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Trío MHM Bajo las Estrellas

6853 palabras

Trío MHM Bajo las Estrellas

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y a jazmín salvaje, con el rumor de las olas rompiendo suave contra la arena. Tú, güey, habías llegado a esa fiesta playera con tus carnales, pero el calor pegajoso y las chelas frías te tenían de buenas. La fogata crepitaba, lanzando chispas al cielo estrellado, y el reggaetón retumbaba desde los bocinas, haciendo que las caderas se movieran solas.

Allí estaban ellas: Ana y Lupe, dos morras que conociste esa tarde en el hotel. Ana, con su piel morena brillando bajo la luz del fuego, el bikini rojo ceñido a sus curvas generosas, y Lupe, más delgada, con el pelo negro suelto hasta la cintura y una sonrisa pícara que prometía travesuras. Habían estado coqueteando todo el día, rozándote el brazo, susurrándote al oído chistes subidos de tono.

"Órale, carnal, ¿qué onda con nosotras dos? ¿Te late un trío MHM esta noche?"
te había dicho Lupe, guiñando el ojo mientras Ana reía, su aliento cálido con sabor a tequila rozando tu cuello.

El deseo empezó como un cosquilleo en el estómago, subiendo por tu pecho. ¿Esto va en serio? pensaste, mientras las veías bailar pegaditas, sus cuerpos ondulando al ritmo, mirándote de reojo. El aire estaba cargado de ese olor a sudor dulce y protector solar, y tu verga ya se sentía pesada en los shorts. No era la primera vez que fantaseabas con algo así, pero estas dos eran puro fuego mexicano, listas para encenderte.

Te acercaste, ofreciéndoles otra chela. Ana te jaló de la mano hacia la arena más oscura, lejos de la multitud. "Ven, papi, no seas menso", murmuró Lupe, su voz ronca por el humo de la fogata. Caminaron hasta donde las palmeras susurraban con la brisa, el sonido de la fiesta fading a lo lejos. Se sentaron en una manta que Ana sacó de quién sabe dónde, y de pronto sus manos estaban en tus muslos, suaves y calientes.

El beso de Ana fue el primero, sus labios carnosos saboreando a ron y a mar, su lengua explorando la tuya con hambre. Lupe observaba, mordiéndose el labio, y luego se unió, besándote el cuello, sus dientes rozando la piel en un mordisco juguetón que te erizó los vellos. Pinche paraíso, pensaste, mientras tus manos subían por sus espaldas desnudas, sintiendo la seda de su sudor mezclado con arena fina. El corazón te latía como tamborazo, el pulso acelerado en las sienes.

La tensión crecía lenta, deliciosa. Ana se quitó el top del bikini, dejando ver sus chichis firmes, pezones oscuros endurecidos por la brisa nocturna. "Tócalas, no seas tímido", susurró, guiando tu mano. Eran pesadas, cálidas, la piel suave como mango maduro. Lupe hizo lo mismo, presionando su cuerpo contra el tuyo, su mano bajando hasta tu entrepierna, apretando tu verga a través de la tela.

"Mira cómo se para el pendejo este, Ana. Ya quiere su trío MHM"
, rio bajito, y tú solo pudiste gemir, el tacto de sus dedos enviando descargas eléctricas por tu espina.

Las ayudaste a quitarse el resto, sus cuerpos desnudos brillando a la luz de la luna. Ana olía a coco y deseo, Lupe a vainilla y algo más salvaje, como tierra mojada después de la lluvia. Te recostaron en la manta, besándote alternadamente, sus lenguas lamiendo tu pecho, bajando por el abdomen. Sentiste sus alientos calientes en tu piel, el roce de sus cabellos, el sonido húmedo de sus labios chupando tus pezones. Tu verga palpitaba, liberada ya de los shorts, dura como piedra, goteando precum que Lupe lamió con deleite.

No aguanto más, pensaste, pero ellas controlaban el ritmo, escalando la intensidad con maestría. Ana se sentó en tu cara, su panocha depilada rozando tus labios, jugosa y salada, el sabor ácido dulce inundando tu boca. La lamiste despacio al principio, sintiendo cómo temblaba, sus gemidos roncos mezclándose con el oleaje. "¡Ay, sí, así, cabrón!" jadeó, moliéndose contra tu lengua, sus jugos chorreando por tu barbilla.

Lupe, mientras, montaba tu verga con cuidado, centímetro a centímetro, su calor apretado envolviéndote como guante de terciopelo húmedo. El estiramiento era exquisito, sus paredes internas pulsando, ordeñándote. "Qué rica está tu verga, papi", murmuró, empezando a cabalgar lento, sus caderas girando en círculos que te volvían loco. El slap slap de piel contra piel, el squelch de su humedad, el olor almizclado del sexo llenando el aire – todo era una sinfonía sensorial.

Intercambiaron posiciones, el calor subiendo como fiebre. Ahora Lupe en tu boca, su clítoris hinchado bajo tu lengua, saboreando su esencia más intensa, mientras Ana te cogía con furia, sus nalgas rebotando contra tus muslos, el sudor goteando de su espalda. Tus manos amasaban sus culos redondos, dedos hundiéndose en carne suave, uñas raspando levemente para arrancarles jadeos.

Esto es el trío MHM perfecto, güeyes
, pensaste en medio del éxtasis, tu mente nublada por el placer.

La tensión psicológica se rompía en oleadas. Ana confesó entre gemidos: "Siempre quise esto contigo, desde que te vi en la alberca", su voz quebrada por el orgasmo que la sacudía, su panocha contrayéndose alrededor de tu verga. Lupe, celosa juguetona, aceleró, sus pechos bamboleándose, hasta que explotó también, gritando al cielo estrellado, sus jugos empapando tus bolas.

Tú resististe lo más que pudiste, el control colgando de un hilo, pero cuando volvieron a besarte juntas, lenguas entrelazadas sobre tu boca, no hubo vuelta atrás. Empujaste profundo en Ana una última vez, el clímax rugiendo desde tus huevos, chorros calientes llenándola mientras temblabas entero. El alivio fue cegador, pulsos y pulsos de placer puro, su calor mezclándose con el tuyo.

Se derrumbaron sobre ti, cuerpos entrelazados, pieles pegajosas de sudor y fluidos. El aire nocturno refrescaba sus miembros exhaustos, el sonido de las olas como arrullo. Ana te besó la frente, Lupe acarició tu pecho. "Fue chido, ¿verdad, carnal?" susurró Lupe, y tú solo asentiste, el corazón aún acelerado, un sonrisa boba en la cara.

Se quedaron así un rato, hablando pendejadas, riendo del casi tropiezo de Lupe al bajarse. El deseo inicial se había transformado en algo más profundo, una conexión carnal que prometía repeticiones. Cuando la fiesta empezó a apagarse, se vistieron con pereza, robándote besos finales. Caminaron de vuelta, tomados de la mano, el sabor de ellas aún en tu lengua, el recuerdo grabado en cada músculo.

Al día siguiente, en el desayuno del hotel, te guiñaron el ojo sobre los chilaquiles. Esto no termina aquí, pensaste, sabiendo que el trío MHM había despertado algo imparable en los tres.

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