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Letra de Oye Cantinero El Tri en Carne Viva

7149 palabras

Letra de Oye Cantinero El Tri en Carne Viva

Entré a la cantina con el peso del desmadre en los hombros, wey. La noche olía a tequila rancio y humo de tabaco, ese aroma que te pega en la nariz como un puñetazo cariñoso. Las luces tenues parpadeaban sobre las mesas de madera astillada, y el mariachi de fondo tocaba rancheras que me revolvían el alma. Acababa de pelear con mi morra, la neta, y lo único que quería era ahogar las penas en un trago doble. Me senté en la barra, el culo pegándose al taburete gastado, y pedí un caballito de José Cuervo.

Oye cantinero —murmuré para mí, recordando la letra de esa rola de El Tri que siempre me ponía a pensar en amores jodidos.

El cantinero, un vato grandote con bigote de charro, me sirvió el shot sin chistar. Pero entonces la vi. Al fondo, en una mesa con unas amigas, una chula de cabello negro largo como cascada de obsidiana, ojos cafés que brillaban como brasas. Vestía una blusa escotada que dejaba ver el valle de sus tetas firmes, y una falda ajustada que marcaba sus caderas anchas, de esas que te hacen salivar. Se reía fuerte, echando la cabeza pa’trás, y su risa cortaba el ruido de la cantina como un cuchillo caliente en mantequilla.

Me quedé clavado, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano.

¿Qué chingados? ¿Por qué no me acerco? Soy un pendejo si la dejo ir
, pensé, mientras el tequila me quemaba la garganta, bajando ardiente hasta el estómago. Ella giró la cabeza y nuestras miradas chocaron. Sonrió, juguetona, y levantó su vaso en un brindis silencioso. Ya estaba, el deseo me picaba en la piel como hormigas cabronas.

Me paré, las piernas flojas pero decididas, y caminé hacia su mesa. El piso de cemento crujía bajo mis botas, y el aire se cargaba de su perfume, mezclado con jazmín y algo dulce, como miel caliente.

—Hola, mamacita —le dije, sentándome sin permiso—. ¿Qué onda con esa sonrisa que ilumina más que los focos?

¡Órale, guapo! —respondió ella, su voz ronca, con ese acento chilango que me erizaba los vellos—. Me llamo Lupe. ¿Y tú qué buscas aquí, aparte de emborracharte?

Sus amigas se rieron y se levantaron, dejándonos solos. Neta, fue como en las películas. Hablamos de la vida, de cómo la ciudad te come vivo si no te defiendes. Y de pronto, sacó el tema de El Tri.

—Oye, ¿conoces la letra de Oye Cantinero de El Tri? —me preguntó, inclinándose pa’cercarse, su aliento tibio rozándome la oreja, oliendo a limón y tequila.

¡Claro que sí, chula! —le contesté, y empecé a recitarla bajito, mirándola fijo: Oye cantinero dame otro trago que mi corazón está triste... Ella se unió, sus labios rojos moviéndose al ritmo, y el ambiente se puso espeso, cargado de electricidad. Sus dedos rozaron mi mano al tomar su vaso, un toque leve que me mandó chispas directas a la verga, que ya se despertaba dura bajo los jeans.

La tensión crecía como tormenta en el desierto. Pedimos más tragos, bailamos pegaditos en la pista improvisada, sus nalgas presionando contra mi entrepierna, suave y firme. Sentía su calor a través de la tela, el sudor perlándole el cuello, salado en mi imaginación.

Quiero lamerla entera, carajo
, rugía mi mente mientras sus caderas se mecían al son de la rola que ahora sonaba en la rocola: la letra de Oye Cantinero El Tri, resonando como un hechizo.

Salimos de la cantina tambaleándonos un poco, riendo como pendejos. Su departamento estaba cerca, en un edificio viejo pero coqueto del centro. Subimos las escaleras besándonos, sus uñas clavándose en mi espalda, mi lengua explorando su boca dulce y húmeda, sabor a tequila y deseo puro. La puerta se cerró con un clic y ya estábamos encima.

Acto dos, wey: el fuego se desató. La empujé contra la pared del pasillo, arrancándole la blusa con hambre. Sus tetas saltaron libres, pezones oscuros endurecidos como piedras preciosas. Las chupé con ganas, succionando fuerte, oyendo sus gemidos roncos: ¡Ay, cabrón, sí! ¡Más! Su piel olía a vainilla y sudor fresco, suave como seda bajo mi lengua áspera. Bajé la mano por su falda, metiéndola por dentro, encontrando su concha empapada, resbalosa de jugos calientes. Metí dos dedos, curvándolos, y ella arqueó la espalda, clavándome las uñas en los hombros.

Recítame la letra otra vez —jadeó, mientras me desabrochaba el cinturón—. Quiero oírla en tu voz mientras me coges.

La cargué hasta la cama, un colchón mullido que crujió bajo nuestro peso. Me quité la ropa a tirones, mi verga parada como bandera, gruesa y venosa, palpitando por ella. Se arrodilló, mirándome con ojos de fuego, y se la tragó entera, su boca caliente envolviéndome, lengua girando alrededor del glande, succionando con maestría. El sonido húmedo de su chupada, slurp slurp, me volvía loco, mis bolas apretándose. Olía su aroma almizclado subiendo desde su entrepierna abierta.

La tiré de espaldas, abriéndole las piernas anchas. Su concha rosada brillaba, hinchada de ganas. Lamí despacio, desde el clítoris hasta el ano, saboreando su sal, su dulzor agrio. Ella gritaba, retorciéndose, sus muslos temblando contra mis orejas.

Es mía esta noche, toda Lupe es mía
, pensaba, mientras mi lengua la follaba profunda.

La penetré de un solo empujón, su interior apretándome como guante de terciopelo húmedo. Empecé lento, sintiendo cada vena rozar sus paredes, el squelch de nuestros jugos mezclándose. Aceleré, embistiéndola fuerte, sus tetas botando al ritmo, sudor chorreando entre nosotros. Murmuré la letra entre jadeos: Oye cantinero... dame otro trago... pero fóllame más duro. Ella reía y gemía, arañándome la espalda, sus caderas subiendo a mi encuentro.

Cambiamos posiciones, ella encima, cabalgándome como amazona salvaje. Sus nalgas rebotaban contra mis muslos, plap plap plap, el cuarto llenándose de nuestro olor a sexo crudo, piel sudada y placer. Le apreté las tetas, pellizcando pezones, y ella se vino primero, convulsionando, su concha ordeñándome la verga en espasmos calientes. Ese apretón me llevó al borde.

La volteé a cuatro patas, admirando su culo redondo, perfecto. La cogí por detrás, profundo, mis bolas golpeando su clítoris. El clímax llegó como volcán: grité su nombre, descargando chorros calientes dentro de ella, mi cuerpo temblando, visión nublada. Ella se corrió de nuevo, chillando, su cuerpo colapsando sobre las sábanas revueltas.

Nos quedamos tirados, jadeando, el aire pesado con nuestro aroma. La abracé, su cabeza en mi pecho, sintiendo su corazón galopando al unísono con el mío. Besé su frente salada, y ella sonrió perezosa.

—Neta, esa letra de Oye Cantinero El Tri nunca sonó tan chingona —susurró.

Reí bajito, acariciando su cabello. La noche se cerraba en paz, el deseo saciado pero con promesa de más. Salí al amanecer, con su número en el bolsillo y el alma ligera. A veces, una cantina y una rola bastan pa’ renacer.

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