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Pasión Desenfrenada Teniendo Sexo en Trío

6662 palabras

Pasión Desenfrenada Teniendo Sexo en Trío

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y a jazmín salvaje, con el rumor de las olas rompiendo en la playa como un latido constante. Ana caminaba del brazo de Marco por el malecón, su piel bronceada brillando bajo las luces de los palaperos. Habían llegado esa mañana desde Guadalajara, escapando del ajetreo citadino para un fin de semana de puro relax. Pero Ana sentía algo más en el aire, un cosquilleo en el estómago que no era solo por las micheladas.

¿Por qué no probar algo nuevo? pensó, recordando las charlas picantes con sus amigas sobre aventuras locas. Marco, con su sonrisa pícara y esos ojos cafés que la volvían loca, le había confesado una vez su fantasía de un trío. Ella se había reído, pero la idea se le había quedado grabada como un tatuaje invisible.

En el bar de la playa, se toparon con Luisa, una morra que habían conocido en un antro en Mazatlán el año pasado. Alta, con curvas que desafiaban la gravedad y un vestido rojo que parecía pintado sobre su cuerpo, Luisa los saludó con un abrazo que duró un segundo de más.

¡Neta, qué chido verlos de nuevo, weyes!
exclamó, su voz ronca como el tequila reposado.

Las chelas corrieron, las risas se multiplicaron y las miradas se cruzaron con promesas mudas. Ana notó cómo Marco devoraba con los ojos las piernas de Luisa, y en lugar de celos, sintió un calor subirle por el pecho. Esto podría ser la noche, se dijo, mordiéndose el labio.

De regreso al hotel, el elevador parecía un horno. Luisa se paró entre ellos, su perfume dulce mezclándose con el sudor salado de la noche. Marco rozó accidentalmente la cadera de Luisa, y ella no se apartó. Ana tomó la iniciativa: Besémosla, pensó, y lo hizo. Sus labios se encontraron en un beso suave al principio, explorador, con el sabor a limón y sal de la piel de Luisa.

La habitación era un remanso fresco, con la brisa del Pacífico colándose por la terraza abierta. Las luces tenues pintaban sombras juguetones en las paredes blancas. Se sentaron en la cama king size, todavía vestidos, pero el aire cargado de electricidad. Marco sirvió unos tragos de mezcal, y Ana sintió su pulso acelerarse.

¿Están seguros de esto?
preguntó Luisa, sus ojos brillando con picardía mexicana, esa mezcla de timidez y fuego que volvía locos a todos.

Sí, carnala, respondió Marco, su voz grave. Ana asintió, el corazón latiéndole en la garganta. La tensión era palpable, como el momento antes de que estalle una tormenta.

El beso inicial fue entre Ana y Luisa, lenguas danzando lentas, saboreando el néctar del mezcal en la boca de la otra. Marco observaba, su respiración pesada, ajustándose los jeans que ya le apretaban. Ana extendió la mano y lo jaló hacia ellas, besándolo con hambre mientras Luisa lamía su cuello, dejando un rastro húmedo que olía a deseo puro.

Las ropas cayeron como hojas en otoño: el vestido rojo de Luisa se deslizó revelando pechos firmes, coronados por pezones oscuros que Ana no pudo resistir morder. ¡Qué rica! gimió en su mente, mientras succionaba, sintiendo la piel suave y cálida contra su lengua. Marco se quitó la playera, mostrando su torso marcado por horas en el gym, y besó la espalda de Ana, sus manos grandes amasando sus nalgas.

Luisa se arrodilló primero, desabrochando el cinturón de Marco con dientes juguetones. La verga de él saltó libre, gruesa y venosa, palpitando al aire.

¡Mira qué chingona, Ana!
dijo Luisa, lamiendo la punta con deleite, el sonido chupeteo húmedo llenando la habitación. Ana se unió, sus labios rozando los de Luisa alrededor del glande, lenguas entrelazándose sobre la carne dura. El sabor salado y almizclado las enloqueció, y Marco gruñó, enredando dedos en sus cabelleras.

Ana sentía su chucha empapada, el tanga pegado como segunda piel. Se recostó, abriendo las piernas, invitándolos. Luisa se lanzó primero, enterrando la cara entre sus muslos, lamiendo con avidez el clítoris hinchado. ¡Ay, cabrona, qué buena boca! jadeó Ana, arqueando la espalda. El olor a sexo fresco, a jugos dulces, impregnaba el aire. Marco se posicionó detrás de Luisa, frotando su verga contra su culo redondo antes de penetrarla de un empellón suave.

Luisa gemía contra la piel de Ana, vibraciones que la llevaban al borde. Esto es tener sexo en trío de verdad, pensó Ana, el placer trepando como una ola imparable. Marco follaba a Luisa con ritmo constante, sus huevos golpeando contra ella en un slap-slap rítmico, mientras Ana se retorcía bajo la lengua experta.

Cambiaron posiciones como en un baile coreografiado por instinto. Ana encima de Marco, empalándose en su verga dura, sintiendo cada vena estirándola, llenándola hasta el fondo.

¡Sí, pendejo, así!
gritó, cabalgando con furia, sus tetas rebotando. Luisa se sentó en la cara de Marco, frotando su coño rasurado contra su boca, mientras besaba a Ana, pellizcando sus pezones.

El sudor chorreaba, mezclándose con el olor a piel caliente y fluidos. Ana sentía el pulso de Marco dentro de ella, latiendo en sincronía con su corazón. Luisa jadeaba, sus jugos goteando en la boca de él. No aguanto más, pensó Ana, el orgasmo construyéndose como un volcán.

Marco la volteó, poniéndola a cuatro patas. Entró de nuevo, profundo, mientras Luisa se acostaba debajo, lamiendo donde se unían, lengua rozando el clítoris de Ana y los huevos de Marco. El placer era abrumador: el estiramiento, la succión, los gemidos triples resonando como una sinfonía erótica. ¡Me vengo! aulló Ana primero, su cuerpo convulsionando, chorros calientes salpicando las sábanas.

Marco no tardó, gruñendo como animal, llenando a Ana con descargas calientes que se sentían como lava. Luisa, frotándose furiosa, explotó en un grito agudo, su cuerpo temblando entre ellos.

Colapsaron en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. El aire olía a sexo consumado, a mezcal y mar. Ana sintió una paz profunda, el cuerpo lánguido y satisfecho. Marco la besó en la frente, Luisa acurrucada contra su pecho.

¿Repetimos mañana?
murmuró Luisa, risueña.

Ana sonrió, saboreando el regusto salado en sus labios. Esto fue más que sexo, fue liberación, pensó, mientras las olas seguían su canto eterno afuera. La noche había sido perfecta, un recuerdo que llevarían grabado en la piel para siempre.

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