Trío con mi hija
El calor de esa noche de verano en la casa de Polanco me tenía sudando como pendejo. Yo, Ramón, un cuarentón divorciado que había criado a Laura como si fuera mi hija desde que su mamá se casó conmigo hace diez años, no podía dejar de pensar en lo mujer que se había puesto. A sus veinticinco, con ese cuerpo curvilíneo que gritaba pecado, tetas firmes y un culo que se movía como ola en la playa de Acapulco. Pero era mi hija, postiza sí, pero mi hija al fin. O eso me repetía mientras la veía salir de la regadera, envuelta en una toalla que apenas la cubría.
Laura entró a la sala donde yo tomaba mi chela fría, el aire acondicionado zumbando bajito como un secreto. ¿Qué onda, pa?
dijo con esa voz ronca, chueca de risa, oliendo a jabón de lavanda y algo más, un aroma dulzón que me ponía la verga tiesa al instante. Se dejó caer en el sofá a mi lado, la toalla subiéndose un poco, dejando ver esos muslos morenos y suaves. ¿Y Ana? ¿Ya llegó la chava?
pregunté, tratando de sonar casual, pero mi pulso se aceleraba como tamborazo en fiesta.
Ana era la mejor amiga de Laura desde la uni, otra morra de veinticinco, flaca pero con curvas en los lugares correctos, pelo negro lacio y ojos que te desnudaban. Las dos habían planeado una pijamada, pero en mi cabeza ya rondaba la idea loca de un trío con mi hija y su amiga. Neta, ¿de dónde sacaba esas pendejadas? Pero el deseo ardía, un fuego en el pecho que bajaba directo a mis huevos.
La noche avanzó con risas y tequilas. Las vi bailar en la sala al ritmo de cumbia rebajada, sus caderas meneándose, sudor perlando sus pieles. El olor a tequila y perfume se mezclaba con el de sus cuerpos calientes. Laura se acercó, me jaló a bailar. ¡Baila conmigo, viejo!
gritó, pegando su culo contra mi entrepierna. Sentí su calor, esa carne suave presionando mi verga que ya estaba medio parada. Pinche Laura, me vas a matar, pensé, mientras mis manos rozaban sus caderas por instinto.
¿Y si pasa algo? ¿Y si Ana se anima? Un trío con mi hija... neta sería el cielo.
Acto uno cerrado, la tensión crecía. Nos sentamos en el sofá, las tres chelas en mano. Ana miró a Laura con picardía. Tu pa está bien bueno, Lau. ¿No te dan ganas?
soltó la muy directa. Laura se sonrojó pero rio. ¡Órale, Ana! Pero si es mi pa... aunque adoptivo, ¿no?
Yo me quedé tieso, el corazón latiéndome en la garganta. El aire se espesó, cargado de electricidad, como antes de tormenta en el DF.
El medio tiempo empezó con besos juguetones entre ellas. Ana le plantó un beso en la boca a Laura, lenguas danzando visibles. Yo miré, hipnotizado, el sonido húmedo de sus labios chupándose, el sabor imaginado a tequila y saliva dulce. ¿Quieres unirte, Ramón?
murmuró Ana, sus ojos fijos en mi bulto. Laura me vio, mordiéndose el labio. Sí, pa. Un trío con mi hija... contigo. Todo consensual, ¿va?
Asentí, la verga palpitando.
Las manos de Laura tocaron mi pecho, desabotonando mi camisa. Su piel ardía contra la mía, suave como seda, olor a sudor limpio y excitación. Su coño debe oler a miel caliente, pensé mientras bajaba la toalla. Sus tetas saltaron libres, pezones oscuros duros como piedras. Ana se quitó la blusa, tetas más chicas pero perfectas, y se arrodilló entre mis piernas. Desabrochó mi jeans, sacó mi verga gruesa, venosa, ya goteando pre-semen.
¡Mira qué verga chida, Lau!
exclamó Ana, lamiendo la punta con lengua caliente, sabor salado en mi piel. Laura se acercó, sus labios rozaron los míos. El beso fue fuego, lenguas enredadas, gusto a tequila y su aliento mentolado. Bajó la cabeza, unió su boca a la de Ana en mi pija. Dos lenguas calientes, húmedas, lamiendo de lado a lado, succionando mis huevos peludos. El sonido de chupadas, gemidos ahogados, me volvía loco. Mis manos enredadas en sus cabelleras, oliendo a shampoo y sexo.
La escalada fue brutal. Las llevé al cuarto, colchón king size crujiendo bajo nosotros. Desnudé a Laura del todo, su coño lampiño brillando húmedo, labios hinchados rosados. Olía a excitación pura, almizcle dulce que me mareaba. Chúpame, pa
suplicó. Me hundí entre sus muslos, lengua en su clítoris hinchado, sabor ácido-dulce como tamarindo maduro. Ella gemía ¡Ay, papi! ¡Así!, caderas arqueándose, jugos empapándome la cara.
Ana no se quedó atrás. Se sentó en la cara de Laura, coño peludo frotándose en su boca. ¡Lame mi panocha, amiga!
El cuarto olía a sexo denso, sudor, coños mojados. Yo metí dos dedos en Laura, curvándolos en su G, sintiendo contracciones calientes. Ella gritaba contra el coño de Ana, vibraciones que la hacían temblar.
Esto es el paraíso, un trío con mi hija y su amiga. Sus cuerpos sudados pegados a mí, pulsos acelerados latiendo juntos.
La intensidad subió. Puse a Laura a cuatro patas, verga en su entrada resbalosa. ¡Métemela, pa! ¡Fóllame duro!
Empujé despacio, centímetro a centímetro, su coño apretado envolviéndome como guante caliente, paredes vaginales masajeando. El slap-slap de carne contra carne, gemidos altos. Ana debajo de ella, chupando sus tetas, dedos en su clítoris. Yo la taladraba, bolas golpeando su culo redondo, sudor chorreando por mi espalda.
Cambié a Ana, su coño más flojo pero profundo, gritando ¡Más, Ramón! ¡Eres un semental!
Laura lamía mis huevos mientras follaba a su amiga, lengua juguetona en mi ano. El placer era abrumador, venas hinchadas en mi verga, próstata palpitando. Las hice venirse primero: Laura arqueándose, chorro caliente salpicando sábanas, olor a squirt almizclado. Ana convulsionando, uñas clavadas en mi pecho.
El clímax se acercaba. Las puse una sobre la otra, coños apilados. Follé a Laura, luego a Ana, alternando, lubricadas por jugos mutuos. ¡Córrete con nosotras, pa!
jadeó Laura. No aguanté. Veras explotando, semen espeso saliendo a chorros dentro de Ana, luego sacando para pintar caras y tetas de las dos. Ellas lamiéndose mutuamente, tragando mi leche salada, gemidos de satisfacción.
El afterglow fue puro. Nos tumbamos enredados, pieles pegajosas de sudor y semen enfriándose. El cuarto olía a sexo consumado, chela tibia olvidada. Laura acurrucada en mi pecho, Ana en el otro lado. Esto fue chido, trío con mi hija incluido
bromeó Ana. Laura rio suave. Te quiero, pa. Pero neta, repetimos.
Yo sonreí, mano acariciando sus nalgas suaves. Pinche vida, quién diría. El corazón calmado, pulsos lentos sincronizados. Mañana sería otro día, pero esta noche, el deseo se había liberado en olas de placer compartido. Un lazo nuevo, consensual y ardiente, entre los tres.