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Éxtasis en las Asics Noosa Tri 9

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Éxtasis en las Asics Noosa Tri 9

El sol de Playa del Carmen me quemaba la piel mientras ajustaba las Asics Noosa Tri 9 en mis pies. Esas tenis eran lo máximo, güey, con su suela que se pegaba al asfalto caliente como si fueran una segunda piel. Las había comprado para el triatlón de la próxima semana y ya me sentía invencible. Sudor perlando mi frente, el olor a sal del mar mezclándose con mi desodorante fresco, corrí por la orilla, sintiendo cada pisada amortiguada, el viento lamiendo mis piernas tonificadas.

Estaba en mi rollo, respirando hondo, cuando lo vi. Un vato alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo una playera ajustada. Él también corría, pero más adelante, con unas bermudas que dejaban ver sus pantorrillas fuertes. Órale, qué pinta, pensé, acelerando un poco para alcanzarlo. Nuestros pasos se sincronizaron por un rato, el sonido rítmico de nuestras Asics Noosa Tri 9 contra la arena húmeda era como un tambor tribal.

¡Qué chido entreno! —me gritó sin voltear, su voz grave retumbando en mi pecho.

Me reí, jadeando. —Sí, carnal, estas Asics Noosa Tri 9 son una chingonería. Te dejan volar.

Se detuvo y yo con él. Sudor goteando de su frente, ojos cafés clavados en los míos. Se llamaba Marco, entrenador de triatlón, y vivía por acá. Charlamos un rato, el sol calentándonos la piel, el mar rugiendo a lo lejos. Sentí un cosquilleo en el estómago, esa tensión inicial que te hace apretar los muslos.

¿Y si lo invito a entrenar juntos? No mames, ¿estoy loca?
Pero su sonrisa pícara me animó.

Al día siguiente nos vimos en la pista del parque. Yo con mi traje de triatlón, ajustado como un guante, resaltando mis curvas. Marco llegó con shorts que apenas contenían su paquete. Empezamos con trote ligero, el roce de nuestras piernas al pasar, el olor a esfuerzo masculino invadiendo mis fosas nasales. Cada vuelta, nuestras miradas se cruzaban, promesas silenciosas.

Estás cañón con esas Asics Noosa Tri 9 —me dijo, jadeando cerca de mi oído—. Se ven sexys en tus pies.

Me sonrojé, pero le seguí el juego. —Tú no te quedas atrás, pendejo. Muévete más rápido.

Pasamos a la natación en la piscina pública. El agua fresca nos envolvió, cuerpos rozándose accidentalmente. Su mano en mi cintura al girar, mi pecho contra su espalda. Salimos empapados, gotas resbalando por su torso definido. Quiero lamer ese agua de su piel, pensé, mordiéndome el labio.

En la bici, pedaleamos por la costera, viento azotando nuestros cuerpos. Paramos en una playa apartada para hidratar. Nos sentamos en la arena, piernas entrelazadas sin querer. Su mano rozó mi muslo, enviando chispas. —¿Sabes? Entrenar contigo me prende —confesó, voz ronca.

Lo miré, corazón latiendo como en plena carrera. —¿Y qué esperas, güey? Bésame ya.

Sus labios cayeron sobre los míos, salados por el sudor, urgentes. Lenguas danzando, manos explorando. Me recostó en la arena tibia, el sol besando nuestra piel. Desabroché su short, liberando su verga dura, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, venas marcadas. Qué rica, tan gruesa. Él gimió, bajando mi traje hasta la cintura, exponiendo mis tetas al aire libre.

Chupó mis pezones, duros como piedras, mordisqueando suave. Yo arqueé la espalda, arena pegándose a mi sudor. Sus dedos bajaron, colándose en mi calzón, encontrando mi panocha ya empapada. —Estás chingada de mojada, nena —murmuró, frotando mi clítoris en círculos lentos.

El placer subía como ola, mis caderas moviéndose solas. Lo empujé hacia abajo, montándolo. Su verga entró en mí de un jalón, llenándome por completo. ¡Ay, cabrón! Gemí, sintiendo cada centímetro estirándome. Cabalgaba despacio al principio, arena crujiendo bajo nosotros, olor a mar y sexo impregnando el aire.

Marco me agarró las nalgas, guiando mis movimientos. Nuestros jadeos se mezclaban con las olas rompiendo. Aceleré, tetas rebotando, sudor chorreando entre nosotros. Su pulgar en mi clítoris, presionando justo ahí.

No aguanto, me vengo...
Explosión de fuego en mi vientre, contrayéndome alrededor de él, gritando su nombre.

Él no paró, volteándome para ponerme a cuatro. Entró de nuevo, profundo, sus bolas chocando contra mí. Manos en mis caderas, embistiendo fuerte. El sonido húmedo de piel contra piel, su gruñido animal. —¡Te voy a llenar, preciosa!

Me corrí otra vez, piernas temblando, mientras él se vaciaba dentro, chorros calientes inundándome. Colapsamos, cuerpos entrelazados, arena pegada, risas ahogadas.

Nos quedamos así un rato, el sol bajando, mar susurrando. Sus dedos trazaban patrones en mi espalda, mi cabeza en su pecho, escuchando su corazón calmarse. —Eso fue mejor que cualquier triatlón —dijo, besándome la frente.

Me incorporé, ajustando mi traje, sintiendo su semen resbalando por mis muslos. —Con mis Asics Noosa Tri 9 y tú, soy invencible. Nos vestimos riendo, prometiendo más entrenos. Caminamos de regreso, manos unidas, el atardecer tiñendo todo de naranja. Esa tensión se había soltado, pero una nueva chispa ardía, lista para la próxima carrera.

En casa, me duché, el agua lavando arena y recuerdos. Pero el cosquilleo persistía. Marco y esas Asics Noosa Tri 9... qué combinación mortal. Sonreí al espejo, sabiendo que el verdadero triunfo era este fuego interno, este deseo que no se apaga.

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