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Digimon Tri Tai en Fuego Carnal

6172 palabras

Digimon Tri Tai en Fuego Carnal

El aire del convention center en el corazón de la CDMX olía a nachos con chile, sudor fresco y esa emoción eléctrica de los fans reunidos. Qué chido estar aquí, pensé mientras zigzagueaba entre cosplayers y puestos de mercancía. Yo, Ana, de veinticinco pirulos, con mi disfraz ajustado de Sora de Digimon Tri, sentía cada mirada clavada en mis curvas. El corsé rojo me apretaba las chichis justo lo necesario para resaltarlas, y la falda plisada rozaba mis muslos con cada paso, mandándome cosquillitas al coño.

Entonces lo vi. Alto, moreno, con el cabello revuelto color café y esa chamarra naranja icónica. Tai. O sea, un wey perfecto como Taichi de Digimon Tri Tai, pero en carne y hueso, de unos veintiocho años, con barba de tres días que le daba un toque rudo. Sus ojos cafés me escanearon de arriba abajo, y sentí un calor subir por mi panocha.

Órale, este pendejo parece salido de mis sueños húmedos viendo la serie. ¿Será que huele tan rico como se ve?
Me acerqué, fingiendo casualidad.

—¡Ey, Tai! ¿O debería decir Taichi? Tu cosplay está de poca madre, wey —le solté con mi mejor sonrisa coqueta.

Él se giró, y su boca se curvó en una sonrisa lobuna. —Neta, Sora. Tú estás cañona. ¿Vienes a revivir las aventuras de Digimon Tri o qué? —Su voz grave vibró en mi pecho, y olí su colonia mezclada con macho sudado, un aroma que me mojó al instante.

Charlamos un rato sobre episodios, digievoluciones y esa química loca entre Tai y Sora en la serie. Cada roce accidental de su brazo contra el mío era como una descarga. Siento su calor a través de la tela, su piel firme. Quiero lamerle el cuello ya. La tensión crecía; sus ojos bajaban a mis tetas, y yo no disimulaba mirando el bulto en sus jeans. —Oye, ¿vamos por un chela al hotel de enfrente? Para platicar más tranquis —propuse, mi voz ronca de deseo.

—Simón, preciosa. Vamos —aceptó, y su mano grande tomó la mía, enviando chispas por mi espina.

En el lobby del hotel, el aire acondicionado nos refrescó la piel caliente. Subimos al elevador, solos. Nuestras miradas se trabaron, y sin palabras, sus labios cayeron sobre los míos. Sabe a menta y cerveza, su lengua fuerte invadiendo mi boca como si me follara ya. Gemí bajito, presionando mi cuerpo contra el suyo. Sentí su verga dura contra mi vientre, gruesa y palpitante. Sus manos bajaron a mi culo, amasándolo con fuerza.

—Te quiero desde que te vi, Sora —murmuró contra mi oreja, mordisqueándola. El ding del elevador nos separó, pero el fuego ardía.

En su habitación, la luz tenue del atardecer filtraba por las cortinas. Olía a sábanas limpias y a nosotros, a deseo crudo. Me quitó el corsé despacio, besando cada centímetro de piel que liberaba. Mis pezones se endurecieron al aire, y él los chupó con hambre, lamiendo círculos que me hicieron arquear la espalda.

¡No mames! Su boca es puro fuego, succiona como si quisiera mi alma. Mi clítoris late, pidiendo verga
Mis manos tiraron de su chamarra, rasgando la playera debajo. Su pecho velludo, músculos duros de gym, olía a sal y hombre. Lamí sus pezones, mordí suave, y él gruñó como bestia.

—Quítate todo, Ana. Quiero verte desnuda como en mis fantasías de Digimon Tri Tai —dijo, y esa frase me prendió más. Me despojé de la falda, quedando en tanga empapada. Él se bajó los jeans, y su verga saltó libre: venuda, cabezota morada, goteando precum. ¡Qué pedazo de pito! Más grande que en cualquier hentai de la serie.

Lo empujé a la cama, montándome a horcajadas. Froté mi panocha contra su polla, sintiendo el calor y la humedad mezclarse. Sus manos guiaban mis caderas, y yo gemía con cada roce en mi botón. Bajé, lamiendo su eje desde la base hasta la punta, saboreando su salmuera. Lo tragué profundo, garganta relajada, mientras él jadeaba: —¡Carajo, qué mamada tan chingona! —Sus caderas se movían, follando mi boca suave.

Pero quería más. Me subí, posicionando su verga en mi entrada. Despacio, me hundí, centímetro a centímetro. Llena, estirada, perfecta. Sus venas rozan mis paredes, tocando ese punto que me hace ver estrellas. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, sudor perlando nuestra piel. El slap slap de carne contra carne llenaba la habitación, mezclado con mis ayes y sus gruñidos. Olía a sexo, a jugos y sudor, embriagador.

Él se incorporó, chupando mis tetas mientras yo rebotaba. Sus dedos encontraron mi clítoris, frotando círculos rápidos.

¡Me vengo! No aguanto, este wey sabe cómo hacerme explotar
El orgasmo me golpeó como tsunami: coño contrayéndose, chorros calientes, piernas temblando. Grité su nombre: —¡Tai, sí!

No paró. Me volteó boca abajo, nalga en alto. Entró de nuevo, profundo, sus bolas golpeando mi clít. Cada embestida era un trueno, su sudor goteando en mi espalda. Siento cada vena, cada pulso. Me folla como Tai conquistando el mundo digital. Agarró mi pelo suave, tirando para arquearme, y aceleró. —¡Me vengo adentro, preciosa! —rugió.

Su leche caliente inundó mi panocha, pulsos y pulsos, mientras yo llegaba al segundo clímax, arañando las sábanas. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa. Su verga aún dentro, palpitando suave.

Después, en la penumbra, nos acurrucamos. Su mano acariciaba mi pelo, besos suaves en la frente. Esto fue más que un polvo. Como si Digimon Tri Tai cobrara vida en nosotros. —Neta, Ana, eres increíble. ¿Repetimos mañana en el con? —preguntó con picardía.

Reí bajito, saboreando el afterglow. —Órale, Tai. Pero la próxima, yo mando —le guiñé, sintiendo su verga endurecerse de nuevo contra mi muslo.

La noche cayó sobre la ciudad, pero nuestro fuego apenas empezaba. En ese cuarto, éramos héroes de nuestra propia aventura erótica, digievolucionados al placer puro.

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