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Prueba Salvaje en el Rodeo Azul

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Prueba Salvaje en el Rodeo Azul

El aire de la noche en el centro de Guadalajara olía a tequila reposado y a tierra húmeda después de la lluvia. Las luces neón del Blue Rodeo, ese antro charro moderno con toro mecánico, parpadeaban en azul eléctrico, atrayendo a la raza como moscas a la miel. Yo, Ana, con mis jeans ajustados y una blusa escotada que dejaba ver justo lo suficiente, entré con mis amigas, lista pa' desquitarme del pinche estrés de la chamba. Órale, pensé, hoy me lanzo a la aventura.

El lugar estaba a reventar: charros con sombreros ladeados, morras bailando cumbia rebajada, y el rugido del toro mecánico que retumbaba como un trueno. Olía a sudor masculino mezclado con colonia barata y el dulce ahumado de los tacos al pastor que vendían afuera. Me pedí un caballito de José Cuervo y me acerqué al ruedo. Ahí estaba él, el wey que todas miraban: alto, moreno, con playera negra pegada al pecho musculoso por el sudor, y unos ojos cafés que prometían problemas. Se llamaba Marco, carnal de un cuate de mi prima. Me guiñó el ojo y dijo: "

Neta, mija, ¿vas a intentar el blue rodeo try? Ese toro no perdona a las principiantes.
"

Su voz grave me erizó la piel, como si sus palabras fueran caricias ásperas. El blue rodeo try era la fama del lugar: la primera vuelta en el toro bajo las luces azules, donde las parejas se formaban o se rompían. Sentí un cosquilleo en el estómago, mezcla de nervios y ese calor que sube desde abajo. "Pos claro, pendejo", le contesté coqueta, "¿me enseñas?" Mis amigas aplaudieron, y él sonrió con esa dentadura perfecta, extendiendo su mano callosa.

El toro era una bestia de metal negro, girando lento al principio, con luces azules reflejándose en su superficie aceitada. Marco me subió, sus manos firmes en mi cintura, dedos hundiéndose en mi carne suave a través de la tela. Olía a hombre de campo: cuero, humo de fogata y un toque de feromonas que me mareaba. "Agárrate de las orejas, nena, y muévete con él", murmuró en mi oído, su aliento caliente rozando mi cuello. El motor arrancó, vibraciones subiendo por mis muslos, directo a mi entrepierna. Chingado, qué rico. Mi corazón latía como tamborazo, el sudor perlando mi frente mientras el toro se mecía, adelante-atrás, simulando un galope salvaje.

Al principio, rebotaba torpe, riéndome nerviosa, pero Marco se subió detrás, su pecho duro contra mi espalda, guiándome con las caderas. "Así, carnalita, siente el ritmo", susurró, y juro que su verga semi-dura se apretaba contra mis nalgas. El roce era eléctrico, piel contra piel a través de la ropa, el zumbido del motor amplificando cada pulso. Las luces azules bailaban en mis ojos, el público gritaba "¡Órale!", y yo me mojaba, sintiendo mi panocha palpitar con cada giro. Caí riendo sobre el colchón, él encima mío, su peso delicioso, miradas clavadas. "

Buena blue rodeo try, ¿eh?
", dijo, lamiéndose los labios.

Nos fuimos a una mesa apartada, el ruido del antro como fondo: risas, música norteña con acordeón chillón, vasos chocando. Pedimos chelas frías, el vidrio empañado condensando gotas que él limpió con el pulgar de mi labio inferior. Hablamos pendejadas: de su rancho en Jalisco, de cómo doma potros, de mi pinche oficina en la colonia Americana. Pero sus ojos decían más: deseo crudo, como un charro midiendo a su yegua. "Eres fuego, Ana. Me prendiste con esa prueba", confesó, su mano subiendo por mi muslo bajo la mesa, dedos trazando círculos en mi piel sensible. Yo jadeé bajito, el calor entre mis piernas creciendo, olor a mi propia excitación mezclándose con su colonia.

El beso llegó natural, como el relámpago en tormenta. Sus labios carnosos, ásperos por la barba incipiente, sabían a tequila y sal. Lenguas enredadas, húmedas, explorando con hambre. Lo jalé al baño del fondo, el que da al patio trasero, lejos de las miradas. La puerta se cerró con clic, y ahí, contra la pared de ladrillo fresco, nos devoramos. Sus manos grandes desabrocharon mi blusa, exponiendo mis tetas llenas, pezones duros como piedras bajo su mirada. "Qué chingonas", gruñó, chupando uno, dientes rozando suave, enviando descargas a mi clítoris hinchado.

Yo no me quedé atrás: le bajé el zipper, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante en mi palma. Olía a macho puro, ese almizcle que inunda los sentidos. La apreté, sintiendo su pulso acelerado, y me arrodillé, el piso frío contra mis rodillas. La lamí desde la base, lengua plana saboreando la piel salada, hasta la cabeza roja que goteaba pre-semen dulce. Marco jadeó, "¡Ay, wey, qué mamada!", enredando dedos en mi pelo, guiándome sin forzar. La chupé hondo, garganta relajada, saliva chorreando, el sonido obsceno de succión llenando el baño estrecho.

Pero quería más. Me paré, jeans al suelo, tanga empapada hecha jirones. "Cógeme ya, Marco", supliqué, voz ronca. Me levantó contra la pared, piernas alrededor de su cintura, y entró de un embestida suave pero firme. ¡Madre santa! Llenándome completa, estirándome delicioso, su verga caliente rozando paredes internas sensibles. Gemí alto, uñas clavadas en su espalda, oliendo su sudor fresco mientras me taladraba, ritmo como el toro: lento primero, build-up de tensión, caderas chocando con palmadas húmedas.

El espejo empañado reflejaba nuestras siluetas: yo arqueada, tetas rebotando, él poderoso, músculos tensos bajo la piel morena. Susurros en mi oído: "Eres mi jefa esta noche, mija. Aprieta esa panocha". Yo obedecí, contrayendo músculos, ordeñándolo, el placer acumulándose como tormenta. Cambiamos: yo encima en el lavabo, cabalgándolo salvaje, mis jugos chorreando por sus bolas, olor a sexo puro invadiendo todo. Sus manos amasaban mis nalgas, dedo juguetón rozando mi ano, enviando chispas extras.

La tensión creció, espiral infinita: pulsos acelerados sincronizados, respiraciones entrecortadas, gemidos ahogados contra bocas. "Voy a venir, cabrón", avisé, y él aceleró, verga hinchándose más. El orgasmo me rompió en olas: cuerpo convulsionando, visión azulada por las luces filtradas, grito primal escapando. Él siguió, gruñendo, llenándome de semen caliente, chorros potentes que sentí palpitar dentro.

Caímos jadeantes al piso, cuerpos enredados, piel pegajosa por sudor y fluidos. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. Olía a nosotros, mezcla íntima de placer compartido. "La mejor blue rodeo try de mi vida", murmuró riendo bajito. Yo sonreí, acariciando su pelo revuelto, sintiendo paz profunda, como después de doma exitosa.

Afuera, el antro seguía vivo, pero nosotros nos vestimos lento, besos suaves, promesas de rancho visits. Salimos tomados de la mano, la noche fresca besando nuestra piel ardiente. En el taxi de regreso, su cabeza en mi hombro, pensé:

Esto no fue solo una prueba, fue el inicio de algo chingón.
El Blue Rodeo había cambiado mi noche para siempre.

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