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Almetec Tri Precio en Mi Piel Ardiente

6008 palabras

Almetec Tri Precio en Mi Piel Ardiente

En la bulliciosa farmacia del centro de la Ciudad de México, el aire olía a ese mezcla peculiar de cartón nuevo y medicinas frescas. Yo, Karla, una chava de veintiocho años con curvas que volvían locos a los vatos del gym, entré buscando almetec tri precio. Mi presión andaba alta por el estrés del trabajo, pero lo que no esperaba era toparme con él: Rodrigo, el farmacéutico guapo con ojos cafés profundos y una sonrisa que me hacía sentir mariposas en el estómago.

¿Qué pedo con este carnal? Solo vine por unas pastillas y ya me estoy imaginando cosas calientes, pensé mientras él revisaba el anaquel. Su voz grave, con ese acento chilango puro, me erizaba la piel. "El almetec tri precio está en oferta hoy, güey. ¿Cuántas cajas quieres?" Me miró de arriba abajo, y juro que sentí su mirada como un roce eléctrico en mis pechos.

Le pedí una caja, pero la plática fluyó como tequila en una fiesta. Hablamos de la vida, del pinche tráfico y de cómo el calor de la ciudad nos ponía de nervios. "Oye, Karla, si quieres, te explico cómo tomarlo en mi consultorio de atrás. Gratis, ¿va?" Su propuesta sonó inocente, pero sus ojos decían otra cosa. Asentí, el corazón latiéndome a mil.

El consultorio era chiquito, con olor a desinfectante y un toque de su colonia masculina, esa que huele a madera y deseo. Se sentó cerca, demasiado cerca. Sus dedos rozaron los míos al pasarme la caja. "Almetec tri precio bajo, pero el efecto es fuerte, como tú", murmuró. Sentí mi piel arder, el calor subiendo desde mi entrepierna.

¡La chingada, Karla, no seas pendeja! Este vato te quiere comer viva.
Pero yo también lo quería.

Acto uno: la tensión inicial. Nos miramos fijo, el silencio roto solo por el zumbido del aire acondicionado. Él se acercó más, su aliento cálido en mi cuello. "¿Puedo?" preguntó, y yo solo gemí un sí bajito. Sus labios tocaron los míos, suaves al principio, luego hambrientos. Sabían a menta y a promesas. Mis manos subieron por su pecho firme, sintiendo los músculos bajo la camisa blanca de trabajo.

Nos besamos como si el mundo se acabara. Sus manos expertas bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas con fuerza juguetona. "Eres una diosa, carnala", susurró, y yo reí nerviosa, excitada. El olor de su sudor mezclado con mi perfume floral llenaba el aire. Me levantó sobre la mesa del consultorio, las cajas de medicinas cayendo al suelo con un ruido sordo. No importaba. Solo importaba el fuego entre mis piernas.

Acto dos: la escalada. Lentamente, desabotonó mi blusa, exponiendo mis tetas llenas, los pezones duros como piedras. Los lamió con deleite, su lengua caliente y húmeda trazando círculos que me hacían arquear la espalda. ¡Ay, wey, no pares! Esto es mejor que cualquier pastilla para la presión. Gemí fuerte, mis uñas clavándose en su nuca. Bajó mis jeans, besando mi vientre suave, bajando hasta mi tanga empapada.

"Mira cómo estás, mojada por mí", dijo con voz ronca, oliendo mi aroma almizclado de excitación. Metió los dedos, despacio, explorando mi calor resbaladizo. Yo jadeaba, el sonido de mi respiración entrecortada mezclándose con sus gruñidos. "Te voy a hacer mía, Karla. Consiente, ¿verdad?" "Sí, pendejo, ¡hazlo ya!", respondí entre risas y moans. Era mutuo, puro fuego consensuado. Me penetró con los dedos primero, luego con la lengua, saboreándome como un mango maduro en verano. El sabor salado de mi deseo lo volvía loco.

La intensidad subía. Me volteó, mi culo en pompa contra su entrepierna dura. Sentí su verga palpitante presionando a través del pantalón. La desabroché con prisa, liberándola: gruesa, venosa, lista. "Chúpamela, reina", pidió, y yo obedecí de rodillas. Su sabor salado y masculino inundó mi boca, el sonido húmedo de mis labios succionando llenando la habitación. Él gemía, "¡Qué chida chupas, güera!" Sus caderas se movían al ritmo de mi cabeza, el olor de sexo impregnando todo.

Pero quería más. Me puso de nuevo en la mesa, abrió mis piernas anchas. Entró en mí de un solo empujón suave, llenándome por completo. ¡Dios! El estiramiento delicioso, su calor pulsando dentro. Empezamos lento, piel contra piel sudorosa, el slap-slap de nuestros cuerpos chocando. Sus manos en mis tetas, pellizcando, mis piernas envolviéndolo. "Más fuerte, Rodrigo, ¡cásgate esa verga en mí!" Gritaba, perdida en el placer. El sudor goteaba, mezclándose con nuestros jugos. Olía a sexo puro, a deseo mexicano ardiente.

Inner struggle: por un segundo dudé,

¿Y si alguien entra? ¿Y el trabajo?
Pero su mirada, su roce, lo borró todo. Solo existíamos nosotros, escalando al clímax. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como una amazona, mis caderas girando, sintiendo cada vena de su polla frotando mi G-spot. Él desde abajo, chupando mis pezones, manos en mi culo guiándome.

Acto tres: el release. La tensión explotó. "Me vengo, Karla, ¡juntos!" rugió. Yo sentí las contracciones, mi coño apretándolo como un puño, olas de placer sacudiéndome. Grité su nombre, el orgasmo me dejó temblando, jugos chorreando por sus bolas. Él se derramó dentro, caliente, abundante, marcándome. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa, corazones latiendo al unísono.

El afterglow fue dulce. Nos besamos suaves, riendo bajito. "El almetec tri precio fue lo de menos, ¿verdad?", bromeó él, acariciando mi cabello. Yo asentí, sintiéndome empoderada, satisfecha. "Esto fue mejor medicina, carnal". Nos vestimos despacio, prometiendo vernos fuera de la farmacia. Salí con la caja en la mano, el cuerpo liviano, la presión baja por fin, pero el corazón lleno de algo nuevo: deseo cumplido.

En la calle, el sol de la tarde calentaba mi piel aún sensible, recordándome cada roce. La vida en México es así: inesperada, caliente, llena de placeres ocultos. Y yo, lista para más.

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