El Tri Me Enciende
Estaba sentada en el sillón de mi depa en la Roma, con las luces bajas y el pinche televisor a todo volumen. Era noche de partido de El Tri, México contra Argentina, y el ambiente ya se sentía cargado de esa electricidad que solo el fut provoca. Marco, mi carnal de toda la vida que últimamente se había vuelto algo más, estaba a mi lado, con una cerveza en la mano y la camiseta verde de la Selección bien puesta. Olía a jabón Axe mezclado con el sudor fresco de la tarde, y su pierna rozaba la mía cada vez que se emocionaba con el narrador.
Neta, wey, este cuate me trae loca, pensé mientras lo veía gritar "¡Vamos, Tri!" con los ojos brillando. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, con mi shortcito ajustado y una blusa suelta que dejaba ver el encaje de mi bra, sentía el calor subiendo no solo por el gol que acababa de caer. El estadio rugía en la tele, miles de voces gritando, y aquí en mi sala, el aire se ponía espeso, como antes de una tormenta.
—
¡Mira ese pase, Ana! ¡Puro fuego El Tri!—dijo Marco, volteando hacia mí con esa sonrisa pícara que me deshace.
Le di un trago a mi Corona helada, el limón picándome la lengua, y le contesté:
—Sí, carnal, pero tú estás más encendido que Chicharito en el área.
Nos reímos, pero el roce de su mano en mi muslo fue como chispa en gasolina. El partido seguía, el balón rebotando en la grama verde, el sudor de los jugadores brillando bajo las luces. Yo sentía mi piel erizándose, no por el AC que apenas jalaba, sino por él. Cada vez que El Tri atacaba, su cuerpo se tensaba contra el mío, su aliento cálido en mi cuello cuando se inclinaba a explicarme una jugada.
Al medio tiempo, el score estaba uno a uno. Nos paramos a jalar más chelas del refri, y en la cocina, con los cuerpos tan cerca, sentí su mano en mi cintura. No dijo nada, solo me jaló despacito hacia él. Nuestros labios se rozaron como si fuera lo más natural del mundo. Sabía a cerveza y a deseo puro, su lengua explorando la mía con hambre contenida.
Acto de escalada. Volvimos al sillón, pero ya no había espacio entre nosotros. El segundo tiempo arrancó con todo: México presionando, Argentina defendiendo como fieras. Marco me tenía abrazada por los hombros, su mano bajando lento por mi brazo, hasta llegar al borde de mi blusa. Yo no me quité, al contrario, me recargué en él, sintiendo su verga endureciéndose contra mi nalga. Qué rico se siente esto, pinche wey, me vas a volver loca.
—Ana, neta, verte así con la playera de El Tri me prende cañón —murmuró en mi oído, su voz ronca como el grito de la afición.
Le volteé la cara y lo besé fuerte, mordiéndole el labio inferior. Mis manos bajaron a su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la tela húmeda de sudor. Él metió la mano por debajo de mi blusa, rozando mis chichis con los pulgares, haciendo que mis pezones se pararan como soldaditos. Gemí bajito, el sonido ahogado por el "goooooool" que retumbó en la tele. El Tri acababa de meter el segundo, pero yo ya estaba en mi propio mundial privado.
Nos quitamos la ropa sin prisas, saboreando cada segundo. Su camiseta voló al piso, revelando ese torso moreno y marcado de tanto gym. Yo me quité el short, quedando en tanguita negra que ya estaba empapada. Él se arrodilló frente a mí, besando mi ombligo, bajando lento hasta mis muslos. El olor de mi excitación llenaba el aire, mezclado con el popote de las chelas y el eco del partido.
—Déjame probarte, reina —dijo, con esa voz que me hace temblar.
Su lengua tocó mi concha por encima de la tela, y arqueé la espalda, agarrando su pelo.
¡No mames, esto es mejor que cualquier penal!El calor de su boca, el roce áspero de su barba incipiente en mi piel sensible, todo me volvía loca. Me quitó la tanga con dientes, y luego su lengua entró en juego de verdad: lamiendo mi clítoris en círculos lentos, chupando como si fuera el último gol del siglo. Yo jadeaba, mis caderas moviéndose solas, el sonido de mis gemidos mezclándose con los ¡"México! México!" de la tele.
Lo jalé hacia arriba, queriendo más. Su verga saltó libre cuando le bajé el bóxer, gruesa y venosa, palpitando contra mi mano. La apreté, sintiendo el calor y la dureza, y él gruñó como animal. Nos movimos al piso, sobre la alfombra que olía a limpio y a nosotros. Yo encima, frotándome contra él, lubricándonos mutuamente. Sus manos en mis nalgas, amasándolas fuerte, dejando marcas rojas que dolían rico.
—Métemela ya, Marco, no aguanto —supliqué, con la voz quebrada.
Se posicionó, y cuando entró, fue como un golazo de chilena: lento al principio, llenándome por completo, estirándome delicioso. Empecé a cabalgarlo, mis chichis rebotando, su mirada clavada en mí como si yo fuera la portería. El ritmo subió con el partido; cada embestida coincidía con un ataque de El Tri, nuestros cuerpos sudados chocando con palmadas húmedas. Sudor goteando de su frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí. Olía a macho en celo, a sexo crudo y pasión tricolor.
Cambié de posición, él atrás, doggy style sobre la alfombra. Sus manos en mis caderas, embistiéndome profundo, tocando ese punto que me hace ver estrellas. Sí, así, pinche cabrón, dame todo. Gemía su nombre, él el mío, el clímax acercándose como el pitazo final. El televisor gritaba victoria —tres a dos para México—, y nosotros explotamos juntos: yo convulsionando alrededor de su verga, él llenándome con chorros calientes, rugiendo como la afición.
Caímos exhaustos, respiraciones entrecortadas, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. El partido terminó, El Tri campeón en esa noche épica, pero nuestro propio triunfo era más grande. Marco me besó la frente, su mano acariciando mi espalda.
—
Eres mi mejor jugada, Ana. Neta, contigo cualquier noche es mundial.
Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón latir como tambor de estadio. El aroma de sexo y cerveza flotaba, la piel tibia contra la mía, y supe que esto no era solo un polvo de partido. Era deseo profundo, como la sangre verde que nos une. Afuera, la ciudad festejaba con cohetes y gritos, pero aquí, en nuestra intimidad, el afterglow era perfecto: satisfecho, conectado, listo para el próximo encuentro.