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Colecistitis Aguda Triada Ardiente

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Colecistitis Aguda Triada Ardiente

El consultorio privado en Polanco bullía con el ajetreo del mediodía, pero yo, Sofia, cirujana de veintiocho años, sentía un calor que nada tenía que ver con el sol de México. El aire traía ese olor limpio a antiséptico, mezclado con el café de máquina que tanto me gustaba. Estaba revisando unas radiografías cuando mi enfermera, Carla, entró con esa sonrisa pícara que siempre me ponía la piel de gallina.

Órale, Sofi, tienes un paciente nuevo que está cañón, me dijo guiñando el ojo. Carla era mi cómplice en todo, mi amante desde hace dos años, con curvas que volvían loco a cualquiera y un tatuaje de calaverita en la cadera que solo yo conocía a fondo. Juntas manejábamos la clínica como reinas, y nuestras noches se llenaban de susurros y caricias que olían a jazmín y sudor fresco.

El paciente se llamaba Alejandro, un empresario de treinta y cinco, alto, moreno, con ojos que brillaban como tequila bajo la luna. Entró quejándose de un dolor punzante en el hipocondrio derecho, fiebre subiendo y náuseas que lo tenían hecho un pendejo. Lo acomodé en la camilla, mi estetoscopio frío contra su piel caliente, y el pulso se me aceleró al sentir su pecho subir y bajar. Colecistitis aguda triada, murmuré mientras palpaba. Dolor en cuadrante superior derecho, fiebre de 39, y el signo de Murphy positivo como un grito. Él jadeó cuando presioné, pero sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad que me mojó las bragas al instante.

¿Qué carajos me pasa? Este wey está enfermo, pero huele a hombre de verdad, a colonia cara y deseo reprimido. No puedo, pero neta quiero tocar más que su abdomen.

Lo mandamos a rayos X y labs, y mientras esperábamos, Carla y yo nos miramos. Ella se mordió el labio, yo asentí. Alejandro era el tipo perfecto para nuestra tríada secreta, esa fantasía que jugábamos en las madrugadas, tres cuerpos enredados sin tabúes. Le dimos antibióticos IV y analgésicos, y en horas su fiebre bajó, el color volvió a su cara morena. Se quedó en observación esa noche, en la habitación privada con vista a los jacarandas de la colonia.

La tensión creció como tormenta en el DF. Por la tarde, entré a checarlo, mi bata blanca apenas cubriendo el escote que Carla me había insistido en mostrar. Él estaba semidesnudo, la sábana baja en sus caderas, revelando abdominales marcados que pedían ser lamidos. Gracias, doctora, dijo con voz ronca, se siente mejor, pero este dolor... me tiene loco. Me acerqué, mis dedos rozaron su brazo, piel suave y ardiente aún por la fiebre residual. Olía a sudor masculino mezclado con el jabón hospitalario, un afrodisíaco puro.

Carla se unió, trayendo una charola con más suero. ¿Quieres que te masajeemos, guapo? le soltó con esa voz juguetona mexicana que derrite. Él rio, nervioso pero excitado, su verga marcándose bajo la sábana.

Neta, estos dos angelitos me van a matar de placer antes que la vesícula
, pensé mientras veía cómo Carla le tomaba la mano, yo la otra. Hablamos de todo: de tacos al pastor en la esquina, de cómo el estrés de los negocios lo había jodido, de nuestras vidas. Yo confesé que odiaba la rutina, que necesitaba fuego, y él admitió que su ex lo había dejado seco. Carla, pendeja coqueta, rozó su muslo sin querer, y el aire se cargó de electricidad.

La noche cayó, las luces de Polanco parpadeando afuera como estrellas sucias. La clínica estaba vacía, solo nuestro trío en esa habitación con olor a deseo creciente. Alejandro se incorporó, más fuerte ya, y me jaló por la cintura. Doctora, no soy pendejo, sé que hay química aquí, murmuró, sus labios a centímetros. Asentí, mi corazón latiendo como tamborazo en fiesta. Carla cerró la puerta con llave, su risa baja y traviesa. La colecistitis aguda triada se cura con triple dosis de placer, ¿no, Sofi?

Nos besamos primero él y yo, su lengua invadiendo mi boca con sabor a menta y hambre. Sus manos grandes amasaron mis chichis sobre la blusa, pezones duros como piedras. Carla se pegó por detrás, besando mi cuello, sus dedos bajando mi falda. Olía a su perfume de vainilla, mezclado con el almizcle de nuestra excitación. Qué rico huelen, cabronas, gruñó Alejandro, mientras Carla le bajaba la sábana y liberaba esa verga gruesa, venosa, palpitante. Yo la tomé en mano, piel aterciopelada caliente, y lamí la punta, salado y dulce.

La escalada fue brutal, sensorial pura. Lo tumbamos en la camilla, yo montándolo despacio, su verga abriéndome la panocha empapada, centímetro a centímetro. ¡Ay, wey, estás enorme! gemí, mis caderas girando, sintiendo cada vena rozar mis paredes. Carla se sentó en su cara, su culazo perfecto bajando sobre su boca. Él lamía como desesperado, chupando su clítoris hinchado, ella gimiendo ¡sí, cabrón, así! Yo rebotaba, tetas saltando, el slap slap de piel contra piel resonando como música prohibida. Sudor nos cubría, brillando bajo la luz tenue, olor a sexo crudo llenando la habitación.

Esto es la tríada perfecta: su verga en mí, mi lengua en Carla, sus dedos en nosotras. La fiebre no era nada comparada con este ardor

Cambié posiciones, Carla ahora abajo, yo lamiendo su coñito rosado mientras Alejandro me penetraba por atrás, doggy style feroz. Sus embestidas profundas, bolas golpeando mi clítoris, me hacían gritar. ¡Más duro, pendejo, rómpeme! Él obedecía, gruñendo, manos en mis caderas. Carla se corrió primero, chorro caliente en mi boca, sabor almendrado. Yo seguí, oleadas de placer rompiéndome, piernas temblando. Alejandro explotó dentro de mí, leche espesa llenándome, gimiendo mi nombre.

Colapsamos enredados, respiraciones jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos. El aire olía a orgasmo compartido, a victoria. Le besé la frente, aún tibia. Tu colecistitis aguda triada está controlada, amor. Mañana cirugía si hace falta, pero hoy... puro clímax. Carla rio, acurrucándose, su mano en mi muslo. Hablamos bajito de repetir, de cenas en taquerías, de noches sin fin.

Al amanecer, con jacarandas moviéndose afuera, nos despedimos con promesas. Alejandro salió caminando firme, recetado y satisfecho. Yo y Carla nos miramos, cómplices eternas. Esa colecistitis aguda triada había unido tres almas en fuego mexicano, un lazo que ardía más que cualquier fiebre.

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