Las Mañanitas Sensuales con El Tri
El sol de la mañana se colaba por las cortinas entreabiertas de mi departamento en la Roma, tiñendo todo de un naranja suave que me hacía cosquillas en los párpados. Estaba en esa duermevela deliciosa, envuelta en las sábanas revueltas que olían a nosotros, a sudor limpio y a esa colonia barata que tanto me gustaba de él. De pronto, un rasgueo de guitarra me sacó del sueño. Sonaba bajito, pero inconfundible: las primeras notas de Las Mañanitas.
Me incorporé un poco, el corazón latiéndome fuerte. ¿Qué pedo? Era mi cumpleaños, neta, pero no esperaba nada así. Ahí estaba Alex, mi carnal, mi vato, sentado al pie de la cama con su guitarra vieja, vestido nada más con unos bóxers ajustados que marcaban todo su paquete y la playera del Tri, esa verde con el escudo que le quedaba como pintada en el pecho moreno. Sus ojos cafés brillaban con picardía mientras cantaba:
Estas son las mañanitas
que cantaba el rey David...
hoy por ser día de tu santo
te los vengo a cantar.
Me reí bajito, cubriéndome la boca con la sábana, pero el calor ya me subía por el cuello. Su voz ronca, esa que se pone cuando está emocionado, me erizaba la piel. Olía a café recién hecho y a su piel después de la ducha, fresco, con un toque de jabón de lavanda que contrastaba con el aroma terroso de su excitación matutina. "Feliz cumpleaños, mamacita", murmuró al terminar la primera estrofa, dejando la guitarra a un lado y gateando hacia mí como un tigre juguetón.
Lo jalé por la playera del Tri, sintiendo los músculos de sus hombros tensarse bajo mis dedos. "Eres un pendejo romántico, ¿eh?", le dije, mordiéndome el labio. Nuestros labios se rozaron, suaves al principio, como un saludo, pero pronto la lengua de él invadió mi boca, saboreando a menta y a deseo puro. Mis manos bajaron por su espalda, arañando levemente esa piel cálida que conocía de memoria. El beso se profundizó, y sentí su verga endureciéndose contra mi muslo, dura como piedra, palpitante.
Acto uno: el despertar. Ahí estábamos, en nuestra rutina convertida en fiesta privada. Alex siempre había sido fanático del Tri, y en las noches de partido nos poníamos igual de calientes, gritando goles mientras nos devorábamos. Hoy, con las mañanitas con el Tri de fondo –porque había puesto de ringtone esa versión rockera de El Tri que tanto le gustaba–, todo escalaba. Me quitó la sábana de un tirón, exponiendo mis tetas al aire fresco. Sus ojos se oscurecieron, devorándome. "Estás preciosa, chula. Como una diosa azteca". Sus manos, callosas de tanto jugar fut en la liga amateur, me masajearon los pechos, pellizcando los pezones hasta que gimí bajito. El sonido de mi propia voz me sorprendió, ronca, necesitada.
Me recostó despacio, besando mi cuello, lamiendo el hueco de mi clavícula donde el pulso martilleaba. Olía mi piel, inhalando profundo. "Hueles a miel y a pecado", gruñó, bajando por mi vientre. Mis piernas se abrieron solas, invitándolo. Sentía el calor entre mis chichis, esa humedad que se acumulaba, lista para él. Pero no, él era un cabrón paciente. Me besó los muslos internos, mordisqueando la carne suave, haciendo que mis caderas se arquearan. "Quieta, reina. Hoy te voy a cantar las mañanitas con la lengua".
El medio acto empezó con esa promesa. Su aliento caliente rozaba mi concha, enviando chispas por mi espina. Lamidas lentas, primero por fuera, saboreando mis labios hinchados, luego el clítoris, ese botón sensible que succionó como si fuera un dulce. Grité su nombre, agarrando las sábanas. El sonido de su chupeteo, húmedo y obsceno, se mezclaba con el tráfico lejano de la avenida y el zumbido del ventilador. Mis pensamientos eran un torbellino: Neta, este wey me va a matar de placer. ¿Cómo carajos sabe tan bien lo que necesito? Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en el punto G que me hacía ver estrellas. Mi jugo lo empapaba, y él gemía contra mí, vibrando todo.
Lo jalé del pelo, obligándolo a subir. "Te quiero adentro, pendejo. Ya". Se rio, esa risa grave que me deshacía. Se quitó los bóxers de un jalón, liberando su verga gruesa, venosa, la cabeza brillando de precum. Se posicionó entre mis piernas, frotándola contra mi entrada, lubricándonos mutuamente. "Mírame, amor. Esto es tu regalo". Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. Nos quedamos quietos un segundo, jadeando, piel contra piel sudorosa. El olor a sexo nos envolvía, almizclado, adictivo.
Empezó a moverse, lento al principio, círculos de cadera que rozaban mi clítoris con cada embestida. Mis uñas en su espalda, dejando marcas rojas. "Más fuerte, carnal. Como si fuera un gol en el Azteca". Se encendió con eso, recordando nuestras noches de El Tri. Me volteó boca abajo, levantándome el culo, y entró de nuevo, profundo, chocando contra mis nalgas con palmadas sonoras. El slap-slap-slap llenaba la habitación, junto con mis gemidos ahogados en la almohada. Sudor goteaba de su frente a mi espalda, caliente, salado cuando lo lamí de su brazo.
La tensión crecía, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Me voy a venir, Virgen santísima, no pares. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como una amazona. Sus manos en mis tetas rebotando, pellizcando. Lo veía desde arriba, el pecho del Tri empapado, sus abdominales contrayéndose. "¡Qué rico te sientes, chingada madre!", rugió. Aceleré, moliendo, sintiendo el orgasmo subir como una ola. Él se incorporó, chupándome los pezones mientras me penetraba hacia arriba. El clímax me golpeó primero: un estallido de placer, mi concha apretándolo como un puño, jugos chorreando por sus bolas. Grité, temblando, olas y olas.
No paró. Me tumbó de lado, una pierna sobre su hombro, embistiendo con furia controlada. "Córrete conmigo, mi amor". Su verga se hinchó, palpitando, y sentí los chorros calientes llenándome, uno, dos, tres. Colapsamos, enredados, respiraciones entrecortadas. El afterglow era perfecto: su peso sobre mí protector, besos suaves en la sien, el olor a semen y sudor mezclándose con el café que ahora sí olía fuerte desde la cocina.
Acto final: la calma. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse. "Gracias por las mañanitas con el Tri, wey. El mejor regalo". Él rio, acariciándome el pelo. "Para ti, lo que sea, reina. Hoy jugamos en casa, y ganamos". Afuera, México despertaba con su bullicio alegre, pero en nuestra cama, el mundo era solo nuestro. Ese cumpleaños marcaba algo más: la certeza de que este amor, caliente y juguetón, era para siempre. Me dormí un rato más en sus brazos, satisfecha, completa.