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La Llorona del Trio en Montealban

5763 palabras

La Llorona del Trio en Montealban

La noche en Montealbán se sentía viva, como si las piedras ancestrales zapotecas susurraran secretos al viento. Yo, Ana, caminaba entre las ruinas con Marco y Luis, mis dos amores, bajo la luna llena que pintaba todo de plata. Habíamos llegado esa tarde desde Oaxaca, con la idea loca de acampar ahí arriba, lejos de los turistas del día. Neta, qué chido, pensé, mientras el aire fresco me erizaba la piel y olía a tierra húmeda y copal quemado de algún ritual lejano.

Marco, el alto y moreno con esa sonrisa pícara, cargaba la mochila con las cervezas y el blanket. Luis, más delgado, con ojos que te desnudan de un vistazo, me tomaba la mano, sus dedos cálidos contra los míos fríos. Éramos un trío perfecto, la llorona trio montealban en carne propia, porque yo siempre bromeaba con que mi llanto en la cama era legendario, como la de la Llorona, pero de puro placer. "¡Ay, mis niños!", decía yo fingiendo, y ellos se reían, excitados.

Subimos al observatorio piramidal, el corazón de las ruinas. El silencio era roto solo por el ulular de un búho y nuestras risas ahogadas. Nos sentamos en el blanket, abrimos las chelas frías que sudaban como cuerpos en celo. El sabor amargo me refrescó la garganta, y el olor a lúpulo se mezcló con el perfume de jazmín silvestre que trepaba por las piedras.

Órale, Ana, cuéntanos de La Llorona otra vez —pidió Marco, recargándose en mi hombro, su aliento caliente en mi cuello.

Yo sonreí, sintiendo ya el cosquilleo en el vientre.

Esta noche seré ella, la que llora de deseo, la que los ahoga en éxtasis.
Me puse de pie, me quité la blusa ligera, quedando en bra y shorts. La brisa me acarició los pechos, endureciendo mis pezones bajo la tela delgada.

¡Ay, mis amores! ¡No me dejen solita! —gemí bajito, imitando el lamento, mientras me arrodillaba frente a ellos, mis manos temblando de anticipación sobre sus muslos.

Ellos se miraron, ojos brillantes de lujuria. Luis me jaló el pelo suave, no fuerte, solo para guiarme. Marco se desabrochó el pantalón, liberando su verga gruesa que saltó dura como las columnas de Montealbán.

El deseo inicial era como una chispa: toques juguetones, besos robados. Pero pronto, la tensión creció. Yo lamí el cuello de Luis, saboreando su sal, mientras Marco me masajeaba los senos por detrás, sus dedos expertos pellizcando justo como me gustaba. Chingao, qué rico, pensé, el pulso acelerado latiéndome en las sienes.

Nos movimos al centro de la pirámide, el suelo áspero bajo el blanket raspando mis rodillas de forma deliciosa. La luna nos bañaba, haciendo que sus cuerpos brillaran como dioses prehispánicos. Yo era La Llorona encarnada, pero en vez de tragedia, mi llanto sería de gozo. Me quité el bra, mis tetas rebotaron libres, pesadas y ansiosas. Luis chupó un pezón, su lengua caliente y húmeda girando, enviando descargas directas a mi concha que ya chorreaba.

Wey, estás empapada —murmuró Marco, metiendo la mano en mis shorts, sus dedos resbalando en mi humedad. Yo arqueé la espalda, gimiendo fuerte, el eco rebotando en las ruinas vacías.

Internalmente luchaba:

¿Y si alguien nos ve? ¿Y si el espíritu de Montealbán nos maldice? No, esto es nuestro ritual, puro y consensual, tres almas unidas en fuego.
Pero el miedo se disipó con el roce de sus vergas contra mi piel. Me puse de rodillas, alternando: chupé a Marco profundo, su prepucio salado en mi lengua, mientras pajeaba a Luis, sintiendo sus venas pulsar. Ellos gemían, "¡Qué chingona, Ana!", sus voces roncas mezcladas con el viento.

La intensidad subía. Me recostaron, abrieron mis piernas. Luis lamió mi clítoris, succionando suave, su barba raspándome los muslos internos, olor a mi propia excitación embriagador. Marco me besaba la boca, su lengua invadiendo, sabor a cerveza y hombre. Mis caderas se movían solas, buscando más, el sudor perlando mi frente, goteando entre mis pechos.

Quiero las dos vergas, cabrones —rogué, voz quebrada. Ellos rieron, juguetones. Marco se colocó detrás, untando mi culo con saliva, lento, preguntando: "¿Sí, mi reina?" Asentí, empoderada, guiándolo yo misma. Entró despacio, estirándome con placer ardiente, mientras Luis me penetraba la concha, llenándome completa.

El doble llenado era éxtasis puro. Sus embestidas sincronizadas, piel contra piel chapoteando, mis gritos ahogados en el cuello de Luis. Olía a sexo crudo, a tierra antigua, a nosotros tres fusionados. Sentía cada vena, cada pulso, mis paredes contrayéndose, el orgasmo construyéndose como una tormenta zapoteca.

Marco jadeaba en mi oído: "Eres nuestra Llorona, la que nos hace llorar de gusto". Luis aceleró, sus bolas golpeando mi clítoris. La fricción, el calor, los olores... todo explotó. Grité, "¡Ay, mis niños, vengan!", mi cuerpo convulsionando, chorros calientes salpicando. Ellos siguieron, gruñendo, llenándome de semen caliente, pulsos interminables.

Caímos exhaustos en el blanket, cuerpos enredados, sudor enfriándose al viento nocturno. La luna seguía testigo, pero ahora serena. Marco me acariciaba el pelo, Luis besaba mi frente. Qué paz, wey, pensé, el corazón latiendo aún rápido, pero satisfecho.

Nos vestimos despacio, risas suaves rompiendo el silencio. Bajamos las ruinas de Montealbán al amanecer, el sol tiñendo las piedras de oro.

La Llorona del trío en Montealbán: no un lamento, sino un himno de placer eterno.
En el carro de regreso, sus manos en mis muslos prometían más noches así. Éramos libres, unidos, completos.

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