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Trío Lleva Acento

7023 palabras

Trío Lleva Acento

Estaba en ese bar de la Condesa, con luces tenues y música salsa que te hacía mover las caderas sin querer. Yo, Ana, acababa de salir de un pinche día de trabajo estresante en la agencia, y lo único que quería era un mezcal bien cargado para soltar el cuerpo. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir chida, como si el mundo fuera mío esa noche. Ordené mi trago y, de reojo, vi a la pareja en la mesa de al lado. Él, un morro alto, moreno, con sonrisa pícara y ojos que te desnudan; ella, una europea con curvas de infarto, cabello ondulado y un acento que, neta, me puso la piel chinita cuando la oí hablar.

"Cariño, mira qué guapa la de allá", dijo ella con esa voz ronca, arrastrando las erres como si las saboreara. Él volteó, me guiñó el ojo y levantó su vaso. "Salud, preciosa", gritó por encima de la música. Me acerqué, riendo, porque ¿por qué no? Soy de esas que no le dicen que no a la aventura. Se llamaban Marco y Sofía. Él chilango de pura cepa, ella española de Madrid, recién llegada a México por trabajo. Hablamos de la ciudad, de lo chingón que es el tacos al pastor y de cómo el acento de Sofía volvía loco a Marco. "Este trío lleva acento", bromeó él, mirándome fijo, y sentí un cosquilleo en el estómago. ¿Trío? Mi mente voló directo a lo prohibido, pero delicioso.

La química era palpable. Sus manos rozaban las mías al pasar los tragos, ella me susurraba al oído con ese acento que me erizaba el vello de la nuca: "Me encanta cómo bailas, Ana, tan sensual". Olía a vainilla y algo exótico, como jazmín mezclado con deseo. Bailamos los tres, pegados, sus cuerpos contra el mío en la pista. El sudor empezaba a perlar su piel, y yo sentía el calor de Marco presionando mi espalda mientras Sofía me tomaba de la cintura. "¿Vienes con nosotros?", me preguntó él, con voz grave. Asentí, el corazón latiéndome como tambor. Salimos al coche, riendo, y en el camino sus besos empezaron: suaves al principio, exploratorios.

¿Qué chingados estoy haciendo? Pienso mientras el taxi nos lleva a su depa en Polanco. Pero se siente tan bien, tan vivo. Ese acento de ella susurrándome guarradas en español mezclado con catalán...

Llegamos a su penthouse, minimalista pero con vistas al skyline que brillaba como estrellas caídas. Marco puso música suave, reggaetón lento, y sirvió tequila reposado. Nos sentamos en el sofá de piel suave, yo en medio. Sus manos en mis muslos, cálidas, firmes. Sofía se acercó primero, su aliento fresco con sabor a menta rozando mis labios. "Bésame", murmuró con ese acento que me volvía loca, las vocales alargadas como caricias. Nuestros labios se encontraron, su lengua juguetona, dulce como miel. Marco observaba, su mirada ardiente, y pronto su boca se unió, besándome el cuello mientras ella me devoraba la boca.

El aire se cargó de ese olor inconfundible: excitación, piel caliente, perfume caro. Me quitaron el vestido despacio, sus dedos trazando senderos de fuego sobre mi piel. "Eres una diosa", gruñó Marco, su voz ronca mientras lamía mi clavícula. Sofía, con ese trío lleva acento en cada palabra, me susurraba: "Quiero probarte entera, guapa". Sus pechos rozaban los míos, tetas firmes y suaves, pezones duros como piedritas. Yo gemía bajito, el sonido ahogado por la música, mientras Marco bajaba mi brasier y chupaba un pezón, succionando con hambre. Sentí mi humedad crecer, el calor entre las piernas palpitando.

Me recostaron en el sofá, Sofía abriéndome las piernas con delicadeza. Su acento cantando mi nombre: "Ana, qué rica estás". Su lengua descendió, lamiendo mi interior con maestría, círculos lentos alrededor del clítoris que me hacían arquear la espalda. Olía a mi propia excitación, salada y dulce, mezclada con su saliva. Marco se desnudó, su verga erecta, gruesa, venosa, saltando libre. "Chúpamela, carnala", me dijo juguetón, y yo obedecí, tomando su miembro en la boca. Sabía a hombre limpio, salado, con un toque de sudor fresco. Lo mamaba profundo, garganta relajada, mientras Sofía me comía viva, dos dedos dentro de mí curvándose justo en el punto G.

Neta, nunca había sentido algo así. Dos bocas, cuatro manos, puro fuego. El acento de ella gimiendo contra mi coño me lleva al borde.

La tensión subía como volcán. Cambiamos posiciones: yo encima de Marco, su polla hundiéndose en mí de un solo empujón. "¡Ay, cabrón!", grité, el estiramiento delicioso, llenándome hasta el fondo. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozar mis paredes, el slap-slap de piel contra piel. Sofía se sentó en su cara, él lamiéndola con ganas mientras ella me besaba, sus tetas rebotando contra mi pecho. Su acento entre jadeos: "Fóllatelo fuerte, Ana, hazlo gemir". Aceleré, mis caderas girando, el sudor chorreando por mi espalda, goteando en su pecho. El cuarto olía a sexo puro: almizcle, fluidos, tequila derramado.

Marco gruñía debajo de mí, sus manos apretando mi culo, dedos marcando moretones placenteros. "Estás apretada, qué chingón", mascullaba. Sofía se corrió primero, temblando sobre su lengua, gritando en español con ese acento que aceleraba mi pulso: "¡Me vengo, joder!". Su jugo le chorreaba por la barbilla, y yo lo lamí de sus labios, salado y dulce. La vista me empujó: Marco embistiéndome desde abajo, su verga hinchándose dentro. Me vine como explosión, coño contrayéndose en espasmos, chorros calientes mojando sus bolas. "¡Sí, sí, pendejos!", aullé, riendo entre lágrimas de placer.

Pero no paramos. Sofía se puso a cuatro, yo debajo lamiéndole el clítoris mientras Marco la cogía por detrás. Su acento suplicante: "Más profundo, amor". Yo saboreaba su coño hinchado, labios carnosos, mientras sentía la verga de él entrar y salir rozando mi nariz. Él se movía como máquina, palmadas en su culo resonando, piel roja. "Este trío lleva acento de puta madre", jadeó Marco, y todos reímos, sudados, unidos.

El clímax final llegó juntos. Marco se sacó, nos puso de rodillas a las dos, mamándolo alternadas. Su leche caliente nos salpicó la cara, gargantas, tetas: espesa, salada, interminable. Nos besamos cubiertas de él, lamiendo restos, riendo exhaustas. Colapsamos en la cama king size, sábanas frescas contra piel ardiente. El skyline parpadeaba afuera, testigo mudo.

Qué noche, cabrones. Ese acento de Sofía se me quedó grabado en la piel, como tatuaje invisible.

Despertamos enredados, con resaca buena y sonrisas tontas. Marco preparó chilaquiles con huevo revuelto, Sofía sirvió café humeante que olía a cielo. Hablamos de todo y nada, planeando la próxima. Salí caminando leve, el cuerpo adolorido pero vivo, el eco de gemidos y acentos en mi cabeza. Trío lleva acento, sí, y qué sabor tan inolvidable.

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