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Relato de mi primer trío ardiente

6597 palabras

Relato de mi primer trío ardiente

Este es el relato de mi primer trío, una noche que nunca voy a olvidar, wey. Todo empezó en mi depa en la Condesa, aquí en la CDMX, donde el aire siempre huele a tacos de la esquina y a jazmines de los balcones. Yo, un morro de veintiocho pirulos, con mi morra Lía, que es una chava de ojos verdes y curvas que te hacen babear. Llevábamos como un año juntos, y la neta, la química entre nosotros era chingona. Pero esa noche, llegó su carnala del alma, Karla, una culona de veintiséis que acababa de llegar de Guadalajara. Las dos se veían como gemelas calientes, con el pelo negro suelto y esas falditas cortas que dejaban ver las piernas morenas y suaves.

Estábamos en la sala, con la tele prendida en una peli gringa cualquiera, pero nadie le hacía caso. El olor a tequila reposado flotaba en el aire, mezclado con el perfume dulce de ellas, como vainilla y flores silvestres. Lía se acurrucó contra mí en el sofá, su mano tibia rozando mi muslo, mientras Karla se sentó al otro lado, cruzando las piernas de forma que su falda se subió un poquito. ¿Qué pedo con esta tensión? pensé, sintiendo cómo mi verga empezaba a despertar bajo los jeans. "Oye, carnal, ¿no te late platicar de tus aventuras en GDL?", le dije a Karla para romper el hielo, pero mi voz salió ronca, como si ya supiera que la noche iba pa'l otro lado.

Las risas empezaron suaves, pero pronto se volvieron coquetas. Lía me besó el cuello, su aliento caliente contra mi piel, saboreando el sudor salado que ya perlaba mi clavícula. "Mi amor, Karla dice que nunca ha probado un trío... ¿y tú qué piensas?", murmuró ella, con esa voz juguetona que me ponía duro al instante. Karla se mordió el labio, sus ojos cafés clavados en los míos, y extendió la mano para acariciar mi brazo. Su toque era eléctrico, como un chispazo que me recorrió hasta la entrepierna.

¡La chingada, esto va en serio!
me dije, el corazón latiéndome como tambor en una fiesta de pueblo.

La cosa escaló chido. Lía se levantó y puso música, un reggaetón suave con bajo que retumbaba en el pecho. Bailaron las dos frente a mí, meneando las caderas al ritmo, sus nalgas redondas rozándose entre sí. El aroma de sus cuerpos sudados me invadió, un mix de loción y excitación que hacía que mi boca se secara. Me jalaron del sofá, y ahí nomás, entre risas y besos robados, las manos empezaron a volar. Toqué la cintura de Karla por primera vez, suave como seda, mientras Lía me desabrochaba la camisa, sus uñas raspando mi pecho peludo. "Estás bien rico, wey", susurró Karla, su aliento con sabor a tequila rozando mi oreja.

Nos fuimos al cuarto, el colchón king size crujiendo bajo nuestro peso. La luz tenue de la lámpara pintaba sus pieles de dorado, sombras bailando en las paredes. Lía me quitó los jeans con urgencia, liberando mi verga tiesa que saltó como resorte. Karla jadeó, "¡Qué chingona está!", y las dos se arrodillaron frente a mí. Sentí sus lenguas al unísono, cálidas y húmedas lamiendo el tronco, el glande hinchado palpitando bajo sus labios carnosos. El sonido de chupadas suaves y gemidos bajos llenaba la habitación, mezclado con mi respiración agitada. Lía succionaba la punta con maestría, saboreando el pre-semen salado, mientras Karla lamía las bolas, su lengua áspera enviando ondas de placer que me hacían arquear la espalda.

Pero no quería acabar tan rápido. Las tumbé en la cama, despojándolas de la ropa con hambre. Lía tenía tetas firmes, pezones oscuros erectos como botones, y Karla unas más grandes, rebotando al ritmo de su risa nerviosa. Olían a deseo puro, ese musc almizclado que te nubla la mente. Besé a Lía primero, mi lengua danzando con la suya, dulce como miel de maguey, mientras mis dedos exploraban la concha depilada de Karla, ya empapada, resbaladiza como aceite caliente. Ella gimió contra mi hombro, "¡Sigue, pendejo, no pares!", clavándome las uñas en la espalda.

La tensión crecía como tormenta en el DF. Lía se montó en mi cara, su coño jugoso presionando mis labios, el sabor ácido y salado inundando mi boca mientras la chupaba con furia, mi lengua hundiéndose en sus pliegues hinchados. Karla se apoderó de mi verga, cabalgándome despacio al principio, su interior apretado envolviéndome como guante de terciopelo húmedo. El slap-slap de su culo contra mis muslos resonaba, sudor goteando de su frente al caer en mi pecho. Esto es el paraíso, carnal, pensé, el pulso acelerado en mis sienes, cada embestida mandando chispas por mi espina.

Cambiaron posiciones como en un baile sincronizado. Karla se acostó bocabajo, ofreciéndome su culo redondo, y Lía se deslizó debajo de ella en 69. Penetré a Karla desde atrás, sintiendo cómo su concha me ordeñaba, paredes contraídas pulsando alrededor de mi polla gruesa. Lía lamía mis bolas desde abajo, su lengua rozando el perineo, mientras Karla devoraba el clítoris de su amiga. Los gemidos se volvieron gritos ahogados: "¡Más duro, cabrón!", "¡Sí, así, mi amor!". El aire estaba cargado de olor a sexo, pieles chocando con sonidos húmedos, el colchón gimiendo en protesta.

El clímax se acercaba como volcán. Saqué mi verga de Karla, brillante de sus jugos, y Lía se la tragó entera, garganta profunda que me hizo ver estrellas. Karla frotaba su clítoris contra mi muslo, temblando. "¡Vente conmigo, wey!", suplicó Lía, y no pude más. Explosé en su boca, chorros calientes de semen golpeando su paladar, ella tragando con deleite mientras Karla alcanzaba el orgasmo, su cuerpo convulsionando, chorro tibio salpicando las sábanas. Yo seguí bombeando hasta vaciarme, el placer tan intenso que me dejó temblando, piernas de gelatina.

Nos derrumbamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. Lía me besó, compartiendo el sabor salado de mi corrida con Karla en un beso lésbico que me puso a medio masturbar de nuevo. El cuarto olía a nosotros, a satisfacción profunda. "Fue chido, ¿verdad? Mi primer trío y ya quiero repetir", dijo Karla, riendo bajito, su mano trazando círculos en mi pecho. Lía asintió, acurrucándose: "Eres nuestro rey, amor".

Ahí, en el afterglow, con el corazón aún acelerado y la piel erizada, supe que este relato de mi primer trío sería el principio de muchas noches locas. La luna se colaba por la ventana, iluminando sus sonrisas perezosas, y yo solo pensaba en lo afortunado que era. Neta, la vida en México sabe a tequila y pasión cuando menos te lo esperas.

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