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Doscientos Intentos Por Doscientos Dólares

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Doscientos Intentos Por Doscientos Dólares

Entré al bar del hotel en Polanco con el corazón latiendo un poquito más rápido de lo normal. El lugar estaba chido, luces tenues que jugaban con los cristales de los vasos, olor a tequila añejo mezclado con perfume caro y ese humo ligero de cigarros electrónicos. Yo, Ana, acababa de cerrar un trato en la Ciudad de México y me sentía invencible, con mis 200 dólares en la cartera listos para el viaje a Estados Unidos. Me senté en la barra, pedí un margarita con sal de la buena, y ahí lo vi: Carlos, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te hace pensar en travesuras.

Órale, este wey está cañón, pensé mientras él se acercaba, con camisa ajustada que marcaba sus hombros anchos. "¿Qué onda, preciosa? ¿Buscando algo especial esta noche?", me dijo con voz grave, como ronroneo. Le conté lo de mi lana: "200 try to USD, wey. Tengo 200 pesos que quiero cambiar a dólares antes de volar mañana, pero las tasas están de la chingada". Se rio, sus ojos brillando. "Déjame ayudarte, mija. Pero hagamos un juego. Si te convenzo de no cambiarlos y gastarlos en placer aquí conmigo, me los das. Si no, te doy mis 200 dólares cash". El pulso se me aceleró, el aire se sentía espeso con promesa.

Media hora después, subíamos a su suite en el piso 20. El elevador olía a su colonia, madera y algo masculino que me erizaba la piel. Apenas cerramos la puerta, sus manos en mi cintura, labios rozando mi cuello. "Vamos a ver cuántos intentos necesito para hacerte olvidar esos 200 try to USD", murmuró. Yo reí, juguetona: "Doscientos intentos, pendejo, y ni así". Pero ya sentía el calor entre las piernas, mi blusa cayendo al suelo con un susurro de tela.

Nos besamos como hambrientos, su lengua explorando mi boca con sabor a whisky ahumado. Mis dedos enredados en su pelo oscuro, tirando suave mientras él me cargaba al sillón de cuero suave. El roce de su barba incipiente en mi clavícula mandaba chispas por mi espina.

¡No mames, este carnal sabe lo que hace!
pensé, arqueándome cuando desabrochó mi bra, exponiendo mis tetas al aire fresco. Sus labios bajaron, chupando un pezón con succión perfecta, lengua girando como experto. Gemí bajito, el sonido reverberando en la habitación con vista al skyline iluminado.

Él se arrodilló, manos en mis muslos, abriéndolos despacio. Olía a mi propia excitación, dulce y almizclada, mezclada con su aliento caliente. "Déjame probarte, reina", dijo, voz ronca. Su lengua trazó mi tanga antes de quitármela, deslizándola por mis piernas temblorosas. El primer toque en mi clítoris fue eléctrico, un lametón plano que me hizo jadear. Chingón, pensé, mis caderas moviéndose solas contra su boca. Él succionaba, dedos separando mis labios, explorando cada pliegue húmedo con devoción.

El tiempo se diluyó en oleadas de placer. Sus dos dedos entraron curvados, frotando ese punto adentro que me volvía loca, mientras su pulgar jugaba con mi botón. Mis uñas en su nuca, jadeos convirtiéndose en gritos: "¡Sí, cabrón, así!". Sudor perlando su frente, músculos tensos bajo mi tacto. Olía a sexo puro, piel caliente, deseo crudo. Pero yo quería más, control. Lo empujé al sillón, montándome a horcajadas. Su verga dura como piedra contra mi concha mojada, guiándola adentro con un gemido compartido.

Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada centímetro estirándome, llenándome. Sus manos en mis caderas, guiando el ritmo que aceleraba. "Eres fuego, Ana", gruñó, ojos clavados en mis tetas rebotando. El slap de piel contra piel, mis jugos chorreando por sus bolas, el aroma embriagador.

Esto vale más que cualquier dólar gringo
, internalicé, inclinándome para morder su labio. Él volteó, poniéndome abajo sin salir, embistiendo profundo, mis piernas enredadas en su cintura.

La tensión crecía como tormenta, mi vientre apretándose, pulsos latiendo en oídos. "Más fuerte, wey", exigí, uñas arañando su espalda. Él obedecía, caderas chocando con fuerza, verga golpeando mi g-spot una y otra vez. Gemidos suyos mezclados con míos, sudor goteando de su pecho al mío, salado en mi lengua cuando lo lamí. Sentía el orgasmo construyéndose, coiling como resorte. "¡Me vengo, Carlos!", grité, paredes contrayéndose alrededor de él en espasmos violentos. Él siguió, prolongando, hasta que rugió su propio clímax, llenándome caliente y profundo.

Colapsamos jadeantes, cuerpos pegajosos entrelazados. El aire pesado con olor a corrida y piel saciada. Besos suaves ahora, post-orgasmo glow envolviéndonos. "Ganaste, preciosa", murmuró, sacando 200 dólares crujientes de su cartera. "Pero quédate conmigo esta noche, no try to USD nada". Reí, aceptando la lana pero abrazándolo más fuerte. Mejor inversión de mi vida.

Nos duchamos juntos después, agua caliente cascando sobre nosotros, jabón espumoso en sus manos masajeando mis curvas. Sus dedos juguetones de nuevo, pero suave, prometiendo rondas futuras. Salimos envueltos en albornoces, pidiendo room service: tacos al pastor y más tequila. Comiendo en la cama king size, platicando de la vida, risas fáciles. Su mano en mi muslo, trazando círculos perezosos que reavivaban chispas.

La segunda ronda empezó casual, besos convirtiéndose en hambre. Lo empujé boca arriba, besando su pecho, bajando por el six-pack definido hasta su verga semi-dura que reviví con lengua experta. Sabía a nosotros, salado y adictivo. Lo chupé profundo, garganta relajada, sus gemidos roncos incentivándome. "¡Qué rica, Ana, no pares!". Montándolo de reversa, concha tragándoselo entero, vista de la ciudad parpadeando afuera. Rebotaba duro, clítoris frotando su pubis, olor a sexo renovado llenando la habitación.

Él me volteó a perrito, manos en mis nalgas separándolas, lengua rimmeando mi ano antes de penetrar. Cada embestida mandaba ondas de placer, tetas balanceándose, su palma azotando suave: "¡Qué nalgas tan perfectas!". Gemí alto, el espejo reflejando nuestra lujuria animal. El clímax nos golpeó juntos, yo squirteando por primera vez con él, líquido caliente salpicando sábanas. Él se corrió adentro, gruñendo mi nombre.

Desnudos enredados bajo sábanas revueltas, amaneciendo con sol filtrándose por cortinas. Su aliento en mi nuca, brazo posesivo en mi cintura. "Esos 200 dólares fueron el mejor intento de mi vida", susurró. Yo sonreí, girando para besarlo.

No hay tasa de cambio que supere esto, carnal
. El deseo inicial se había transformado en conexión profunda, promesas de más noches. Bajamos al lobby, mi cartera más gruesa, pero el corazón más lleno. México City nunca se sintió tan vivo.

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