, lenguas enredadas, saboreando el uno al otro como si fuera el último trago de vida. Bajé mi mano, libéré su verga gruesa, venosa, la cabeza brillando de precum. La apreté, masturbándolo despacio, oyendo su respiración agitada, el sonido húmedo de mi palma sobre su piel. Qué rica, tan dura para mí. Él metió dos dedos en mi chocha empapada, curvándolos justo en mi punto G, masajeando con maestría. Grité, "¡Sí, cabrón, así!", mis jugos chorreando por su mano, el olor almizclado de sexo llenando la habitación.

La intensidad subía, como una tormenta en el desierto. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, lamiendo el sudor salado. Sus dientes en mis nalgas, un azote juguetón que me hizo gemir de placer.

Este pendejo sabe cómo hacerme volar,
pensé, mientras separaba mis piernas, exponiendo mi ano y conchita ansiosa. Su lengua ahí, lamiendo desde el clítoris hinchado hasta arriba, saboreando mis fluidos dulces. Lamía despacio, círculos en mi botón, chupando suave, luego fuerte, mis caderas moviéndose solas contra su boca barbuda que raspaba delicioso.

No aguanté más. "Métemela ya, Javier, no seas mamón". Se posicionó, la punta de su verga rozando mi entrada resbalosa. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, wey, qué chingadera! El dolor placentero se convirtió en éxtasis puro, su pija golpeando profundo, el sonido de carne contra carne, slap slap slap, mezclado con nuestros gemidos. Me cogía fuerte pero con cuidado, sus bolas peludas chocando mi clítoris cada embestida.

Cambié de posición, yo arriba, cabalgándolo como reina. Mis tetas rebotando, él chupándolas, mordiendo pezones mientras yo subía y bajaba, controlando el ritmo. Sentía su verga hinchándose más, mis paredes contrayéndose, el orgasmo acercándose como un tren. El sudor goteando, su olor masculino, el sabor de su piel en mi boca. "¡Me vengo, pinche amor!", grité, explotando en olas de placer, mi conchita ordeñando su pija, jugos salpicando.

Él rugió, volteándome para martillarme en misionero, piernas en sus hombros, penetrando aún más hondo. Sus ojos en los míos, conexión total, "Tú me haces vivir, Ana", jadeando, recordando la rola. Se corrió con un bramido, chorros calientes inundando mi interior, su cuerpo temblando sobre el mío. Nos quedamos así, pegados, pulsos latiendo al unísono, el afterglow envolviéndonos como una manta tibia.

Después, recostados, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. El skyline brillaba afuera, la ciudad viva como nosotros. We trying to stay alive, Wyclef Jean tenía razón, pensé, acariciando su cabello revuelto. No era solo sexo, era vida pura, conexión que te hace sentir invencible. "Vuelve cuando quieras, jefa", murmuró somnoliento. Sonreí, sabiendo que sí, que esta noche nos salvó a los dos.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.