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Alicia Keys Intenta Dormir con el Corazon Roto

6823 palabras

Alicia Keys Intenta Dormir con el Corazon Roto

La noche en el DF me tenía jodida hasta el fondo del alma. Mi pinche ex, ese cabrón de Rodrigo, me había mandado a la chingada esa misma tarde con un mensajito de mierda: "Ya no da, carnala". Neta, ¿quién hace eso? Me quedé sentada en el sillón de mi depa en la Roma, con el corazón hecho trizas, sintiendo como si me hubieran clavado un puñal oxidado en el pecho. El aire estaba cargado del olor a café quemado que se me había olvidado en la estufa, y el zumbido del ventilador viejo giraba como mis pensamientos revueltos.

Agarré mi cel y puse Spotify al azar. De repente, sonó esa rola de Alicia Keys try sleeping with a broken heart. "Try sleeping with a broken heart", repetía la voz soul de Alicia, suave pero llena de dolor, como si me estuviera hablando directo a mí.

¿Y cómo chingados duermo con esto, wey? ¿Cómo cierro los ojos sin ver su cara de pendejo?
Me levanté de un brinco, el sudor pegándome la blusa al cuerpo por el calor agobiante de la ciudad. No iba a quedarme ahí lloriqueando como idiota. Me puse un vestido negro ajustado que me hacía ver como diosa, unos tacones rojos que crujían contra el piso de madera, y salí a la calle. Las luces de los neones parpadeaban en Insurgentes, el ruido de los cláxones y los vendedores ambulantes llenando el aire con ese caos tan mexicano que a veces cura mejor que cualquier terapia.

Llegué al bar de la esquina, un antro chido con mesas de madera gastada y olor a tequila reposado mezclado con cigarros. Pedí un margarita con sal, el limón fresco explotando en mi lengua, el tequila quemándome la garganta como fuego bendito. Ahí lo vi: Marco, un morro alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como chocolate derretido bajo las luces tenues. Estaba solo en la barra, con una chela en la mano, riendo con el mesero. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí un cosquilleo en la piel, como electricidad estática. Neta, ¿por qué no? Solo una noche para olvidar este desmadre.

¿Qué onda, güerita? ¿Primera vez aquí? me dijo acercándose, su voz grave retumbando en mi pecho como bajo de reggaetón.

—Nah, wey, pero hoy traigo el mood perfecto pa' desquitármelas —le contesté, guiñándole el ojo, sintiendo el pulso acelerarse en mis venas.

Charlamos un rato, riendo de pendejadas: del tráfico infernal, de los chilangos que nomás saben quejarse, de cómo la vida te avienta limones pa' que hagas tequila. Su risa era contagiosa, olía a colonia fresca con un toque de sudor masculino que me ponía la piel de gallina. Bailamos pegaditos cuando pusieron cumbia rebajada, sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, el calor de su cuerpo filtrándose a través de la tela delgada. Cada roce era una promesa, un ven pa'cá silencioso. Sentí mi corazón latiendo desbocado, no de dolor ya, sino de algo vivo, hambriento.

Vámonos de aquí, ¿no? Mi casa está cerca, murmuró en mi oído, su aliento cálido rozándome el lóbulo, enviando chispas directo a mi entrepierna.

Simón, carnal, pero nomás pa' seguir la fiesta, respondí, mi voz ronca de anticipación. Salimos tomados de la mano, el aire nocturno fresco contrastando con el fuego que nos ardía por dentro. Caminamos por las calles empedradas de la Condesa, riendo bajito, el eco de nuestros pasos mezclándose con el lejano ladrido de un perro callejero.

En su depa, un loft minimalista con ventanales enormes que dejaban ver las luces de la ciudad, todo escaló. Me sirvió un trago de mezcal ahumado, el sabor terroso invadiendo mi boca mientras nos sentábamos en el sofá de piel suave. Sus dedos trazaron mi brazo, lentos, deliberados, despertando cada nervio.

Esto es lo que necesito, olvidar a ese pendejo en los brazos de alguien que me ve de verdad.
Lo besé primero, mis labios chocando contra los suyos, suaves al principio, luego urgentes, con lengua explorando, saboreando el mezcal en su saliva. Gemí bajito cuando sus manos subieron por mis muslos, empujando el vestido hacia arriba, exponiendo mi piel al aire fresco.

Estás chingona, neta, susurró, sus ojos devorándome mientras me quitaba el vestido. Quedé en lencería negra, mis pezones endurecidos rozando el encaje. Él se desvistió rápido, su cuerpo atlético brillando bajo la luz tenue, la verga ya tiesa, palpitante, invitándome. Lo empujé al sofá, montándome encima, sintiendo su dureza presionando contra mi panocha húmeda a través de la tanga. Rozábamos despacio, el roce eléctrico haciendo que mis caderas se movieran solas, el olor a nuestra excitación llenando la habitación: almizcle, sudor, deseo puro.

Me bajé la tanga, guiándolo dentro de mí con un suspiro largo. ¡Ay, cabrón! Entró suave, llenándome por completo, cada centímetro estirándome deliciosamente. Empecé a cabalgarlo lento, sintiendo sus manos en mis chichis, pellizcando los pezones, enviando olas de placer directo al clítoris. Sus gemidos roncos, "¡Sí, así, mami!", se mezclaban con los míos, el slap-slap de piel contra piel retumbando como tambores. Sudábamos juntos, gotas resbalando por su pecho moreno, yo lamiéndolas, saladas en mi lengua.

Aceleré, mis uñas clavándose en sus hombros, el orgasmo construyéndose como tormenta en el horizonte. Él volteó las posiciones, poniéndome de rodillas en el sofá, embistiéndome desde atrás con fuerza controlada. ¡Más duro, wey, no pares! grité, mi voz quebrada. Su verga golpeaba profundo, rozando ese punto que me volvía loca, sus bolas chocando contra mi clítoris hinchado. El cuarto olía a sexo crudo, a nosotros fundidos. Sentí el clímax venir, un nudo apretándose en mi vientre, explotando en temblores violentos. Grité su nombre, "¡Marco, chingado!", mientras él se corría dentro, caliente, pulsátil, llenándome hasta rebosar.

Nos derrumbamos juntos, jadeantes, su cuerpo pesado sobre el mío, piel pegajosa de sudor. El silencio post-sexo era bendito, solo nuestros corazones latiendo al unísono, el aroma de nuestros fluidos mezclados flotando en el aire. Me acurruqué contra él, su mano acariciando mi cabello húmedo.

¿Mejor? preguntó con una sonrisa perezosa.

Mucho, carnal. Gracias por hacerme olvidar esa mierda, murmuré, besando su pecho.

De fondo, en su bocina, volvió a sonar esa rola: Alicia Keys try sleeping with a broken heart. Pero ahora, con Marco abrazándome, el corazón ya no dolía tanto. Podía dormir, neta, envuelta en su calor, sabiendo que el mañana traería lo que fuera, pero esta noche era mía, completa, empoderada. Cerré los ojos, su respiración rítmica arrullándome, el dolor convertido en recuerdo lejano.

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