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El Trier que me Enloqueció

7179 palabras

El Trier que me Enloqueció

Estaba en una fiesta en la Roma Norte, de esas que duran hasta el amanecer, con luces tenues y música electrónica retumbando en las paredes. El aire olía a tequila reposado y perfume caro, mezclado con el humo dulce de los cigarros electrónicos. Yo, Valeria, acababa de salir de una ruptura chafa, y mis amigas me habían arrastrado ahí para "despejarme". Llevaba un vestido negro ajustado que se pegaba a mis curvas como una segunda piel, y sentía el roce fresco de la tela contra mis muslos cada vez que me movía.

Ahí lo vi por primera vez. Alto, moreno, con una sonrisa pícara que prometía problemas del bueno. Sus amigos lo llamaban el Trier, porque según decían, nunca se rendía en lo que se proponía. "Es un pinche terco, pero de los chidos", me soltó uno mientras me servía un trago. "Siempre trata hasta lograrlo". Neta, su mirada me recorrió de arriba abajo, deteniéndose en mis labios, y sentí un cosquilleo en el estómago. Él se acercó, con esa confianza de quien sabe lo que quiere.

"¿Bailas?", me dijo, su voz grave cortando el ruido. Olía a colonia masculina, madera y algo salvaje. Extendió la mano, y yo, sin pensarlo dos veces, la tomé. Sus dedos eran cálidos, firmes, envolviendo los míos con una presión que ya me hacía imaginar otras partes de su cuerpo. Bailamos pegados, su pecho duro contra mis tetas, el calor de su piel traspasando la ropa. Sentía su aliento en mi cuello, caliente, y el roce de su cadera contra la mía. Este wey sabe lo que hace, pensé, mientras mi pulso se aceleraba.

La noche avanzó con shots de mezcal que quemaban la garganta como fuego líquido, dejando un regusto ahumado en la boca. Hablamos de todo: de la ciudad que nunca duerme, de tacos al pastor a media noche, de cómo la vida en México es un desmadre hermoso. Él era Alex, diseñador gráfico, de esos que viven en departamentos minimalistas con vistas al skyline. "Soy un trier", me confesó riendo, cuando le pregunté por qué sus cuates le decían así. "En el amor, en el trabajo, en la cama... siempre voy por más". Sus ojos brillaban, y yo sentí un calor húmedo entre las piernas.

¿Y si lo dejo probar conmigo?

Al final de la fiesta, cuando la gente empezaba a dispersarse, me invitó a su depa, que estaba a unas cuadras. Caminamos por las calles empedradas, el viento fresco de la noche levantando mi vestido, rozando mis piernas desnudas. Su mano en mi cintura era posesiva pero suave, enviando chispas por mi espina. Entramos a su lugar: luces bajas, un sofá de piel suave, y una botella de vino tinto abierta en la mesa. "Prueba esto", dijo, sirviéndome una copa. El vino era aterciopelado en la lengua, con notas de mora y vainilla, y lo bebí mirándolo fijamente.

Nos sentamos cerca, demasiado cerca. Su muslo presionaba el mío, y el calor de su cuerpo me envolvía como una manta. Empezó con besos suaves en el cuello, su barba incipiente raspando deliciosamente mi piel. Qué rico se siente. Sus labios bajaron a mi clavícula, chupando suave, dejando un rastro húmedo que se enfriaba al aire. Yo gemí bajito, arqueando la espalda. "Eres preciosa", murmuró, su voz ronca. Deslizó la mano por mi muslo, subiendo lento, torturándome. Sentía sus dedos ásperos, de quien trabaja con las manos, explorando la suavidad de mi piel interior.

Lo empujé al sofá, queriendo tomar control. Me subí a horcajadas, sintiendo su verga dura presionando contra mi panocha a través de la tela. Pinche dura, pensé, moviéndome en círculos lentos. Él gruñó, agarrando mis nalgas con fuerza, amasándolas. "Sigue así, mamacita", jadeó. Le quité la camisa, revelando un pecho definido, con vello oscuro que olía a sudor limpio y deseo. Lamí sus pezones, saboreando la sal de su piel, mientras él metía la mano bajo mi vestido, rozando mi clítoris con el pulgar. Un relámpago de placer me recorrió, y mojé sus dedos al instante.

Pero él era el Trier, no se conformaba. Me levantó en brazos como si nada, llevándome a la recámara. La cama era king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda desnuda cuando me tiró ahí. Se desvistió lento, dejándome ver su verga erguida, gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. Neta, qué chingona. Se arrodilló entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando hasta mi monte de Venus. Su lengua trazó círculos alrededor de mi clítoris, lamiendo suave al principio, luego succionando con hambre. El sonido era obsceno: chup chup húmedo, mezclado con mis gemidos ahogados. Olía a mi propia excitación, almizclada, adictiva.

"¿Te gusta?", preguntó, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. "¡Sí, cabrón, no pares!", grité, agarrando su pelo. Él probaba ritmos diferentes, velocidades, presionando con la lengua mientras follaba con los dedos. Mi cuerpo temblaba, el sudor perlando mi piel, el corazón latiendo como tambor. Este trier me va a matar de placer. El orgasmo llegó como ola, convulsionando, gritando su nombre, el sabor de mi propia esencia en sus labios cuando me besó después.

No terminó ahí. Quería más, siempre más. Me puso de perrito, su verga rozando mi entrada, untándose en mis jugos. "Dime si quieres", susurró, respetuoso pero ansioso. "¡Métela ya, pendejo!", exigí, empujando contra él. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, el calor palpitante llenándome. Empezó a bombear, suave primero, luego fuerte, el slap slap de piel contra piel resonando. Sus bolas golpeaban mi clítoris, enviando descargas. Agarró mis tetas desde atrás, pellizcando pezones, mientras yo me retorcía.

Cambió posiciones como experto: me sentó en su cara, ahogándose en mi panocha mientras yo chupaba su verga, 69 perfecto. Su sabor era salado, viril, con un toque de mi propia humedad. Lo tragué profundo, sintiendo su glande en la garganta, mientras él lamía mi culo, probando todo.

Soy su trier personal esta noche
, pensé entre arcadas placenteras. Luego, contra la pared, mis piernas alrededor de su cintura, follando vertical, el fresco de la pared contra mi espalda contrastando con su calor frontal.

La tensión crecía, mis uñas clavándose en su espalda, dejando marcas rojas. Él sudaba, gotas cayendo en mis tetas, y yo las lamía. "Me vengo", avisó, su voz quebrada. "Adentro, córrele", supliqué, y explotó, llenándome de chorros calientes, pulsantes. Yo seguí, ordeñándolo con contracciones, el placer multiplicado.

Caímos en la cama, exhaustos, jadeantes. Su brazo alrededor de mí, piel pegajosa de sudor, el olor a sexo impregnando el aire. Besos perezosos, risas suaves. "Eres increíble", murmuró, acariciando mi pelo. Yo sonreí, sintiendo el afterglow cálido en el pecho. El Trier cumplió. Afuera, la ciudad despertaba con cláxones lejanos, pero en ese momento, solo existíamos nosotros, satisfechos, conectados. Mañana quién sabe, pero esa noche fue perfecta, un desmadre consensual y ardiente que recordaré siempre.

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