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El Trío Ardiente

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El Trío Ardiente

El sol de Puerto Vallarta se ponía como una bola de fuego sobre el Pacífico, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en las olas. Yo, Ana, estaba en la terraza de nuestra casa en la playa, con un vestido ligero que se pegaba a mi piel por la brisa salada. Marco, mi carnal, mi amor de años, preparaba unos tequilas en la barra. Habíamos hablado de esto por meses: la fantasía de un trío. No era solo sexo, era confianza, era romper barreras juntos. Neta, ¿y si sale mal? pensé, pero el cosquilleo en mi vientre me decía que no.

Raúl llegó puntual, con su sonrisa de galán y esa camiseta que marcaba sus pectorales. Era nuestro amigo de la uni, el wey que siempre nos hacía reír con sus chistes pendejos. "¡Órale, qué chula se ve la casa!", dijo abrazándome fuerte, su olor a colonia fresca mezclándose con el mar. Marco le dio la mano, pero vi el brillo en sus ojos. Cenamos mariscos frescos, langostinos jugosos que chorreaban mantequilla, y el tequila Reposado nos soltó la lengua. Hablamos de todo: viajes, trabajos, y poco a poco, de deseos. "Yo siempre he pensado que un trío es como un sueño chingón", soltó Raúl, mirándome fijo. Sentí mi piel erizarse, el calor subiendo por mis muslos.

¿Estoy lista? Mi corazón late como tamborazo en fiesta. Marco me aprieta la mano bajo la mesa, su pulgar rozando mi palma. Sí, lo estamos.

La noche avanzó con música de cumbia rebajada sonando bajito desde los bocinas. Bailamos en la terraza, los tres pegaditos. El cuerpo de Raúl contra mi espalda, fuerte y cálido, mientras Marco me tomaba de la cintura por delante. Sus manos exploraban, inocentes al principio: un roce en la cadera, un aliento en el cuello. Olía a sal, a tequila y a hombre. "Eres una diosa, Ana", murmuró Raúl en mi oído, su voz ronca. Marco rio suave: "Es toda mía, carnal, pero hoy compartimos". Mi coño se humedeció al instante, un pulso caliente que me hacía apretar las piernas.

Entramos a la recámara principal, la cama king size con sábanas de algodón egipcio esperando. Las luces tenues de las velas de coco perfumaban el aire. Me senté en el borde, nerviosa pero cachonda. Marco se acercó primero, besándome profundo, su lengua saboreando a tequila y a mí. Raúl nos miraba, desabotonándose la camisa despacio. Chingado, qué guapo está el pendejo, pensé. Se unió, besando mi cuello mientras Marco chupaba mis tetas por encima del vestido. Gemí bajito, el sonido perdido en el rumor de las olas afuera.

Me quitaron el vestido con manos temblorosas de deseo. Quedé en tanga de encaje negro, mis pezones duros como piedras. "Mírala, wey, es perfecta", dijo Marco a Raúl, y los dos se arrodillaron frente a mí. Sus bocas en mis muslos, lamiendo la piel sensible, subiendo lento. Olía mi excitación, ese aroma dulce y almizclado que los volvía locos. Raúl metió la nariz en mi panocha por encima de la tela: "Hueles a paraíso, mami". Marco rio y jaló la tanga a un lado, exponiéndome. Su lengua encontró mi clítoris primero, chupando suave, mientras Raúl lamía mis labios mayores, succionando mis jugos.

¡Ay, cabrones! El placer era doble, como fuego líquido. Mis caderas se movían solas, empujando contra sus caras. Gemidos salían de mi garganta, roncos y sucios: "Sí, así, no paren". Marco metió dos dedos dentro de mí, curvándolos justo ahí, el punto G que me hace ver estrellas. Raúl subió a mis tetas, mordisqueando un pezón mientras se sacaba la verga del pantalón. Era gruesa, venosa, la cabeza brillando de pre-semen. La tomé en mi mano, masturbándola lento, sintiendo su pulso caliente contra mi palma sudorosa.

Esto es real. Dos hombres adorándome, queriéndome hacer volar. Marco me mira con orgullo, Raúl con hambre pura. Soy la reina de esta noche.

La tensión crecía como tormenta. Me recosté, abriendo las piernas. Marco se quitó la ropa rápido, su verga tiesa apuntando al techo. Se puso un condón, siempre responsable el cabrón, y entró en mí despacio. "Estás tan mojada, amor", gruñó, embistiéndome profundo. Cada empujón hacía que mis paredes se apretaran, chorreando más. Raúl se arrodilló junto a mi cabeza, ofreciéndome su pito. Lo chupé ansiosa, saboreando su piel salada, el gusto musgoso de su excitación. Lo mamaba hondo, hasta la garganta, mientras Marco me cogía más fuerte, sus bolas golpeando mi culo.

Cambiaron posiciones, el aire cargado de jadeos y el slap-slap de carne contra carne. Ahora Raúl me penetraba, su verga más ancha estirándome delicioso. "¡Qué rica chocha tienes, Ana! Aprietas como virgen", jadeó. Marco me besaba, su lengua enredándose con la mía, mientras yo le pajeaba. El olor a sexo nos envolvía: sudor fresco, lubricante, semen filtrándose del condón. Mis nervios vibraban, el orgasmo acercándose como ola gigante. "Más rápido, carnales, me vengo", supliqué. Raúl aceleró, clavándome hasta el fondo, Marco pellizcando mis pezones. Exploté gritando, mi coño convulsionando, chorros calientes empapando las sábanas. Temblores me sacudían, visión borrosa de placer puro.

Pero no pararon. Me pusieron de rodillas, perrita en la cama. Marco debajo, yo montándolo reversa, su verga en mi culo lubricado con saliva y crema. Anal suave primero, dolor placentero que se volvía éxtasis. Raúl frente a mí, cogiéndome la boca mientras Marco me llenaba atrás. "¡Chingada madre, qué trío tan chingón!", gritó Marco. Sus embestidas sincronizadas, uno entrando cuando el otro salía. Sudor goteaba de sus cuerpos al mío, piel resbalosa pegándose. Olía a mar, a sexo salvaje, a nosotros tres unidos.

Raúl se vino primero, sacándose el condón y eyaculando en mi lengua, chorros espesos y calientes que tragué con gusto salado. "¡Tómala toda, reina!", rugió. Eso empujó a Marco, que se corrió dentro del condón, gruñendo mi nombre, su verga palpitando contra mis paredes. Yo llegué otra vez, aplastada entre ellos, el placer multiplicado por tres. Colapsamos en un enredo de brazos y piernas, pechos agitados, risas ahogadas.

Después, el afterglow fue puro mimo. Nos duchamos juntos bajo la regadera al aire libre, agua tibia lavando el sudor, manos suaves enjabonando curvas y músculos. Tequila con limón en la terraza, desnudos bajo las estrellas. Marco me besó: "Te amo, mi amor. Esto fue épico". Raúl abrazándonos: "Los mejores amigos, neta". Sentí mi cuerpo saciado, músculos flojos, corazón lleno. El trío no rompió nada; lo fortaleció todo. La brisa nocturna secaba mi piel, trayendo olor a jazmín del jardín. Mañana sería otro día, pero esta noche, éramos invencibles.

Me quedé dormida entre ellos, su calor envolviéndome como manta viva. ¿Repetimos? Claro que sí, weyes.

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