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Ari Try On Seductor

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Ari Try On Seductor

En el corazón de la Zona Rosa, donde las luces neón parpadean como promesas calientes, Diego caminaba de la mano con Ari. Ella, con su melena negra suelta cayendo como cascada sobre los hombros bronceados, reía con esa picardía que lo volvía loco. Órale, mi amor, hoy te voy a dar un show privado, le había dicho antes de entrar a la boutique de lencería, un lugar chido con vitrinas llenas de encajes y sedas que olían a vainilla y deseo fresco.

Diego sentía el pulso acelerado mientras la dependienta, una morra guapa pero discreta, les mostraba el probador privado. Es perfecto para parejas, guiñó el ojo. Ari ya cargaba una bolsa con piezas que había elegido: un teddy rojo fuego, un conjunto negro de encaje transparente y un babydoll que prometía pecados. El aire del local estaba cargado de ese aroma dulzón a perfume caro y tela nueva, y Diego tragó saliva imaginando lo que vendría.

Una vez dentro del probador amplio, con espejo en tres paredes y cortina gruesa que aislaba el mundo exterior, Ari se giró hacia él. Sus ojos cafés brillaban con malicia. Siéntate ahí, cabrón, y disfruta el Ari Try On. Diego se acomodó en el sillón de terciopelo, el corazón latiéndole como tambor en las costillas. Ella empezó a quitarse la blusa ajustada, revelando la piel suave de su vientre plano, marcada por un piercing en el ombligo que relucía bajo la luz tenue.

¡Pinche Diego, cómo me mira! Se le nota la verga dura ya, el pendejo. Hoy lo voy a hacer sufrir un poquito antes de darle todo.

Ari se deslizó el teddy rojo por las curvas de sus caderas anchas, el tejido elástico abrazando sus tetas firmes, pezones endureciéndose contra la tela fina. Se dio la vuelta frente al espejo, arqueando la espalda para que el culo redondo se marcara perfecto. ¿Qué tal, amor? ¿Te gusta cómo me queda? Su voz era ronca, juguetona, con ese acento chilango que lo derretía. Diego asintió, la boca seca, extendiendo la mano para rozar su muslo. La piel estaba cálida, suave como pétalo de rosa mojado, y olía a su loción de coco mezclado con el calor de su cuerpo.

El primer toque fue eléctrico. Sus dedos subieron despacio, trazando la línea del encaje que mordía tiernamente la carne. Ari gimió bajito, un sonido gutural que reverberó en el probador cerrado, haciendo que el pulso de Diego latiera en su entrepierna. Ella se acercó, frotándose contra él como gata en celo. Pero espera, que hay más en el Ari Try On, susurró, mordiéndose el labio inferior hinchado.

Se cambió al conjunto negro, quitándose el teddy con movimientos lentos, deliberados. Sus tetas saltaron libres un segundo, oscilando pesadas y perfectas, pezones rosados pidiendo atención. Diego olió su excitación creciente, ese almizcle femenino que lo volvía animal. Cuando se puso las bragas de encaje, casi transparentes, se notaba la raja depilada, húmeda ya, brillando bajo la luz. Se paró frente a él, abriendo las piernas un poco. Tócalo, Diego. Dime si está chido.

Él no se hizo de rogar. Sus manos grandes cubrieron el monte de Venus a través de la tela, sintiendo el calor pulsante, la humedad que empapaba el encaje. Ari jadeó, empujando las caderas contra su palma. ¡Sí, cabrón, así! El roce era resbaloso, adictivo; Diego frotó círculos lentos sobre el clítoris hinchado, oyendo cómo su respiración se volvía entrecortada, como viento agitado en la noche mexicana. Ella se inclinó, besándolo con lengua hambrienta, saboreando a tequila y menta de su boca.

Me muero por su verga gruesa. Siento cómo late contra mi pierna. Pero no, que siga el juego, que se ponga más caliente el Ari Try On.

La tensión subía como fiebre. Ari se arrodilló entre sus piernas, desabrochando el cinturón con dientes, el sonido metálico del zipper rompiendo el silencio cargado. Sacó la verga erecta, venosa y palpitante, oliendo a hombre puro, sudor limpio. Mira qué chula se ve, dijo lamiendo la punta, saboreando la gota salada de precum. Diego gruñó, enredando dedos en su pelo, el cuero cabelludo cálido bajo sus uñas. Ella chupó despacio al principio, lengua girando alrededor del glande, succionando con labios carnosos que lo hacían ver estrellas.

Pero Ari quería más. Se levantó, poniéndose el babydoll vaporoso, que caía como niebla sobre su cuerpo desnudo debajo. Bailó para él, moviendo caderas al ritmo imaginario de cumbia sensual, tetas rebotando, culo meneándose. Diego no aguantó; la jaló hacia sí, arrancando la prenda con un tirón. Sus cuerpos chocaron, piel contra piel, sudor comenzando a perlar. Él la besó el cuello, mordiendo suave, saboreando sal y perfume. Manos everywhere: amasando tetas, pellizcando pezones duros como piedras, bajando a meter dedos en su concha chorreante.

Fóllame ya, pendejo, rogó Ari, voz quebrada de necesidad. Diego la giró contra el espejo, levantándole una pierna. Entró de un empujón suave, centímetro a centímetro, sintiendo las paredes calientes apretándolo como guante de terciopelo mojado. ¡Ay, carajo, qué rica! Ella gritó bajito, para no alertar afuera, pero el placer era audible en cada embestida. El espejo reflejaba todo: sus caras contorsionadas, sus cuerpos uniéndose con sonidos chapoteantes, el olor a sexo crudo llenando el aire.

Él la cogía profundo, variando ritmo: lento para torturar, rápido para enloquecer. Ari clavaba uñas en sus hombros, dejando marcas rojas, gimiendo en su oído palabras sucias. Más duro, mi rey, rómpeme la panocha. Diego sentía el orgasmo construyéndose, bolas apretadas, verga hinchándose más. Ella llegó primero, convulsionando alrededor de él, chorros calientes empapando muslos, un alarido ahogado contra su boca.

¡La virgen de Guadalupe! Nunca me había corrido tan fuerte. Este Ari Try On fue épico.

Diego la siguió segundos después, vaciándose dentro con rugido gutural, chorros espesos llenándola hasta rebosar. Se quedaron pegados, jadeando, el espejo empañado por su aliento caliente. El afterglow era dulce: besos perezosos, risas compartidas, cuerpos temblando aún. Ari se giró, abrazándolo, su piel pegajosa contra la de él.

Te amé este try on, amor, murmuró, besando su pecho. Compraron todo, saliendo de la boutique con bolsas y sonrisas cómplices, el sol de la tarde bañándolos como bendición. En casa, el recuerdo los esperaría para más rondas, pero por ahora, el mundo era perfecto, olía a ellos dos y a promesas cumplidas.

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