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Videos Caseros en Tríos Apasionados

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Videos Caseros en Tríos Apasionados

Todo empezó una noche de esas en que el calor de la Ciudad de México se mete hasta los huesos, como si el asfalto mismo te estuviera invitando a pecar. Yo, Ana, estaba recostada en el sofá de mi depa en la Condesa, con las piernas enredadas en las de Marco, mi novio desde hace dos años. Él, con esa sonrisa pícara que me derrite, traía su laptop abierta en el regazo. "Mira esto, mi reina", me dijo, mientras el sonido de gemidos suaves empezaba a filtrarse por los parlantes.

Eran videos caseros en tríos, de esos que la gente graba en la intimidad de su cuarto y sube a la red para que el mundo los vea arder. Una morra entre dos vatos, cuerpos sudados chocando al ritmo de suspiros y carne contra carne. El olor a pizza recalentada del cena se mezclaba con mi propia humedad creciente mientras observaba.

¿Y si lo hacemos nosotros? ¿Y si grabamos nuestro propio video casero en trío?
pensé, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas.

Marco me miró con ojos brillantes. "¿Qué dices, Ana? ¿Te animas a invitar a Luis?" Luis era su carnal de toda la vida, un tipo alto, moreno, con tatuajes que se asomaban por el cuello de su camiseta. Siempre había habido esa química rara entre los tres, miradas que duraban un segundo de más en las fiestas. Asentí, el corazón latiéndome como tamborazo en una cumbia rebajada. "Chido, pero todo con respeto, ¿eh? Nada de pendejadas", le advertí, aunque mi voz salió ronca de anticipación.

Al día siguiente, Luis llegó a la casa con una botella de tequila reposado y esa risa contagiosa que ilumina todo. El sol de la tarde se colaba por las cortinas, pintando rayas doradas en el piso de madera. Nos sentamos en la sala, sirviéndonos shots mientras platicábamos pendejadas para romper el hielo. "¿De veras van a grabar un video casero en trío? ¡Qué huevos, carnal!", soltó Luis, pero sus ojos se clavaron en mis chichis bajo la blusa escotada que me había puesto a propósito.

El tequila quemaba dulce en la garganta, aflojando nudos invisibles. Marco sacó el celular con estabilizador, probando la cámara. "Vamos a hacer que sea épico, como esos videos caseros en tríos que vimos", dijo, y yo sentí el primer roce: la mano de Luis en mi muslo, cálida y firme, subiendo despacio mientras Marco filmaba el acercamiento. Mi piel se erizó, el aroma de su colonia mezclándose con el mío, ese olor almizclado de mujer lista para todo.

Nos mudamos al cuarto, donde el ventilador zumbaba perezoso contra el bochorno. Me quitaron la blusa entre risas nerviosas, sus bocas explorando mis hombros, el cuello. "Estás rica, Ana", murmuró Luis contra mi oreja, su aliento caliente enviando ondas de placer directo a mi clítoris. Marco, siempre el dominante juguetón, me besó profundo, lengua danzando con la mía al sabor de tequila y deseo. Sentí sus vergas endureciéndose contra mis caderas, duras como fierro, palpitantes de promesas.

Me recostaron en la cama king size, las sábanas frescas contra mi espalda desnuda. Luis se arrodilló entre mis piernas, separándolas con gentileza. "¿Quieres que te coma la panocha?", preguntó, y yo solo gemí un sí ahogado. Su lengua, áspera y ansiosa, lamió mi humedad, saboreando cada pliegue. El sonido era obsceno: chupadas húmedas, mis jadeos rompiendo el silencio. Marco grababa de cerca, su respiración agitada traicionando su excitación.

Esto es mejor que cualquier video casero en trío, es real, es nuestro
, pensé mientras mis caderas se arqueaban, persiguiendo su boca.

El calor subía, sudor perlando nuestras pieles. Cambiamos posiciones; yo de rodillas, mamando la verga de Marco mientras Luis me penetraba por detrás. Su grosor me llenaba despacio, centímetro a centímetro, estirándome con un ardor delicioso. "¡Qué chingona te sientes, Ana!", gruñó Luis, sus manos amasando mis nalgas. El slap-slap de su pelvis contra mí resonaba, mezclado con los gorgoteos de mi boca alrededor de Marco. Saboreaba la sal de su prepucio, el músculo tenso pulsando en mi lengua.

Marco dejó la cámara en trípode, uniéndose al ritmo. Me voltearon boca arriba, y ahora eran dos vergas turnándose en mi boca, mis labios hinchados de tanto chupar. "Eres nuestra diosa", susurró Marco, mientras Luis me clavaba más profundo, su pubis rozando mi clítoris en cada embestida. El olor a sexo impregnaba el aire: sudor masculino, mi jugo, el leve almizcle de sus bolas. Mis uñas se clavaban en sus espaldas, dejando surcos rojos que los hacían gemir más fuerte.

La tensión crecía como tormenta en el desierto sonorense. Internamente luchaba:

¿Estoy loca por esto? Sí, pero se siente tan bien, tan liberador
. Pequeños orgasmos me sacudían, ondas que me dejaban temblando, pero el grande se avecinaba. Marco se colocó detrás de Luis, no, espera: en un movimiento fluido, me subieron encima de Marco, su verga enterrada en mi concha mientras Luis lubricaba y entraba por mi culo. Doble penetración, como en los mejores videos caseros en tríos. El estiramiento era intenso, un fuego que dolía y placía al mismo tiempo. "¡Despacio, pendejos, pero no paren!", supliqué, y ellos obedecieron, sincronizándose en un vaivén hipnótico.

Sentía todo: el grosor de Marco pulsando adentro, el desliz de Luis en mi retacito apretado, sus respiraciones entrecortadas en mis orejas. Mis tetas rebotaban con cada thrust, pezones duros rozando el pecho peludo de Marco. El clímax llegó como avalancha: grité, mi cuerpo convulsionando, chorros de placer escapando mientras los apreté con fuerza. Ellos explotaron segundos después; Marco llenándome la panocha con chorros calientes, Luis pintando mis nalgas con su leche espesa. Gemidos guturales, "¡Me vengo, carajo!", y el mundo se disolvió en blanco.

Nos derrumbamos en un enredo de miembros sudorosos, el ventilador secando nuestras pieles brillantes. Marco apagó la cámara con una sonrisa satisfecha. "Ese video casero en trío va a ser legendario", dijo, besándome la frente. Luis me acarició el cabello, "Gracias por esto, Ana. Eres lo máximo". Yacíamos ahí, oliendo a sexo consumado, corazones latiendo al unísono.

Mientras el sol se ponía, tiñendo el cuarto de naranja, reflexioné en silencio.

No era solo carne; era confianza, era romper barreras con los que quiero. ¿Lo subimos? Tal vez, pero por ahora, es nuestro tesoro
. Nos levantamos despacio, riendo por lo desordenados que estábamos, planeando la cena como si nada. Pero algo había cambiado: una intimidad más profunda, un fuego que no se apaga fácil. En México, donde el deseo hierve bajo la superficie, habíamos grabado no solo un video, sino un pedazo de nuestra alma ardiente.

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