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Pruébame Pruébame Donna Summer

7428 palabras

Pruébame Pruébame Donna Summer

La noche en la playa de Puerto Vallarta olía a sal marina mezclada con el humo de las fogatas y el perfume dulce de las flores tropicales que flotaba en el aire cálido. Tú estabas ahí, con una cerveza fría en la mano, sintiendo la arena tibia bajo tus pies descalzos mientras la música retumbaba desde los altavoces improvisados. Era una de esas fiestas playeras que arman los locales en verano, con luces de colores parpadeando y cuerpos moviéndose al ritmo del disco viejo que alguien había traído. De repente, Try Me I Know We Can Make It de Donna Summer empezó a sonar, esa voz ronca y sensual que te erizaba la piel. "Try me, try me", repetía la canción, y tú sentiste un cosquilleo en el estómago, como si el destino te estuviera llamando.

Ahí la viste. Karla, con su piel morena brillando bajo las luces, el cabello negro suelto cayendo en ondas salvajes hasta la cintura. Llevaba un vestido ligero de tirantes que se pegaba a sus curvas como una segunda piel, dejando ver el contorno de sus pechos firmes y el movimiento hipnótico de sus caderas. Te miró desde el otro lado de la fogata, con ojos cafés intensos que parecían devorarte. Órale, güey, pensaste, esta chava está cañona. Ella sonrió, una sonrisa pícara que prometía problemas del bueno, y empezó a moverse hacia ti al ritmo de Donna Summer. Sus pies descalzos pisaban la arena con gracia felina, y el aire se llenó con su aroma: coco y vainilla, mezclado con el salitre del mar.

Try me, try me, Donna Summer —susurró ella al llegar a tu lado, su voz ronca imitando la diva disco, mientras ponía una mano en tu pecho. Sentiste el calor de su palma a través de la camisa ligera, y tu corazón dio un brinco. ¿Quién era esta morra? No la conocías, pero en ese momento no importaba. La fiesta bullía a su alrededor: risas, el crepitar del fuego, las olas rompiendo suaves en la orilla. Ella se pegó más, su cadera rozando la tuya, y tú inhalaste profundo, embriagado por su esencia.

¿Y si la pruebo? ¿Y si dejo que me pruebe?

—Pruébame, carnal —le dijiste, con la voz grave, capturando su mirada. Ella rio, un sonido gutural y juguetón que te vibró en los huesos.

Ah, pinche listo —respondió, mordiéndose el labio inferior—. Vamos a ver si aguantas el ritmo de Donna.

Empezaron a bailar, cuerpos enredándose como si se conocieran de toda la vida. Sus manos subieron por tu espalda, uñas rozando la tela, enviando chispas eléctricas directo a tu entrepierna. Tú la sujetaste por la cintura, sintiendo la suavidad de su piel bajo el vestido, el calor que emanaba de ella como un horno encendido. La canción seguía: "Try me, I know we can make it", y cada "try me" era como una invitación al pecado. El sudor empezaba a perlar su cuello, y tú no pudiste resistir: inclinaste la cabeza y lamiste esa gota salada, saboreándola como néctar prohibido. Ella jadeó, un sonido corto y agudo que se ahogó en la música.

La tensión crecía con cada giro. Tus manos bajaron a sus nalgas, firmes y redondas, apretándolas lo justo para hacerla gemir bajito en tu oído. Su aliento caliente contra tu oreja, oliendo a tequila y menta. Ella te mordió el lóbulo, suave pero posesiva, y susurró:

Try me try me Donna Summer, ¿ves? Te lo dije.

El deseo ardía, pero no querías apresurarte. La llevaste de la mano lejos de la fogata, hacia las palmeras que custodiaban la playa. La luna llena iluminaba el camino, el sonido de las olas como un latido constante. Se detuvieron en una cabaña abandonada pero acogedora, con hamacas colgando y el aroma a madera vieja. Ahí, solos, ella te empujó contra la pared de bambú, sus labios chocando con los tuyos en un beso feroz. Lenguas danzando, sabores mezclándose: su boca dulce, la tuya con regusto a cerveza. Manos explorando, tu camisa voló al suelo, sus tirantes cayeron, revelando pechos perfectos, pezones oscuros endurecidos por el aire nocturno.

Caíste de rodillas en la arena, besando su vientre plano, bajando el vestido hasta sus caderas. El olor de su excitación te golpeó: almizcle femenino, intenso, adictivo. Ella separó las piernas, temblando, y tú lamiste su interior, saboreando la humedad salada y dulce de su panocha. Pinche delicia, pensaste, mientras su clítoris palpitaba bajo tu lengua. Karla arqueó la espalda, manos en tu cabello, gimiendo alto:

¡Sí, cabrón, así! —Sus jugos corrían por tu barbilla, el sabor embriagador como tequila puro.

Pero ella no era de las que se deja solo recibir. Te levantó, ojos llameantes, y te desabrochó los shorts. Tu verga saltó libre, dura como piedra, venosa y palpitante. Ella la miró con hambre, lamiéndose los labios.

—Ahora try me tú —dijo, arrodillándose. Su boca caliente la envolvió, lengua girando alrededor del glande, succionando con maestría. Sentiste el vacío y el lleno alternando, sus mejillas hundidas, el sonido húmedo de su chupada mezclándose con las olas. Me va a matar esta morra, tu mente gritaba, mientras tus caderas se movían solas, follando su boca suave.

La levantaste, la giraste contra la pared. Su vestido era un trapo en el suelo, cuerpos desnudos pegados, sudor resbalando entre pieles. Entraste en ella de un empujón lento, sintiendo cada centímetro de su calor apretado envolviéndote. ¡Qué chingón! Ella gritó de placer, uñas clavándose en tus hombros, el dolor mezclándose con el éxtasis. Empezaste a bombear, ritmos profundos, el slap-slap de carne contra carne ahogando la música lejana. Sus paredes internas te ordeñaban, húmedas y calientes, mientras ella giraba la cabeza para besarte, mordiendo tu labio.

Esto es puro fuego, puro Donna Summer en las venas

La intensidad subía. Cambiaron posiciones: ella encima en la hamaca, cabalgándote como una diosa salvaje. Sus tetas rebotando, pezones rozando tu pecho, el vaivén hipnótico de sus caderas. Tú la sujetabas por las nalgas, guiándola, sintiendo cómo se contraía alrededor de tu verga. El olor a sexo impregnaba el aire, sudor, fluidos, mar. Sus gemidos se volvieron gritos: ¡Cógeme más duro, pendejo! Tú obedeciste, embistiéndola desde abajo, bolas golpeando su culo.

El clímax se acercaba como una ola gigante. Ella se tensó primero, cuerpo temblando, panocha convulsionando en espasmos que te exprimían. ¡Me vengo, me vengo! chilló, uñas rasguñando tu pecho, jugos calientes empapando todo. Eso te lanzó al borde: un rugido gutural salió de tu garganta mientras explotabas dentro de ella, chorros calientes llenándola, pulsos interminables de placer puro. Colapsaron juntos, jadeando, corazones latiendo al unísono como tambores.

En el afterglow, yacían enredados en la hamaca, el mar susurrando bendiciones. Su cabeza en tu pecho, dedo trazando círculos en tu piel húmeda. El aroma a sexo y sal persistía, pero ahora mezclado con paz. Ella levantó la vista, sonrisa satisfecha.

Try me try me Donna Summer —murmuró, riendo suave—. ¿Ves? Lo hicimos.

Tú la besaste en la frente, sintiendo el peso dulce del momento. La noche playera continuaba lejana, pero aquí, en este rincón, habían creado su propio verano eterno, lleno de promesas y recuerdos ardientes.

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