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Pronosticos del Tri que Prenden el Fuego

7304 palabras

Pronosticos del Tri que Prenden el Fuego

El aire de la cantina olía a chelas frías y tacos al pastor chamuscados, con ese toque ahumado que te hace salivar de inmediato. Era viernes por la noche en el corazón de la Roma, y el Tri jugaba contra los gringos en las eliminatorias. Yo, un pendejo fanático del fútbol desde chavo, me senté en la barra con mi carnala del alma, Karla. No, no es mi hermana, wey, es mi amiga de la prepa que se había convertido en algo más, en esa tensión que se siente en el aire como electricidad antes de la tormenta.

Karla llegó con su blusa escotada verde, ajustada como segunda piel, y unos shorts que dejaban ver sus piernas morenas y torneadas. Su cabello negro suelto caía en ondas salvajes, y sus ojos cafés brillaban con picardía. "Órale, cabrón, ¿listo para los pronósticos del Tri? El que se equivoque paga con algo chido", dijo riendo, mientras pedía dos caguamas heladas. Su voz ronca, con ese acento chilango puro, me erizó la piel.

Me acerqué, sintiendo el calor de su cuerpo rozar el mío. "Neta, Karla, apuesto que el Tri gana dos uno. Chicharito mete el primero, y Layún el segundo. ¿Tú qué dices?". Ella se mordió el labio, ese gesto que me volvía loco, y contestó: "Yo digo tres dos, güey. Dos de Lozano y uno de Guardado. Si pierdo, te dejo que me beses donde quieras". Mi verga dio un salto en los chones. El ambiente vibraba con los gritos de la tele, el olor a limón y chile en el aire, y su perfume dulce mezclándose con el sudor de la noche calurosa.

Nos sentamos pegaditos en una mesa del fondo, muslos tocándose, y el juego empezó. Cada pase del Tri era como un roce eléctrico entre nosotros. Yo sentía su mano en mi rodilla, subiendo despacito, mientras comentábamos los pronósticos del Tri. "Mira, ya van a meter gol", susurraba ella, su aliento cálido en mi oreja. Mi corazón latía como tambor de mariachi, y el pulso en mi entrepierna crecía con cada jugada fallida o buena.

¿Y si gano yo? ¿La voy a tener aquí mismo, en esta cantina llena de borrachos? Neta, su piel se ve tan suave, como mango maduro listo para morder.

El primer tiempo terminó uno cero para el Tri, mi pronóstico iba bien. Karla bufó juguetona, apretando mi muslo. "Aún no te emociones, pendejo". Pidió unos esquites con extra mayonesa, y mientras comía, un chorrito de crema cayó en su escote. Sin pensarlo, lo limpié con el dedo, probando el sabor salado mezclado con su piel. Ella jadeó bajito, ojos fijos en los míos. La tensión era un nudo en el estómago, caliente y apretado.

Segundo tiempo. El Tri metió el segundo gol, tal como dije. Karla se pegó más, su mano ahora en mi paquete, masajeando suave por encima del jean. "Si pierdo, te chupo hasta que grites", murmuró, lamiéndose los labios. Yo no podía concentrarme en la pantalla; su olor a mujer excitada, ese almizcle sutil bajo el perfume, me nublaba la mente. Sudaba, el ruido de la cantina era un rugido lejano, solo existía su tacto, firme y prometedor.

Pero entonces Lozano metió uno para ella. Dos uno. "¡Ja! Mi pronóstico del Tri va chido", celebró, montándose a horcajadas en mis piernas por un segundo, frotando su calor contra mí. Grité interno, mi verga dura como fierro presionando contra ella. Los demás clientes ni se inmutaron, perdidos en el partido. Su blusa se abrió un poco más, mostrando el encaje negro de su bra. Olía a su excitación, dulce y salada, mezclada con el humo de los cigarros cercanos.

El juego escaló. Guardado metió el tercero para ella, pero los gringos empataron. Mi pulso corría desbocado, igual que el de ella contra mi pecho. Nos besamos ahí, furioso y hambriento, lenguas enredadas con sabor a chela y chile. Sus pechos aplastados contra mí, duros pezones pinchando mi camisa. "Chíngame ya, no aguanto", gemí en su boca. Pero el partido seguía, nuestros pronósticos del Tri colgando de un hilo.

Al final, Tri gana tres dos. Su pronóstico acertó perfecto. "Pagué mi apuesta, cabrón", dijo triunfante, jalándome de la mano hacia la salida. Afuera, la noche mexicana nos envolvió: cláxones, risas callejeras, olor a elotes asados. Caminamos rápido a su depa en la Condesa, a unas cuadras. En el elevador, ya no aguantamos. La embestí contra la pared, manos en su culo redondo y firme, amasándolo como masa de tamal. Ella arañó mi espalda, gimiendo "¡Más!". Su boca devoraba la mía, sabor a victoria y deseo.

En su cuarto, luces tenues de neón de la ventana pintando su piel dorada. La desvestí lento, saboreando cada centímetro. Sus tetas perfectas, pezones cafés erectos como botones. Los chupé, mordí suave, oyendo sus jadeos roncos. "Qué rico, güey, no pares". Bajé, besando su vientre suave, oliendo su panocha húmeda, jugosa. La abrí con los dedos, rosada y brillante, y lamí despacio, saboreando su miel salada y dulce. Ella se arqueó, manos en mi pelo, gritando "¡Sí, así!". Mi lengua danzaba en su clítoris, hinchado y sensible, mientras metía dos dedos, curvados, tocando ese punto que la hacía temblar.

Esto es mejor que cualquier gol del Tri. Su sabor me enloquece, su cuerpo se retuerce como si el mundo se acabara.

Me quitó la ropa de un jalón, mi verga saltando libre, venosa y palpitante. La miró con hambre: "Qué vergota, dame". Se arrodilló, engulléndola profunda, garganta cálida y húmeda succionando. Sentí su saliva chorreando, bolas apretadas contra su barbilla. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes. La cogí de la cabeza, follando su boca suave, pero ella mandaba, ojos fijos en mí, dominando con maestría.

La tiré en la cama, colchón hundiéndose bajo nosotros. Entré en ella de un empujón, su coño apretado envolviéndome como guante caliente. "¡Ay, cabrón!", chilló, uñas clavándose en mi espalda. Embestí rítmico, profundo, piel contra piel chapoteando. Sudor nos unía, resbaloso y salado. Sus tetas rebotaban hipnóticas, yo las pellizcaba mientras la chingaba más fuerte. Ella clavó piernas en mi cintura, pidiéndome todo: "¡Dámelo todo, no pares!".

Cambié posiciones, ella encima, cabalgándome como jineteza en rodeo. Sus caderas giraban expertas, coño apretándome la verga hasta el fondo. Veía su cara de éxtasis, labios entreabiertos, gemidos como música. El olor a sexo llenaba la habitación, intenso y animal. Mi climax subía, bolas tensas. "Me vengo, puta", gruñí juguetón. Ella aceleró: "Vente adentro, lléname". Explosé, chorros calientes inundándola, mientras ella se corría conmigo, coño contrayéndose en espasmos, gritando mi nombre.

Caímos exhaustos, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. Su cabeza en mi pecho, oyendo mi corazón calmarse. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente. "Mis pronósticos del Tri fueron perfectos, ¿verdad?", murmuró pícara, besando mi cuello. Reí bajito, acariciando su cabello húmedo. "Sí, mija, y esta fue la mejor victoria". En ese afterglow, con su calor envolviéndome, supe que los partidos del Tri nunca serían iguales sin ella. La tensión se había soltado en olas de placer, dejando solo paz y promesas de más apuestas calientes.

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