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Salmonelosis Triada Ecologica Pasional

7152 palabras

Salmonelosis Triada Ecologica Pasional

Entré al laboratorio del centro de investigación en Guadalajara con el sol de la tarde pegándome en la cara como un beso ardiente. El aire acondicionado zumbaba suave, pero no lograba quitar el bochorno que traía el verano jalisciense. Yo, Ana, veterinaria especializada en enfermedades infecciosas, había venido a revisar los cultivos de Salmonella de una granja avícola en las afueras. El olor a agar y desinfectante me invadió las fosas nasales, mezclado con un leve aroma a café recién hecho que salía de la máquina en la esquina.

Qué chido lugar, pensé, mientras colgaba mi chamarra en el perchero. Ahí estaba él, Diego, el microbiólogo guapo que todos en el equipo babeaban en secreto. Alto, con cabello negro revuelto y una playera ajustada que marcaba sus hombros anchos. Me sonrió con esa dentadura perfecta, ojos cafés que brillaban como chocolate derretido.

¡Órale, Ana! ¿Lista para desentrañar la salmonelosis triada ecologica de este caso?
dijo, acercándose con una probeta en la mano. Su voz grave me erizó la piel, como si su aliento cálido ya me rozara el cuello.

Asentí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Nos pusimos a trabajar lado a lado en la mesa de acero inoxidable. Él explicaba la salmonelosis triada ecologica: el agente, esa bacteria cabrona Salmonella enteritidis que se cuela en los huevos; el huésped, las gallinas o los humanos desprevenidos; y el ambiente, la humedad y suciedad de las granjas que lo facilitan todo. Sus manos grandes gesticulaban, y cada vez que se inclinaba, olía a su colonia fresca, cítrica, que se mezclaba con el mío de vainilla.

El deseo empezó chiquito, como una colonia bacteriana. Nuestros brazos se rozaban accidentalmente al ajustar el microscopio. Su piel era cálida, áspera por el trabajo de campo. Neta, este pendejo me está poniendo caliente, pensé, mientras observaba cómo sus labios se movían explicando la transmisión fecal-oral. Imaginé esos labios en otra parte, saboreando mi piel salada por el sudor.

Las horas volaron. Afuera, el sol se ponía tiñendo las ventanas de naranja y rojo, como si el cielo ardiera de envidia. Terminamos los análisis: la triada estaba completa, pero controlable con higiene estricta. Diego se estiró, su camisa subiéndose un poco para mostrar un pedazo de abdomen marcado.

¿Sabes, Ana? Esta salmonelosis triada ecologica es como el amor: agente irresistible, huésped vulnerable y ambiente perfecto para que explote todo
, murmuró, mirándome fijo. Sus ojos decían más que sus palabras.

Me reí bajito, el corazón latiéndome como tambor en fiesta. ¿Es una invitación? Me acerqué, fingiendo revisar una placa petri. Nuestros dedos se tocaron, y no los retiré. Su tacto era eléctrico, enviando chispas hasta mis muslos.

El laboratorio se sentía más pequeño, el zumbido del refrigerador como un latido compartido. Diego giró mi silla hacia él, arrodillándose un poco para estar a mi altura.

¿Quieres que te muestre cómo infecta el agente al huésped?
susurró, su aliento caliente en mi oreja. Olía a menta y hombre.

Dije que sí con la cabeza, la boca seca de anticipación. Sus labios capturaron los míos en un beso suave al principio, explorando como si calibrara una muestra. Sabían a café dulce y promesas. Mis manos subieron a su nuca, enredándose en su pelo suave, tirando suave para profundizar el beso. Gemí bajito cuando su lengua danzó con la mía, un sabor salado que me hizo apretar las piernas.

Me levantó con facilidad, sentándome en la mesa de trabajo. El metal frío contra mis nalgas contrastaba con el calor de sus palmas subiendo por mis muslos, arrugando mi falda. Qué rico se siente su toque, pensé, mientras él besaba mi cuello, lamiendo el sudor que perlaba mi clavícula. El olor de mi excitación empezaba a mezclarse con el desinfectante, creando un perfume prohibido y adictivo.

Desabotoné su camisa con dedos temblorosos, revelando su pecho velludo, pectorales firmes que lamí con deleite. Sabían a sal y sol mexicano. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi piel.

Eres mi huésped perfecto, Ana. Este ambiente nos está volviendo locos
, dijo entre besos, mientras bajaba mi blusa y liberaba mis senos. Sus manos los acunaron, pulgares rozando pezones endurecidos como piedritas. El placer me arqueó la espalda, un jadeo escapando mis labios.

La tensión crecía como una incubación bacteriana. Nos quitamos la ropa con urgencia, pero sin prisa torpe. Su pantalón cayó, revelando su erección dura, palpitante, coronada de una gota perlada que lamí con la lengua plana. ¡Chingón! Él gimió fuerte, agarrando mi pelo. El sabor era almizclado, puro deseo masculino. Me chupó con devoción, su boca caliente envolviéndome, lengua girando en círculos que me hicieron retorcer. El sonido húmedo de succión llenaba el lab, mezclado con mis moans ahogados.

Lo empujé contra la mesa opuesta, montándolo como una amazona. Su verga gruesa me llenó despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente.

¡Ay, pendejo, qué grande estás!
exclamé, riendo entre gemidos. Él sonrió pícaro, embistiéndome desde abajo con ritmo creciente. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas sudorosas, piel contra piel resbalosa. Olía a sexo crudo, sudor, feromonas. El laboratorio giraba: microscopios testigos mudos, placas petri vibrando con nuestros movimientos.

La intensidad subió. Cambiamos posiciones; él me puso de espaldas contra la pared, entrando profundo mientras mordisqueaba mi hombro. Cada estocada rozaba mi punto G, enviando olas de placer que me nublaban la vista. Mis uñas arañaron su espalda, dejando marcas rojas como huellas de bacteria. La salmonelosis triada ecologica en acción: agente su polla, huésped mi coño ansioso, ambiente este pinche lab caliente, divagué en mi mente, riendo interiormente.

El clímax llegó como una epidemia descontrolada. Grité su nombre, mi cuerpo convulsionando alrededor de él, jugos calientes empapándonos. Él se tensó, gruñendo como animal, llenándome con chorros calientes que sentí pulsar dentro. Colapsamos juntos en el suelo acolchado de mats, jadeando, pieles pegajosas unidas.

En el afterglow, Diego me besó la frente, su pecho subiendo y bajando contra el mío. El aire olía a nosotros, satisfechos, con ecos del desinfectante como recordatorio del mundo real.

Esta triada fue perfecta, ¿verdad?
murmuró, acariciando mi cabello húmedo.

Sonreí, trazando círculos en su piel. Neta, el mejor experimento de mi vida. Afuera, la noche mexicana cantaba con grillos y luces lejanas de la ciudad. Nos vestimos despacio, robando besos, sabiendo que la salmonelosis triada ecologica era solo el pretexto para esta conexión ardiente. Mañana seguiríamos salvando granjas, pero hoy, habíamos salvado nuestra hambre mutua. El deseo, como la bacteria, siempre encuentra su triada perfecta.

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