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La Triada de Endometriosis

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La Triada de Endometriosis

Desde chica, la endometriosis me ha marcado la vida como una sombra persistente. Esa triada de endometriosis que los doctores mencionan siempre: el pinche dolor menstrual que te dobla, el malestar pélvico constante como un fuego bajo, y el terror al momento de la penetración, ese dolor que te hace apretar los dientes y querer huir. Pero yo, Ana, de veintiocho años, morra de la CDMX con un departamentito chulo en Polanco, no me iba a rendir. No cuando conocí a Marco y a Sofía. Ellos dos, mis carnales en alma y cuerpo, me enseñaron que el placer podía renacer de las cenizas del dolor.

Todo empezó en una fiesta en la Roma, de esas donde el tequila corre como agua y la música tecno te hace mover las caderas sin pensar. Marco, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te cala hasta los huesos, me invitó a bailar. Su mano en mi cintura era firme pero suave, como si supiera que mi cuerpo era un territorio minado. Sofía, su pareja abierta, se unió con un vestido rojo que gritaba fuego. Pelo negro largo, ojos verdes que te desnudan, y una risa que suena a promesas sucias. ¿Qué pedo si formamos algo los tres? me dijo ella al oído, su aliento cálido oliendo a mezcal y menta. Sentí un cosquilleo en la piel, un calor que subía desde el estómago, ignorando por un segundo mi triada maldita.

Nos fuimos a mi depa esa noche. El aire de la ciudad entraba por la ventana, mezclado con el aroma de las jacarandas que perfumaban la calle. Nos sentamos en el sofá de terciopelo gris, yo en medio, sus cuerpos presionando los míos. Marco me besó primero, lento, sus labios carnosos saboreando los míos como si fuera un postre prohibido. Sofía observaba, mordiéndose el labio, y luego su lengua se unió, un beso a tres que era puro caos delicioso. Sus manos exploraban: la de él en mi muslo, áspera de tanto gym, la de ella suave como seda, subiendo por mi blusa. Olía a su perfume, vainilla y jazmín, que se mezclaba con mi sudor nervioso.

No puede ser, Ana, vas a sufrir otra vez. Esa triada de endometriosis no perdona el sexo rudo.

Pero les conté todo esa noche, entre tragos de reposado. "Tengo endometriosis, cabrones. Duele verga cuando me penetran. La triada esa: regla infernal, pelvis en llamas, y follar como si te apuñalaran". Marco no se inmutó. "Entonces vamos despacio, mi reina. Te vamos a mimar hasta que ruegues por más". Sofía asintió, sus dedos trazando círculos en mi brazo. "Somos tu triada ahora, Ana. Tres cuerpos para uno solo". Esa promesa me erizó la piel.

Los días siguientes fueron un build-up de tensión que me tenía mojadita solo de pensar. Mensajes sucios: Marco mandando fotos de su pecho tatuado, Sofía videos de sus tetas perfectas brincando. Quedamos en mi depa un viernes, velas de vainilla encendidas, música de Natalia Lafourcade de fondo, suave como caricia. Me desnudaron despacio, sus ojos devorándome. Mi cuerpo desnudo bajo la luz ámbar: curvas generosas, piel morena con estrías que me avergonzaban, pero ellos las besaron como tesoros. "Estás rica, pinche diosa", gruñó Marco, su voz ronca vibrando en mi cuello.

Sofía empezó con un masaje. Sus manos untadas en aceite de coco, cálido y resbaloso, amasando mis hombros tensos. Olía dulce, tropical, y el roce era eléctrico, enviando chispas a mi clítoris. Marco se unió, sus palmas grandes cubriendo mi espalda baja, justo donde el dolor pélvico acecha. Su tacto es fuego lento, no quema, calienta. Gemí bajito cuando sus dedos bajaron a mis nalgas, separándolas suave. "Relájate, amor", murmuró ella, besando mi ombligo. Su lengua trazó un camino húmedo hasta mis pechos, chupando mis pezones duros como piedras. Sabían a sal y deseo, y yo arqueé la espalda, el aire fresco lamiendo mi piel expuesta.

La tensión crecía como tormenta. Mi coño palpitaba, húmedo, traicionero pese al miedo. Marco se hincó entre mis piernas, su aliento caliente rozando mis labios hinchados. "Déjame probarte", suplicó. Lamidas lentas al principio, su lengua plana lamiendo mi clítoris con maestría. Sabor a miel y mar, dijo él, ojos brillando. Sofía me besaba la boca, tragándose mis gemidos ahogados. El sonido de succión húmeda, mis jugos chorreando, llenaba la habitación. El dolor pélvico era un eco lejano, ahogado por oleadas de placer. ¿Esto es posible? La triada de endometriosis no me gana hoy.

Pero querían más. Me pusieron de lado, posición que el doc recomendaba para no presionar tanto. Marco untó lubricante, frío al principio, luego cálido con mi calor. Su verga gruesa, venosa, rozó mi entrada. "Dime si duele, mi vida", jadeó. Entró milímetro a milímetro, estirándome delicioso. Dolía un poquito, como pinchazo agudo, pero el placer lo comía vivo. Sofía frotaba mi clítoris con dedos expertos, sus uñas pintadas de rojo rozando justo ahí. "Qué chingón se siente", balbuceé, mi voz ronca. Sus embestidas eran lentas, profundas, el slap de piel contra piel ritmado como tambores aztecas. Olía a sexo puro: sudor almizclado, lubricante dulce, mi aroma almendrado de excitación.

La intensidad subió. Sofía se montó en mi cara, su coño depilado rozando mis labios. Lamí ansiosa, saboreando su salinidad agria, su clítoris hinchado bajo mi lengua. Ella gemía alto, "¡Sí, Ana, así, pendejita rica!", sus caderas moliendo contra mi boca. Marco aceleró, su verga golpeando mi punto G, ondas de placer rompiendo mi control. El dolor era placer ahora, transmutado. Sentía sus pulsos, venas latiendo dentro, mi pared vaginal apretándolo como vicio. Temblores subían por mis piernas, el orgasmo build-up como volcán.

Explotamos juntos. Yo primero, un grito ahogado en el coño de Sofía, mi cuerpo convulsionando, jugos salpicando las sábanas. Marco gruñó como bestia, llenándome caliente, semen espeso goteando. Sofía se vino segundos después, sus muslos temblando, chorro dulce en mi lengua. Colapsamos en un enredo sudoroso, pechos agitados, respiraciones jadeantes. El aire pesado de nuestros olores: semen, coños satisfechos, aceite.

En el afterglow, recostados, Marco me acariciaba el vientre. "Vencimos la triada, ¿no?". Sofía rio, besando mi frente. "Esta es nuestra triada ahora: placer, cuidado, amor". Sentí paz, el dolor pélvico dormido, mi cuerpo empoderado. No más miedo. Solo deseo infinito.

Desde entonces, cada encuentro es ritual. La endometriosis sigue ahí, pero en nuestra triada, es solo un capítulo más en nuestra historia de éxtasis. Y yo, Ana, soy la reina de mi propio placer.

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