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La Agente de la Triada Epidemiologica en Llamas de Deseo

6970 palabras

La Agente de la Triada Epidemiologica en Llamas de Deseo

Me llamo Karla, y en el mundo de la epidemiología soy conocida como la agente de la triada epidemiologica. No porque sea un patógeno, sino porque domino ese triángulo perfecto: agente, huésped, ambiente. Soy la que identifica al culpable invisible que desata las epidemias, la que cierra el círculo para controlarlo todo. Pero esa mañana en el laboratorio del IMSS en la Ciudad de México, algo cambió. El aire acondicionado zumbaba como un enjambre perezoso, y el olor a desinfectante se mezclaba con el café recién hecho que flotaba desde la máquina. Llevaba mi bata blanca ceñida, que acentuaba mis curvas sin querer, y mi cabello negro recogido en una coleta alta que se mecía con cada paso.

Entró él, el doctor Mateo, un tipo alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como el tequila bajo el sol de Guadalajara. Venía de la zona norte, experto en vectores, y el jefe nos juntó para rastrear un brote raro de fiebre en las colonias ponientes. “Qué onda, Karla”, dijo con esa sonrisa pícara, extendiendo la mano. Su palma era cálida, áspera por el trabajo de campo, y un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Olía a jabón fresco y un toque de sudor masculino, ese aroma que hace que el estómago se apriete. “Armemos el plan, carnal”, respondí, sintiendo ya esa chispa inicial, como el primer caso sospechoso que te mantiene noches enteras.

Pasamos horas revisando muestras bajo el microscopio. El zumbido del ventilador, el clic de los tubos de ensayo, el roce accidental de su brazo contra el mío. Cada vez que se inclinaba, su aliento cálido rozaba mi cuello, y yo sentía mi piel erizarse. “Mira esto”, murmuró, señalando una placa. Su dedo índice rozó el mío, y juro que fue como una descarga eléctrica. En mi mente, lo comparé con la triada epidemiologica: él era el agente infeccioso, yo la huésped vulnerable, y este laboratorio el ambiente perfecto para que el deseo se propagara sin control.

El sol ya se ponía cuando salimos a inspeccionar el terreno. Tomamos mi Tsuru viejo pero confiable, rumbo a una clínica en Polanco. El tráfico de la Reforma era un caos de cláxones y vendedores ambulantes gritando “¡Elotes!”, pero adentro del coche, la tensión crecía como una curva epidemiológica en ascenso. Poníamos música de rock en español, algo de Caifanes, y cantábamos bajito. “Eres bien chingona en esto de la triada, ¿eh?”, dijo riendo, su mano apoyada en la palanca de cambios, tan cerca de mi muslo que podía sentir el calor irradiando a través de mis jeans ajustados.

“¿Qué pasa si el agente eres tú? ¿Qué pasa si me infectas con algo que no tiene cura?”
Pensé para mis adentros, mordiéndome el labio mientras lo veía manejar. Llegamos a la clínica, hablamos con pacientes, tomamos muestras. Una señora nos contó de fiebres altas, sudores nocturnos. “Como si el cuerpo ardiera por dentro”, dijo. Yo asentí profesional, pero mi mente volaba: ¿y si mi cuerpo ardía por él? De regreso, la lluvia empezó a caer, espesa como jarabe, golpeando el techo del coche con un ritmo hipnótico. Paramos en un Oxxo por chelas frías. “Para relajar el ambiente”, bromeó, y nos sentamos en la cajuela con las piernas colgando, bebiendo bajo el toldo mientras el agua chorreaba a nuestro alrededor.

Su rodilla tocó la mía, y no me aparté. El frío de la cerveza contrastaba con el calor de su mirada. “Sabes, Karla, tú eres el agente que me tiene jodido. Despiertas algo en mí que no controlo”. Su voz era ronca, grave, como el trueno lejano. Mi corazón latía fuerte, el pulso acelerado en mis sienes. Olía a lluvia, a cerveza y a él, ese olor almizclado que se cuela en las fosas nasales y despierta instintos primarios. “¿Y si te dejo infectarme?”, susurré, dejando que mi mano subiera por su muslo. Sentí los músculos tensarse bajo la tela, duros como rocas.

La tensión explotó ahí mismo, en el estacionamiento desierto. Me jaló hacia él, sus labios capturando los míos con hambre voraz. Sabían a cerveza fría y a menta, su lengua explorando mi boca con urgencia, chupando, mordiendo suave. Gemí contra su boca, mis manos enredándose en su cabello húmedo. El agua nos salpicaba, empapando mi blusa blanca hasta que se pegó a mis pechos, delineando mis pezones erectos. “Estás empapada, güey”, murmuró riendo bajito, sus manos grandes cubriendo mis senos, apretando con esa presión perfecta que hace arquear la espalda.

Nos metimos al coche, el vapor empañando los vidrios como un velo de secreto. Yo me subí encima de él en el asiento del copiloto, sintiendo su verga dura presionando contra mi entrepierna a través de la ropa. “Quítate eso, Mateo”, ordené, mi voz temblorosa de deseo. Él obedeció, bajándose los pantalones con prisa, liberando esa polla gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor aterciopelado, el pulso latiendo como un corazón desbocado. Él gimió, un sonido gutural que vibró en mi clítoris. “Chíngame, Karla, hazme tuyo”.

Me quité el pantalón con torpeza, mi panocha ya chorreando, resbalosa de jugos que olían a excitación pura, dulce y salada. Me acomodé sobre él, guiando la punta hacia mi entrada. Lentamente bajé, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estiraba, me llenaba hasta el fondo. “¡Ay, cabrón!”, grité, el placer quemando como fiebre alta. Empecé a moverme, arriba y abajo, mis caderas girando en círculos, el sonido húmedo de piel contra piel mezclándose con nuestros jadeos. Sus manos en mi culo, amasando, azotando suave, el ardor delicioso extendiéndose.

El coche se mecía con nosotros, los vidrios empañados rayados por mis uñas. Sudábamos, el olor a sexo impregnando el aire confinado: almizcle, sudor, lluvia. Él chupaba mis tetas, lamiendo los pezones duros como caramelos, mordiendo hasta que dolía rico. “Eres mi agente infeccioso, la triada completa”, gruñó, embistiéndome desde abajo, su verga golpeando ese punto profundo que me hacía ver estrellas. Mi orgasmo llegó como una ola epidemiológica: incontrolable, arrasador. Me corrí gritando, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo mientras él se tensaba, llenándome con chorros calientes, espesos, su semen mezclándose con mis jugos.

Colapsamos, respirando agitados, mi cabeza en su pecho escuchando su corazón galopante. La lluvia amainaba, dejando un goteo rítmico. “Qué chido fue eso”, murmuró, besándome la frente. Yo sonreí, trazando círculos en su piel húmeda. En ese momento, la agente de la triada epidemiologica había encontrado su propio brote: uno de pasión mutua, consensual, que no quería erradicar. Nos vestimos entre risas, prometiendo más “investigaciones” juntas. Salimos a la noche mexicana, el neón de la ciudad parpadeando como promesas, sabiendo que esto era solo el principio de nuestra epidemia personal.

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