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La Triada de Allen Desatada

5870 palabras

La Triada de Allen Desatada

La noche en Polanco olía a jazmín y tequila reposado, con ese calorcito pegajoso que hace que la piel se sienta viva. Yo, Ana, caminaba del brazo de Marco, mi carnal de tantos años, riéndonos de las tonterías que platicábamos en la terraza del bar. Éramos una pareja chida, de esas que se miran y saben lo que el otro quiere sin decir ni madres. Pero esa noche, todo cambió cuando apareció él: Allen, el wey alto, moreno, con ojos que te desnudan de un jalón.

¿Qué pedo con este cuate? pensé mientras lo veía platicar con unos cuates en la barra, su camisa blanca ajustada marcando los músculos del pecho. Marco lo notó también, porque me apretó la mano y susurró:

—Mira a ese pendejo, Ana. Parece que sabe lo que hace.
Reí bajito, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo a mis muslos. Allen se giró, nos vio y sonrió con esa confianza de cabrón que ha roto corazones. Se acercó, pidio unas cheves y en minutos ya éramos cuates platicando de la vida, de la ciudad que no duerme.

La triada de Allen empezó como un chiste. Él nos contó que en su rancho de Guanajuato había oído de tríos legendarios, pero que en la CDMX todo era más intenso. Neta, ¿y si probamos? Su voz grave me erizó la piel, y Marco, en vez de celoso, se prendió.

—Órale, wey, cuéntanos más de tu triada esa.
Allen rio, su aliento cálido con olor a mezcal rozando mi oreja mientras se inclinaba. El deseo ya latía entre nosotros tres, como un pulso compartido.

Salimos del bar caminando lento, el aire nocturno cargado de promesas. Llegamos a su depa en la Roma, un lugar chulo con ventanales enormes, luces tenues y una cama king size que gritaba pecado. No hubo prisas. Allen puso música de Natalia Lafourcade bajita, suave, y nos sirvió tragos. Me senté en el sillón de piel suave, sintiendo cómo Marco me masajeaba los hombros, sus dedos firmes descendiendo por mi espalda. Allen se sentó enfrente, piernas abiertas, mirándome fijo.

Quiero esto, lo necesito, pensé, el corazón tronándome en el pecho. La tensión crecía como una tormenta. Marco me besó el cuello, su lengua caliente trazando mi clavícula, sabor salado de mi piel mezclándose con su saliva. Allen se acercó gateando, sus manos grandes en mis rodillas, separándolas despacio.

—Déjame probarte, Ana —dijo con voz ronca—. Eres preciosa, mamacita.
Asentí, jadeando ya, mientras Marco me quitaba el vestido negro ceñido, dejando mis tetas al aire, pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta.

El olor a excitación llenaba la habitación: sudor fresco, perfume masculino, mi humedad traicionera. Allen besó mis muslos internos, su barba raspando delicioso, lengua lamiendo lento hasta llegar a mi panocha empapada. ¡Qué chingón! gemí, arqueándome. Marco se desabrochó el pantalón, sacando su verga tiesa, gruesa, y la acercó a mi boca. La chupé ansiosa, saboreando el precum salado, mientras Allen me comía viva, dedos hundiéndose en mí, curvándose justo ahí donde exploto.

La escalada fue brutal. Cambiamos posiciones como en un baile perfecto. Marco me penetró por atrás, su verga llenándome hasta el fondo, embestidas profundas que me hacían gritar ¡chíngame más!. Allen debajo, mamando mis tetas, mordisqueando pezones mientras yo montaba su cara, restregándome contra su lengua experta. El sonido de piel contra piel, jadeos roncos, slap slap húmedo, todo se mezclaba en una sinfonía sucia. Sudor corría por nuestras espaldas, gotas calientes cayendo en sábanas revueltas.

—Eres nuestra ahora, en la triada de Allen —gruñó él, volteándome para que lo cabalgara.
Me subí encima, su verga enorme abriéndome, estirándome delicioso. Dolor y placer puro. Marco detrás, untando lubricante fresco en mi culo, dedo primero, luego dos, preparándome. No pares, cabrones, supliqué en mi mente, el ano palpitando de anticipación. Entró despacio, centímetro a centímetro, hasta que estuve llena por ambos lados. Gemí como loca, el roce de sus vergas separadas solo por una delgada pared me volvía loca.

Movimientos sincronizados: yo rebotando, ellos empujando, manos everywhere. Allen pellizcando mis nalgas, Marco jalándome el pelo suave, besos desordenados con lengua y dientes. Olía a sexo crudo, a semen próximo, a mi jugo chorreando por sus bolas. El clímax se acercaba como avalancha. Voy a reventar. Primero exploté yo, contracciones salvajes ordeñándolos, grito ahogado en la boca de Allen. Ellos siguieron, gruñendo, llenándome de leche caliente, chorros interminables que goteaban fuera.

Colapsamos en un enredo sudoroso, pechos subiendo y bajando, risas cansadas rompiendo el silencio. Marco me besó la frente, Allen acarició mi pelo revuelto.

—La triada de Allen es legendaria, ¿verdad? —dijo él, voz satisfecha.
Asentí, cuerpo lánguido, placer residual hormigueando en cada nervio. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero adentro, habíamos creado nuestro mundo.

Nos quedamos así horas, platicando pendejadas, dedos trazando pieles marcadas por mordidas leves. Marco y yo nos miramos, cómplices, sabiendo que esto nos unía más. Allen nos invitó a repetir, y neta, ¿quién dice no a algo tan chido? La triada de Allen no era solo sexo; era conexión, deseo compartido, esa libertad de soltar el control y volar juntos.

Al amanecer, con el sol filtrándose dorado, nos despedimos con besos lentos, promesas susurradas. Caminé a casa con Marco, piernas temblorosas, sonrisa boba. La vida es para vivirse así, pensé, el eco de sus toques aún vibrando en mí. La triada de Allen había despertado algo salvaje, y no había vuelta atrás.

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