Letras de Un Intento Más
La noche en Polanco estaba viva, con ese bullicio chido de la Zona Rosa que siempre me ponía de buenas. El aire olía a tacos de suadero y a perfume caro, mezclado con el humo de los cigarros electrónicos que todos traían. Yo, Ana, sentada en la barra del bar con un margarita helado en la mano, sentía el vidrio frío contra mis dedos mientras el hielo se derretía gota a gota. Hacía meses que no veía a Marco, mi ex, ese pendejo que me había roto el corazón con sus viajes eternos de trabajo. Pero ahí estaba él, entrando como si nada, con su camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales y esa sonrisa de galán de telenovela que me derretía.
—Órale, Ana, ¿qué onda? ¿Sola? —dijo, su voz grave retumbando en mi pecho como un bajo de cumbia rebajada.
Me quedé mirándolo, el corazón latiéndome a mil. Olía a colonia fresca, esa que siempre usaba, con notas de sándalo que me recordaban las noches en su depa.
¿Por qué carajos regresa ahora? ¿Otro intento? No mames, Ana, no caigas tan fácil.Pero mis ojos bajaron a sus labios carnosos, y sentí un calor subiéndome por las piernas.
—Sí, sola —respondí, juguetona—. Pero no por mucho.
Nos sentamos juntos, platicando de pendejadas, de la vida, de cómo el tiempo había pasado volando. De repente, el DJ puso una rola vieja, One More Try de George Michael. Las letras flotaban en el aire: "I played my part, now you play your part... one more try". Marco se acercó más, su muslo rozando el mío bajo la barra. El roce era eléctrico, como una chispa en mi piel morena.
—Recuerdas esta rola? —murmuró, su aliento cálido en mi oreja, oliendo a tequila reposado—. Fue nuestra canción esa vez en la playa de Puerto Vallarta.
Sí la recordaba. Las letras de one more try habían sido nuestro himno antes de que todo se fuera al carajo. Esa noche, el deseo inicial era como una brisa tibia: sutil, pero cargada de promesas.
Salimos del bar tomados de la mano, el viento nocturno acariciando mi escote en ese vestido negro ceñido que hacía que mis curvas se vieran de infarto. Caminamos hasta su coche, un BMW reluciente estacionado en la calle empedrada. Adentro, el cuero de los asientos se pegaba a mis muslos desnudos, y el motor ronroneaba como un gato en celo mientras manejaba hacia su penthouse en Lomas de Chapultepec. No hablamos mucho; el silencio estaba lleno de tensión, de ese quiero cogerte ya que se palpaba en el aire.
Al llegar, la puerta se cerró con un clic suave. Su depa era puro lujo: luces tenues, vista al skyline de la ciudad, y un aroma a velas de vainilla que encendió de inmediato. Marco me jaló hacia él, sus manos grandes en mi cintura, apretándome contra su cuerpo duro. Sentí su verga ya semi-dura presionando mi vientre, y un jadeo se me escapó.
—Ana, dame una oportunidad más —susurró, citando las letras de one more try con esa voz ronca que me ponía los vellos de punta—. No quiero perderte otra vez, mi reina.
¿Y si esta vez sí funciona? Su piel contra la mía huele a hombre, a deseo puro. No pienses, siente.
Lo besé primero, mis labios saboreando los suyos salados por el sudor ligero de la noche. Su lengua invadió mi boca, danzando con la mía en un ritmo lento, explorador. Bajé las manos por su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa. La desabotoné despacio, botón por botón, mientras él me quitaba el vestido, dejando al aire mis tetas firmes con encaje negro. El aire fresco del AC erizó mis pezones, duros como piedritas.
Nos movimos al sofá de piel italiana, suave contra mi piel desnuda. Marco se arrodilló frente a mí, besando mi cuello, bajando por el valle de mis senos. Lamía mi piel, dejando un rastro húmedo que brillaba bajo la luz ámbar. Olía a mi perfume de jazmín mezclado con mi excitación, ese musk dulce que lo volvía loco.
—Eres tan chingona, Ana —gruñó, mordisqueando mi pezón izquierdo, succionándolo con fuerza justa. Un gemido largo salió de mi garganta, vibrando en el cuarto silencioso salvo por nuestra respiración agitada.
La tensión subía como la marea en Cancún. Mis manos enredadas en su pelo negro, lo guiaba hacia abajo. Él obedeció, besando mi ombligo, mi pubis depilado. Sus dedos abrieron mis piernas, rozando mis labios mayores hinchados de ganas. El primer toque fue ligero, como pluma, haciendo que mis caderas se arquearan solas. Qué rico, cabrón, pensé, mientras introducía un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en mi punto G. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis jugos cubriendo su mano.
—Estás empapada, mi amor —dijo, lamiendo sus dedos, saboreándome con deleite—. Sabes a miel caliente.
Lo empujé al sofá, queriendo control. Le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, la dureza aterciopelada. La olía a él, puro macho. Lamí la punta, salada por su pre-semen, y la engullí despacio, hasta la garganta. Marco jadeaba, sus caderas empujando suave, no mames, qué buena chupas.
Esto es lo que extrañaba: su sabor, su pulso en mi boca, el poder de hacerlo gemir como loco.
La escalada era imparable. Me subí a horcajadas, frotando mi panocha mojada contra su verga, lubricándola. Nuestros ojos se clavaron: los suyos cafés intensos, llenos de hambre. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo estirarme, llenarme hasta el fondo. Ay, Dios, el placer era un rayo: presión deliciosa, roce en mis paredes internas. Empecé a moverme, lento al principio, círculos de cadera que lo volvían loco. El sonido de piel contra piel, chap chap chap, se mezclaba con nuestros gemidos. Sudábamos, el olor a sexo impregnaba todo: salado, animal, adictivo.
Marco me agarró las nalgas, amasándolas fuerte, guiando mis movimientos. Aceleré, cabalgándolo como en un rodeo, mis tetas rebotando. Tocó mi clítoris con el pulgar, círculos precisos, y sentí el orgasmo construyéndose, una ola gigante en mi vientre.
—Vente conmigo, Ana, una más intento —jadeó, recordando las letras, su voz quebrada.
Exploté primero, un grito ronco saliendo de mí mientras mi coño se contraía alrededor de él, ordeñándolo. Olas y olas de placer, mi visión nublándose, el cuerpo temblando. Él siguió unos segundos, gruñendo como bestia, llenándome con chorros calientes, profundos. Colapsamos juntos, pegajosos, jadeantes.
En el afterglow, yacíamos enredados, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. El aire olía a nosotros, a semen y sudor dulce. Besó mi piel, suave ahora.
—Esta vez sí, Ana. Letras de un intento más, pero el bueno —murmuró.
Su calor contra mí, su promesa en el aire. Tal vez sí, pendejo. Tal vez esta sea la definitiva.
Nos quedamos así, la ciudad brillando afuera, mientras el eco de la rola sonaba en mi mente. Un cierre perfecto, con el alma en paz y el cuerpo saciado.