Probarse la Tentación
Entré a esa boutique en Polanco con el corazón latiéndome a mil. Era uno de esos lugares chidos, con luces suaves y música lounge de fondo, oliendo a perfume caro y tela nueva. Quería probarme un vestido rojo que vi en el aparador, algo ceñido que prometía hacer estragos en la fiesta de esta noche. Neta, me sentía como una diosa lista para conquistar.
"¿En qué te ayudo, preciosa?", me dijo el vato que atendía, un morro alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como chocolate derretido y una sonrisa que me hizo apretar las piernas sin querer. Se llamaba Diego, lo vi en su gafete. "Quiero probarme ese rojo de allá", le contesté, señalando con la barbilla, tratando de sonar casual aunque ya me imaginaba sus manos ayudándome con el cierre.
¿Qué pedo conmigo? Este wey me prendió el foco con solo mirarme. Su voz ronca, grave, como si me estuviera susurrando al oído en la cama.
Me llevó el vestido al vestidor, un cubículo amplio con espejo de cuerpo entero y cortina gruesa. "Si necesitas ayuda, nomás avisa", murmuró, y su aliento cálido rozó mi nuca. Sentí un escalofrío delicioso bajarme por la espalda. Me quité la blusa y la falda con prisa, el aire fresco del lugar erizándome la piel. El vestido era puro fuego: seda suave que se pegaba a mis curvas como una segunda piel, el escote profundo mostrando justo lo suficiente para volver loco a cualquiera.
Salí del vestidor y ahí estaba él, fingiendo arreglar una chamarra. "¿Qué tal?", pregunté girando despacio. Sus ojos se clavaron en mí, bajando por mis tetas, mi cintura, hasta mis muslos. "Estás riquísima, carnala. Ese vestido te queda como anillo al dedo. Pero... ¿quieres probarte otro? Tengo uno negro que te va a dejar sin aliento". Su voz tenía ese tono juguetón, mexicano puro, con un "pendejo" interno que no decía pero se notaba en la guiñada.
Acepté, obvio. Volví al vestidor con el negro, más corto, más atrevido. Mientras me lo ponía, escuché la cortina correrse un poco. "Déjame ayudarte con el cierre, ¿sale?", dijo Diego asomándose. Su presencia llenó el espacio, oliendo a colonia fresca con un toque de sudor masculino que me mareó. Sus dedos rozaron mi espalda desnuda al subir el cierre, lentos, intencionales. Cada roce era electricidad, mi piel ardiendo bajo su tacto áspero pero tierno.
"¿Ves? Perfecto", susurró cerca de mi oído, su pecho pegado a mi espalda en el espejo. Nuestras miradas se cruzaron en el reflejo, hambrientas. Sentí su verga endureciéndose contra mis nalgas, dura como piedra. "Diego...", murmuré, pero no era protesta, era invitación. Giré despacio, mi mano subiendo por su pecho firme bajo la camisa ajustada. Latía fuerte su corazón, igual que el mío.
Neta, esto es una locura. Pero qué chido se siente. Quiero probarme más que un vestido; quiero probarlo a él, entero.
Sus labios cayeron sobre los míos como lluvia caliente en el desierto. Beso profundo, lenguas enredándose con sabor a menta y deseo puro. Gemí bajito contra su boca, mis manos enredándose en su pelo negro revuelto. Me levantó contra la pared del vestidor, mis piernas abriéndose instintivas alrededor de su cadera. El vestido negro se arremangó solo, exponiendo mis panties de encaje húmedas ya.
"Estás mojada para mí, ¿verdad, reina?", gruñó él, su mano colándose entre mis piernas, dedos gruesos frotando mi clítoris hinchado a través de la tela. Asentí, jadeando, el sonido de mi respiración entrecortada mezclándose con la música lejana. "Sí, pendejo, hazme tuya aquí mismo". Olía a sexo empezando, ese aroma almizclado de mi excitación mezclándose con su colonia.
Me bajó las panties de un jalón, el aire fresco chocando con mi panocha empapada. Sus dedos entraron en mí, dos de golpe, curvándose justo donde dolía rico. "Qué chingona estás adentro, tan apretada y caliente", murmuró mordisqueándome el cuello, dejando marcas que mañana dolerían delicioso. Me retorcía contra su mano, pechos subiendo y bajando, pezones duros rozando el vestido. Gemidos ahogados para no alertar a nadie afuera, pero la tensión solo hacía todo más intenso.
Lo empujé hacia abajo, queriendo más. Se arrodilló, devorándome con los ojos antes de enterrar la cara entre mis muslos. Su lengua era fuego líquido, lamiendo mi clítoris en círculos lentos, chupando mis labios hinchados. Saboreaba mis jugos como si fuera el mejor tequila, gruñendo de placer. "Sabor tan dulce, wey, no pares", le rogué, tirando de su pelo, caderas moviéndose solas contra su boca experta. El espejo reflejaba todo: mi cara de puta en éxtasis, sus hombros anchos entre mis piernas temblorosas.
Esto es mejor que cualquier fiesta. Su lengua me está volviendo loca, siento que voy a explotar ya.
No aguanté más. El orgasmo me golpeó como ola gigante, cuerpo convulsionando, jugos chorreando en su barbilla. Gritito ahogado, uñas clavadas en su nuca. Él se levantó, labios brillosos con mi esencia, besándome para que probara mi propio sabor salado y dulce. "Ahora te voy a coger como se debe", prometió, bajándose el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando precum. La tomé en mano, piel suave sobre acero, latiendo caliente.
Me volteó contra el espejo, nalgas al aire. Entró de un empujón lento pero firme, llenándome hasta el fondo. "¡Órale, qué grande!", jadeé, el estirón delicioso quemándome por dentro. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida haciendo slap-slap contra mi piel sudorosa. El vestidor olía a sexo puro ahora, sudor, fluidos, deseo crudo. Sus manos en mis caderas, jalándome contra él, bolas golpeando mi clítoris.
"Más fuerte, Diego, cógeme duro", le supliqué, y obedeció. Ritmo frenético, piel contra piel resonando, mis tetas rebotando en el espejo. Sentía cada vena de su verga frotando mis paredes, golpeando mi punto G sin piedad. Sudor corriéndonos, respiraciones jadeantes, gruñidos animales. "Estás apretándome la verga, reina, me vas a hacer venir", jadeó él, una mano subiendo a pellizcar mi pezón.
El segundo orgasmo me destrozó, panocha contrayéndose alrededor de él como puño, ordeñándolo. "¡Sí, córrete conmigo!", grité bajito. Él rugió, clavándose profundo, chorros calientes inundándome, semen espeso mezclándose con mis jugos, chorreando por mis muslos. Nos quedamos pegados, temblando, su frente en mi hombro, besos suaves en mi piel salada.
Despacio, salimos del éxtasis. Me ayudó a bajarme el vestido, limpiándome con besos tiernos. "Ese rojo te queda mejor, pero este negro... ahora es nuestro secreto", dijo riendo bajito, ese acento chilango tan sexy. Compré ambos, obvio, con su número en mi teléfono.
Qué pedo con la vida. Vine por un vestido y me probé el mejor polvo de mi existencia. Mañana lo invito a la fiesta... para probar más.
Salimos de la boutique tomados de la mano, el sol de la tarde calentándonos la piel como preludio de lo que vendría. Mi cuerpo aún palpitaba, satisfecho pero ansioso por más. Diego me guiñó el ojo: "Cuando quieras probarte algo nuevo, aquí estoy". Y neta, no podía esperar.