Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Trios de Casadas Ardientes Trios de Casadas Ardientes

Trios de Casadas Ardientes

7175 palabras

Trios de Casadas Ardientes

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y a jazmín salvaje, con el rumor de las olas rompiendo suave contra la playa privada de la villa que rentamos Marco y yo para unas vacaciones con nuestros carnales. Ana, yo misma, sentía el calor pegajoso en la piel mientras servía unos tequilas con limón en la terraza iluminada por antorchas. Mi marido, Marco, alto y moreno con esa sonrisa pícara que me derrite, charlaba con Laura, mi mejor amiga desde la prepa, y su esposo Pablo, que andaba de viaje por negocios pero había dado el visto bueno para que ella se uniera a nuestra escapada. Neta, la idea de revivir viejos recuerdos con ella me ponía la piel chinita.

Laura, casada hace cinco años como yo, era una morena curvilínea con ojos que prometían travesuras. Llevaba un vestido ligero que se pegaba a sus chichis generosas por el sudor de la humedad tropical.

"¿Se acuerdan de cuando platicábamos de trios de casadas en la uni? Neta que nunca pensé que lo haríamos de grandes"
, soltó ella riendo, mientras lamía la sal del borde de su vaso. Marco me miró de reojo, y sentí ese cosquilleo familiar en el estómago. Pablo le había dicho por WhatsApp: "Diviértete, mi reina, pero cuéntame todo después". Todo consensual, todo chido, como debe ser entre adultos que se quieren.

La tensión empezó a subir cuando pusimos música de cumbia rebajada, esa que te hace mover las caderas sin querer. Bailamos los tres en la terraza, cuerpos rozándose accidentalmente al principio. El olor de su perfume mezclado con el sudor me mareaba. Marco me jaló hacia él, su mano grande en mi cintura, y Laura se pegó por detrás, sus nalgotas suaves contra mi espalda. ¿Esto va en serio?, pensé, mientras mi corazón latía como tambor. Sentí sus labios en mi cuello, un beso ligero como pluma, y Marco giró para besarme la boca, su lengua saboreando a tequila.

Entramos a la recámara principal, con la brisa del mar colándose por las cortinas mosquiteras. La cama king size nos esperaba, sábanas blancas crujientes. Nos desvestimos despacio, sin prisas. Marco se quitó la camisa, mostrando ese pecho velludo que tanto me gusta lamer. Laura dejó caer su vestido, revelando unas lencerías rojas que le quedaban como pintadas. Yo me quité el bikini, sintiendo el aire fresco en mis pezones endurecidos. Qué nervios, pero qué emoción. Nos miramos, riendo nerviosos, y Marco dijo: "Weyes, esto de los trios de casadas va a ser legendario".

Empecé yo, besando a Marco mientras Laura nos observaba sentada en la cama, tocándose suave las piernas. Su piel brillaba con aceite de coco que olía a vacaciones. Me acerqué a ella, mis dedos temblando un poco al rozar su muslo. Suave como terciopelo, pensé. La besé en la boca, tentative al principio, probando el sabor dulce de su gloss de fresa. Sus labios se abrieron, lenguas danzando lento, y sentí su mano en mi chichi, apretando con ternura. Marco gruñó de gusto, su verga ya dura presionando contra mi nalga mientras nos veía.

La cosa escaló cuando Laura se arrodilló frente a mí, sus ojos clavados en los míos. Bajó la cabeza y lamió mi panocha despacio, lengua plana recorriendo el clítoris hinchado. ¡Ay, cabrona! Gemí fuerte, el sonido ahogado por la ola que rompió afuera. Sabía a sal y a mi propia excitación, ese olor almizclado que llena el aire. Marco se unió, besándome el cuello mientras sus dedos entraban en mí, sincronizados con la lengua de Laura. Sentía las pulsaciones en mi centro, el calor subiendo por mi espina.

"¿Te gusta, mi amor? ¿Los trios de casadas son como soñabas?"
, murmuró Marco en mi oído, su aliento caliente. Asentí, jadeando, mientras Laura chupaba más fuerte, sus manos abriendo mis labios para llegar profundo. Cambiamos posiciones: yo en el centro, Marco detrás penetrándome despacio, su verga gruesa estirándome delicioso, llenándome con cada embestida. El slap-slap de piel contra piel se mezclaba con nuestros gemidos. Laura se sentó en mi cara, su panocha mojada rozando mi boca. La lamí ansiosa, saboreando su néctar dulce y salado, lengua girando en su clítoris mientras ella se mecía, sus chichis rebotando.

El sudor nos unía, resbaloso y caliente. Olía a sexo puro, a cuerpos en llamas. Marco aceleró, sus manos apretando mis caderas, "Estás tan chingona, Ana", gruñía. Laura temblaba encima de mí, su orgasmo acercándose por sus jadeos agudos. Yo iba a explotar. Sentí las contracciones primero en ella: su panocha pulsando contra mi lengua, chorro tibio mojándome la cara mientras gritaba "¡Sí, pinche sí!". Eso me llevó al borde. Marco embistió profundo, su verga hinchándose, y explotamos juntos: yo convulsionando, él llenándome con chorros calientes, el placer cegador como fuegos artificiales.

Pero no paramos ahí. La noche era joven. Descansamos un rato, bebiendo agua fría de la nevera, riendo de lo intenso que había sido. Laura me besó de nuevo, suave esta vez, agradecida. Esto es empoderador, neta, pensé, sintiéndome reina entre mis dos amores temporales. Marco se recostó, y ahora fuimos Laura y yo las que lo atendimos. Nos turnamos chupando su verga, dura otra vez, venosa y palpitante. Yo lamía las bolas, pesadas y saladas, mientras Laura tragaba hasta la garganta, gorgoteando sexy. Él gemía, manos en nuestras cabezas: "Mis casadas favoritas".

Lo montamos alternando. Primero yo, cabalgándolo lento, sintiendo cada vena rozar mis paredes internas, mis jugos chorreando por sus muslos. El olor de nuestra mezcla era embriagador. Laura se masturbaba viéndonos, dedos hundidos en su propia humedad. Luego ella se subió, rebotando fuerte, sus nalgotas cacheteando contra él. Yo besaba sus chichis, mordisqueando pezones duros como piedras, mientras Marco la sostenía. La tensión crecía otra vez, interna, psicológica:

¿Soy la misma Ana de siempre, o esto me ha cambiado para bien?
Me sentía libre, deseada, poderosa.

El clímax final fue caótico y perfecto. Marco nos puso a las dos de rodillas, verga en mano, y nos corrió encima: semen caliente salpicando chichis y caras, pegajoso y blanco. Lamimos lo que pudimos, besándonos con su sabor en la boca, salado y amargo. Colapsamos en la cama, cuerpos entrelazados, pieles sudadas pegándose. El mar susurraba afuera, testigo de nuestro secreto.

Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, Laura me abrazó. "Gracias por esto, amiga. Pablo va a flipar con el relato". Marco nos sonrió, exhausto pero feliz. Nos duchamos juntos, jabón resbalando por curvas, risas y besos suaves. En el desayuno de fruita y chilaquiles en la terraza, hablamos de lo vivido. No hubo arrepentimientos, solo un lazo más fuerte. Los trios de casadas nos habían unido, avivado pasiones dormidas. Caminamos por la playa, arena caliente bajo pies, manos entrelazadas. Esto era solo el principio, pensé, con el corazón lleno y el cuerpo satisfecho, lista para más noches ardientes en el paraíso.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.