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No Puedes Culpar A Una Morra Por Intentarlo Con Acordes

7212 palabras

No Puedes Culpar A Una Morra Por Intentarlo Con Acordes

La noche en la playa de Puerto Vallarta olía a sal marina mezclada con el humo de la fogata y el aroma dulce de las cervezas frías. Yo, Ana, de veinticinco tacos, me sentía como pez en el agua rodeada de mis compas. La guitarrita acústica en mis manos era mi arma secreta, esa que siempre sacaba cuando quería llamar la atención. Y esa noche, mis ojos se clavaron en él: Miguel, un moreno alto con ojos cafés que brillaban como brasas, sentado al otro lado del fuego con una Corona en la mano. Neta, el wey era un pinche bombón, con esa playera ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que le quedaban como anillo al dedo.

Empecé a rasguear unos acordes suaves, la madera cálida de la guitarra vibrando contra mi pecho. El sonido se fundía con las olas rompiendo a lo lejos y las risas de la banda.

No puedes culpar a una morra por intentarlo con acordes
, pensé, recordando esa frase gringa que me había quedado grabada de un video viejo en TikTok. Era perfecta para la situación. Quería que él me notara, que se acercara. Mis dedos bailaban sobre las cuerdas, sacando un ritmo sensual, como si cada nota fuera una caricia. El aire salado me erizaba la piel, y sentía el calor del fuego lamiendo mis piernas desnudas bajo el shortcito de mezclilla.

Miguel levantó la vista, y nuestras miradas chocaron. Sonreí, mordiéndome el labio inferior, mientras aceleraba el tempo. Órale, ahí va. Se paró y caminó hacia mí, aplaudiendo al ritmo. “¡Qué chido tocas, morra! ¿Me enseñas?”, dijo con esa voz ronca que me hizo cosquillas en el estómago. Su aliento olía a cerveza y menta, fresco y tentador. Me acerqué, pasando la guitarra a sus manos grandes y callosas. Nuestros dedos se rozaron, una chispa eléctrica que me recorrió el brazo hasta el centro de mi ser.

Acto uno: la chispa. Le mostré el acorde de Sol, presionando su mano contra las cuerdas. Su piel áspera contra la mía era como terciopelo rugoso, y el olor de su colonia, algo amaderado y masculino, me invadió las fosas nasales. “Así, wey, aprieta fuerte”, le susurré al oído, mi aliento caliente rozando su oreja. Él rio, nervioso, pero sus ojos decían que estaba en el juego. Tocamos juntos un rato, el sonido imperfecto pero cargado de tensión. Cada roce era un preludio, mi pulso latiendo fuerte en las sienes, el sudor perlando mi clavícula bajo la blusa escotada.

La fogata crepitaba, lanzando chispas al cielo estrellado. Mis compas ya andaban en su rollo, bailando cumbia con el estéreo prendido. Miguel dejó la guitarra y me jaló de la mano. “Vamos a caminar, ¿no?”, propuso. No lo pensé dos veces. Caminamos por la arena tibia, las olas lamiendo nuestros pies descalzos. El viento jugaba con mi pelo, y él me rodeó la cintura con un brazo. Su calor traspasa la tela, pensé, sintiendo su dureza contra mi cadera. Hablamos pendejadas: de la vida en Vallarta, de cómo él era DJ en fiestas y yo cantaba en bares. Pero bajo las palabras, la tensión crecía como marea alta.

Nos sentamos en una duna apartada, el rumor del mar como banda sonora. Sus labios rozaron los míos, suaves al principio, probando. Sabían a sal y cerveza, un sabor adictivo. Abrí la boca, invitándolo, y su lengua exploró la mía con hambre contenida. Mis manos subieron por su espalda, clavando uñas en la camisa. ¡Qué rico! Gemí bajito cuando su mano se coló bajo mi blusa, acariciando mi teta con el pulgar rozando el pezón endurecido. El aire nocturno enfriaba mi piel húmeda, contrastando con el fuego que él avivaba.

Acto dos: la escalada. Volvimos a la fogata, pero ya no aguantábamos. “¿Vamos a mi cabaña?”, murmuró en mi oído, su voz vibrando contra mi cuello. Asentí, empapada ya entre las piernas. Caminamos rápido, riendo como pendejos, el camino iluminado por la luna. La cabaña era chiquita pero cozy, con hamaca en el porche y velas prendidas. Cerró la puerta, y me empujó contra ella suavemente. Sus besos se volvieron urgentes, mordisqueando mi labio, bajando por el cuello. Olía a sudor limpio y deseo, ese aroma almizclado que me volvía loca.

Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios calientes en mis pechos, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. ¡Ay, cabrón! Arqueé la espalda, mis manos enredadas en su pelo negro y revuelto. Bajó más, desabrochando mi short, sus dedos rozando mi concha a través de las panties empapadas. “Estás chingona mojada, morra”, gruñó, y yo solo pude gemir. Lo empujé a la cama king size, con sábanas frescas que olían a lavanda. Le arranqué la camisa, lamiendo su pecho salado, bajando hasta el ombligo. Su verga ya asomaba dura bajo los jeans, y la liberé con ansia.

Era gruesa, venosa, palpitando en mi mano. La olí primero, ese olor varonil que me hacía agua la boca. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el pre-semen salado. Él jadeaba, “¡Pinche morra rica!”, agarrándome el pelo. Chupé con ganas, mi lengua girando alrededor del glande, metiéndomela hasta la garganta mientras mis dedos jugaban con sus huevos pesados. El sonido de succión húmeda llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos roncos. Pero quería más. Me subí encima, frotando mi concha contra su verga dura, lubricándola con mis jugos.

Nos volteamos, él encima ahora, mirándome a los ojos. “¿Quieres, mi amor?”, preguntó, y yo asentí, abriendo las piernas. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Qué llena me siento! Gemí alto cuando bottomed out, su pubis contra mi clítoris. Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo y embistiendo profundo. El slap de piel contra piel, el chirrido de la cama, mis uñas arañando su espalda. Aceleró, sudando sobre mí, nuestros alientos entrecortados. Olía a sexo puro, almizcle y sudor mezclado con el jazmín del jardín filtrándose por la ventana.

Cambié de posición, a cuatro patas, él detrás agarrándome las caderas. Me dio nalgadas suaves, ¡zas!, el ardor delicioso avivando el fuego. Entraba más hondo así, golpeando mi punto G con cada estocada. “¡Más fuerte, wey! ¡Cógeme duro!”, supliqué, y él obedeció, gruñendo como animal. Mi concha chorreaba, resbalando por mis muslos. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola gigante en mi vientre. “¡Me vengo!”, grité, temblando, contrayéndome alrededor de su verga. Él siguió, prolongando mi placer, hasta que explotó dentro, chorros calientes llenándome, su cuerpo colapsando sobre el mío.

Acto tres: el eco. Nos quedamos así, enredados, jadeando. Su peso reconfortante, el corazón latiéndole contra mi espalda. Besó mi hombro, suave. “Eres increíble, Ana”. Sonreí en la oscuridad, el aire fresco secando nuestro sudor. Nos limpiamos con risas, compartiendo una cerveza tibia. Fuera, el mar susurraba secretos.

Can't blame a girl for trying chords
, repetí en mi mente, riendo para adentro. Había funcionado de maravilla. Miguel me abrazó, y nos dormimos con el sonido de las olas, sabiendo que esto era solo el principio de algo chido.

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