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Probándote en el Vestidor

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Probándote en el Vestidor

Entras a esa boutique chida en Polanco, con el sol de la tarde colándose por las vitrinas y el aire cargado de ese perfume dulzón a jazmín que te hace cosquillas en la nariz. Tus tacones repiquetean contra el piso de mármol pulido, y sientes el roce suave de tu falda contra los muslos, recordándote lo sexy que te sientes hoy. Has venido por un vestido nuevo, algo que te haga brillar en esa fiesta de la noche, pero en el fondo sabes que buscas más que tela: una chispa, una mirada que te acelere el pulso.

Ahí está él, el vendedor. Alto, moreno, con esa playera ajustada que marca sus hombros anchos y un tatuaje asomando por el cuello de la camisa. Qué chulo, wey, piensas mientras él te sonríe con dientes perfectos y ojos cafés que parecen devorarte despacito. "Buenas tardes, ¿en qué te ayudo, preciosa?", dice con voz grave, como ronroneo de motor potente. Te late fuerte el corazón, y sientes un calorcito traicionero entre las piernas.

¿Y si me animo? Neta, hace rato que no me como un hombre así. Se ve que sabe lo que hace.

"Quiero probarme unos vestidos, algo sexy para una fiesta", respondes, mordiéndote el labio sin querer. Él asiente, te guía por los perchas llenas de telas sedosas que susurran al rozarlas. Elige uno rojo fuego, corto, con escote que promete milagros. "Este te va a quedar de muerte, ven, te llevo al vestidor". Su mano roza tu espalda al abrirte paso, y ese toque eléctrico te eriza la piel. Huele a colonia fresca, a limón y madera, mezclado con algo masculino que te marea.

Te metes al vestidor amplio, con espejo de cuerpo entero y luz suave que acaricia cada curva. Te quitas la ropa despacio, sientes el aire fresco besando tu piel desnuda, los pezones endureciéndose al instante. Te pones el vestido: la tela se desliza como caricia de amante, apretando justo donde debe, realzando tus caderas y dejando tus piernas interminables. Sales un poquito, solo la cabeza por la cortina. "¿Qué tal?", preguntas juguetona.

Él traga saliva, ojos bajando por tu cuerpo como fuego lento. "Espectacular, pero... déjame ver bien". Entra sin pedir permiso, cierra la cortina con un clic que suena a promesa. Están solos, el mundo afuera borroso. "Gírate", murmura, y obedeces, sintiendo su aliento caliente en tu nuca. Sus dedos rozan la cremallera en tu espalda, bajándola un centímetro, probando. "Necesitas ajustarlo aquí", dice, y su mano se posa en tu cintura, piel contra piel ardiente.

El corazón te retumba en los oídos, el pulso acelerado latiendo en tu garganta. No pares, cabrón, gritas en silencio. "Pruébate este otro", susurra, sacando un negro más atrevido, casi transparente. Te lo pasa, y al ponértelo, sientes sus ojos clavados en ti, devorando cada movimiento. La tela es ligera como humo, rozando tus pezones duros, enviando chispas directo a tu centro húmedo.

"¿Te gusta?", pregunta, acercándose tanto que su pecho roza tu espalda. Asientes, muda, el aroma de su sudor limpio invadiéndote. "A mí me encanta verte así, probándote para mí". Su voz es ronca, cargada de deseo. Giras, enfrentándolo, y ahí está: bulto evidente en sus pantalones, ojos oscuros de lujuria pura. "Quiero probártelo yo", dices al fin, voz temblorosa pero firme, tomando su mano y poniéndola en tu cadera.

Se ríe bajito, juguetón. "Eres una diabla, ¿eh?". Sus labios capturan los tuyos en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a menta y anhelo. Sus manos exploran, subiendo por tus muslos, levantando la tela hasta sentir tu calor húmedo. Gimes contra su boca, el sonido ahogado por la cortina que los aísla del mundo. Fuera, voces lejanas de clientas, música suave popera, pero aquí adentro solo latidos y respiraciones jadeantes.

Te empuja suave contra el espejo, el vidrio frío contrastando con su cuerpo caliente pegado al tuyo. "Qué rica estás, neta", gruñe, mordisqueando tu cuello, chupando hasta dejarte marca. Sus dedos se cuelan bajo la tanga, rozando tu clítoris hinchado, y arqueas la espalda, uñas clavándose en sus hombros. Sí, así, no pares. El placer sube en oleadas, tu humedad empapando su mano mientras él se frota contra ti, duro como piedra.

"Quítamelo", ordenas empoderada, y él obedece, bajando tus bragas con dientes, oliendo tu esencia almizclada. Te arrodillas, curiosa, probándote a ti misma en este juego nuevo. Desabrochas su pantalón, liberas su verga gruesa, venosa, palpitante. La tocas, piel suave sobre acero, y la lames desde la base, saboreando sal y hombre. Él gime, mano en tu pelo, "Joder, qué boca tan chingona". Chupas más hondo, garganta relajada, sintiendo cómo late en tu boca, el sonido húmedo de succiones llenando el vestidor.

Esto es lo que necesitaba, controlarlo así, saborearlo antes de que me devore.

Te pone de pie, gira, te inclina contra el espejo. Ves tu reflejo: mejillas sonrojadas, labios hinchados, ojos vidriosos de puro fuego. Él se acomoda atrás, frota la punta contra tu entrada resbaladiza. "¿Quieres que te lo pruebe?", pregunta juguetón, y respondes con un "¡Sí, pendejo, métemela ya!". Empuja lento al inicio, estirándote delicioso, llenándote centímetro a centímetro hasta el fondo. Gritas bajito, placer punzante, paredes apretándolo como guante.

Empieza a moverse, embestidas firmes, piel chocando con plaf rítmico. El espejo tiembla leve, tus tetas rebotando, pezones rozando el vidrio frío. Sudor perla su frente, gotea en tu espalda, mezclándose con el olor a sexo crudo: almizcle, piel caliente, tela rasgada. "Más fuerte", pides, y él obedece, una mano en tu cadera, la otra pellizcando tu clítoris. El orgasmo se arma, tensión en el vientre, piernas temblando.

Piensas en lo loco de esto: probándote un vestido y terminando probándote a él, en un vestidor de lujo con el riesgo de ser cachados. Eso aviva el fuego. Sus embestidas se aceleran, gruñidos animales en tu oído. "Me vengo, preciosa", avisa, y sientes su verga hincharse, caliente chorro llenándote mientras tú explotas, espasmos sacudiéndote, visión borrosa de estrellas. Gritas ahogado, mordiendo tu puño, olas de placer interminable.

Se queda dentro un rato, respiraciones entrecortadas calmándose. Sale despacio, semen goteando por tus muslos, sensación pegajosa y satisfactoria. Te gira, besa tu frente sudorosa. "Eres increíble", murmura, limpiándote con toallitas del vestidor, tierno ahora. Te vistes temblando, piernas débiles, pero con una sonrisa pícara. "Cómprate el vestido, te lo regalas", dice guiñando.

Salen juntos, fingiendo normalidad. Pagas, coquetean con miradas. Afuera, el sol se pone naranja, aire fresco secando tu piel aún sensible. Caminas con él un rato, charlando pendejadas, sabiendo que esto no termina aquí. Probada y aprobada, piensas, el recuerdo de su tacto latiendo en ti como pulso vivo.

En la fiesta esa noche, luces neón y ritmos de cumbia rebajada, luces el vestido rojo. Bailas, sintiendo ojos en ti, pero solo recuerdas los suyos, el roce en el vestidor, el sabor de su piel. Te sientes poderosa, deseada, lista para más pruebas en esta vida chingona.

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