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El Trío Alborada Hidalguense Despierta Mis Sentidos

6846 palabras

El Trío Alborada Hidalguense Despierta Mis Sentidos

El sol apenas asomaba por las colinas de Hidalgo cuando escuché los primeros toques de trompeta. Estaba en mi finca, esa joya que heredé de mi familia, con sus jardines llenos de buganvilias y el aroma dulce de las magnolias flotando en el aire fresco de la alborada. Yo, Ana, una mujer de treinta y cinco años que había dejado atrás un matrimonio aburrido, decidí caprichosamente contratar un trío alborada hidalguense para celebrar mi cumpleaños. No por tradición sola, sino porque necesitaba algo que me sacara del letargo, que me hiciera sentir viva, deseada.

Me asomé por la ventana de mi cuarto, envuelta en una bata de seda que rozaba mi piel como una caricia prohibida. Ahí estaban ellos: tres hombres morenos, fuertes, con camisas blancas arremangadas y pantalones ajustados que marcaban sus piernas musculosas. El trompetista, Javier, alto y de ojos negros intensos; el clarinetista, Miguel, con una sonrisa pícara y barba recortada; y el tamborilero, Luis, el más joven, con brazos tatuados que se movían al ritmo como si el instrumento fuera extensión de su cuerpo. Sus notas alegres invadían el amanecer, vibrando en mi pecho, acelerando mi pulso. Qué chingones se ven, neta, pensé, sintiendo un calor subir por mis muslos.

Cuando terminaron la primera pieza, los invité a pasar con un grito juguetón: ¡Órale, muchachos, entren por un cafecito antes de que se vayan! Entraron riendo, el olor a tierra húmeda y sudor fresco mezclándose con el café que acababa de colar. Nos sentamos en la sala amplia, con sus muebles de madera tallada y el sol filtrándose por las cortinas. Hablamos de todo: de las fiestas en Pachuca, de cómo el trío alborada hidalguense era tradición pura, pero ellos le ponían su toque moderno, sensual. Javier me miró fijo: Señora, su piel brilla como el rocío, ¿sabe? Sentí sus palabras como un roce, mi pezón endureciéndose bajo la bata.

¿Y si los provoco un poquito? ¿Y si dejo que esta mañana se vuelva loca?

La tensión crecía con cada sorbo. Miguel tocó una melodía suave en su clarinete, el sonido meloso envolviéndonos como humo de tabaco. Bailamos un huapango improvisado, sus cuerpos pegándose al mío accidentalmente al principio. Las manos de Luis en mi cintura, firmes pero tiernas; el aliento caliente de Javier en mi cuello mientras girábamos. ¡Ay, wey, qué rico bailas! exclamó él, y yo reí, presionando mi cadera contra su dureza creciente. El deseo era palpable, un pulso compartido que aceleraba con la música.

En el medio del baile, la bata se abrió un poco, revelando el borde de mi seno. Nadie apartó la vista. ¿Quieren más música o algo... diferente? pregunté con voz ronca, el corazón latiéndome en la garganta. Javier dejó la trompeta y se acercó, sus dedos rozando mi mejilla. Lo que usted mande, reina. Nuestros labios se encontraron en un beso salado, urgente, mientras Miguel y Luis nos rodeaban, sus manos explorando mi espalda, desatando la bata que cayó al suelo como una cascada de seda.

Desnuda ante ellos, sentí el aire fresco lamiendo mi piel erizada, el contraste con sus cuerpos calientes que me envolvían. Javier me besó el cuello, mordisqueando suave, su barba raspando deliciosamente. Qué chula eres, Ana, toda suave y lista, murmuró. Miguel chupó mi pezón izquierdo, la lengua girando en círculos que enviaban chispas a mi entrepierna, húmeda ya, oliendo a deseo puro. Luis, arrodillado, besó mi vientre, bajando hasta mi monte, inhalando profundo. Hueles a miel, carnala, dijo antes de lamer mi clítoris con una lentitud que me hizo gemir alto.

No pares, pinches dioses, supliqué en mi mente, mientras me guiaban al sofá amplio. Me recosté, piernas abiertas, invitándolos. Javier se desabrochó la camisa, revelando un pecho velludo y duro; su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando al ritmo de la alborada que aún sonaba en mi cabeza. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, el pulso acelerado bajo la piel tensa. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, mientras Miguel y Luis se desnudaban, sus vergas erectas rozándome las piernas.

La escalada fue un torbellino sensorial. Javier me penetró primero, lento, llenándome hasta el fondo, su grosor estirándome deliciosamente. ¡Qué rica panocha tienes, se siente como terciopelo caliente! gruñó, embistiendo con ritmo de son hidalguense. Miguel se arrodilló sobre mi pecho, metiendo su verga en mi boca, el sabor almizclado invadiéndome mientras chupaba ansiosa, saliva goteando. Luis lamió mis bolas... no, mis labios inferiores, succionando mientras frotaba su miembro contra mi muslo, dejando rastros húmedos.

Esto es el paraíso, tres hombres adorándome, sus cuerpos sudados pegados al mío, el olor a sexo mezclándose con el café y las flores.

Cambiaron posiciones como en una danza perfecta. Ahora Miguel debajo de mí, su verga en mi concha, rebotando yo sobre él, sintiendo cada vena rozar mis paredes internas. Javier en mi culo, lubricado con saliva y deseo, entrando con cuidado pero firme, el doble llenado mandándome al borde. ¡Sí, cabrones, así, rómpanme de placer! grité, el dolor inicial convirtiéndose en éxtasis puro. Luis en mi boca, follándome la garganta suave, sus gemidos roncos como trompetas bajas.

El clímax se acercaba con la intensidad de una tormenta. Sudor perlando sus pieles morenas, goteando sobre mis senos; el slap-slap de carne contra carne; gemidos mezclados con risas excitadas: ¡No mames, qué prieta estás! ¡Ven, córrete con nosotros! Mis paredes se contrajeron, un orgasmo violento explotando desde mi centro, jugos empapando a Miguel mientras Javier se derramaba en mi trasero, caliente y abundante. Luis salió de mi boca y eyaculó en mis tetas, chorros blancos calientes marcando mi piel.

Colapsamos en un enredo de miembros exhaustos, respiraciones jadeantes llenando la sala. El sol ya alto calentaba el aire, el aroma a semen, sudor y magnolias impregnando todo. Javier me besó la frente: Fue la mejor alborada de nuestras vidas, Ana. Reímos bajito, acariciándonos perezosos. Pedí que tocaran una última pieza, y mientras el trío alborada hidalguense llenaba el espacio con notas alegres, supe que esto no era el fin, sino un nuevo amanecer para mi cuerpo y alma.

Me quedé ahí, envuelta en sus brazos, el pulso calmándose, el sabor de ellos aún en mis labios. Qué chingón despertar así, con pasión hidalguense pura. Y mientras se vestían prometiendo volver, sentí el poder en mis venas, mujer dueña de sus deseos, lista para más melodías de placer.

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