Una Prueba Antes de Probarte
El calor de la noche en Polanco me envolvía como una caricia pegajosa mientras abría la puerta de mi depa. Las luces tenues del pasillo iluminaban mi piel morena, y el aroma a jazmín de mi perfume se mezclaba con el humo lejano de los tacos al pastor de la esquina. Ahí estaba él, Marco, con esa sonrisa pícara que me había enganchado en Tinder. Alto, con el cabello revuelto y una camiseta ajustada que marcaba sus pectorales. Neta, este wey pinta para algo chido, pensé, mientras lo invitaba a pasar con un guiño.
—Pásale, guapo —le dije, mi voz ronca por la emoción—. Pero ojo, esto no es cualquier rollo. Hay una prueba antes de intentar lo heavy.
Él rio, ese sonido grave que me erizó la piel. Entramos a la sala, donde el ventilador zumbaba perezoso y la ciudad bullía afuera por la ventana. Le serví un tequila reposado en un vasito de cristal, el líquido ámbar brillando bajo la luz. Nuestros dedos se rozaron al pasárselo, y sentí esa chispa, como electricidad estática en mi clítoris. Me senté en el sofá de terciopelo rojo, cruzando las piernas para que mi falda corta subiera un poco, dejando ver el encaje negro de mis panties.
Marco se acomodó a mi lado, su muslo musculoso pegándose al mío. Olía a colonia fresca con un toque de sudor masculino, ese olor que me pone loca. Hablamos pendejadas al principio: del pinche tráfico, de la neta de los antros en Reforma. Pero mis ojos bajaban a su entrepierna, donde ya se notaba un bulto prometedor.
¿Resistirá la prueba? ¿O se vendrá como un chamaco?, me pregunté, mordiéndome el labio.
La tensión crecía con cada sorbo. Mi mano rozó su rodilla, subiendo despacio por su muslo. Él jadeó bajito, y yo sonreí. —A ver, Marco, ¿qué tan macho eres? —le susurré al oído, mi aliento caliente contra su piel—. Quiero sentirte, pero primero una prueba antes de intentar el desmadre completo.
Acto uno cerrado, pasamos al beso. Sus labios carnosos se pegaron a los míos, su lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y deseo. Gemí contra él, mis uñas clavándose en su nuca. El beso se volvió feroz, chupando, mordiendo, mientras sus manos exploraban mis tetas por encima de la blusa. Sentí mis pezones endurecerse como piedritas, rogando atención.
Lo empujé suave hacia atrás, montándome a horcajadas sobre él. Mi concha ya estaba empapada, el calor entre mis piernas palpitando contra la tela de mis panties. Rozaba mi pubis contra su verga dura, sintiendo su grosor a través del pantalón. —Quítate la ropa, wey —ordené, mi voz mandona pero juguetona—. Pero no me toques todavía. Esta es la prueba.
Marco obedeció, desabrochándose la camisa con manos temblorosas. Su pecho lampiño brillaba de sudor, los músculos tensos bajo mi mirada. Bajó el zipper, y su verga saltó libre, gruesa y venosa, con la cabeza rosada goteando pre-semen. ¡Chingón! Olía a macho puro, ese almizcle que me hace agua la boca. Me incliné, rozando mi nariz contra ella, inhalando profundo. Él gruñó, sus caderas alzándose instintivo.
—Aguanta, pendejo —le dije riendo, lamiendo solo la punta con la lengua plana. Su sabor salado me invadió, y gemí de anticipación. Empecé la prueba de verdad: masturbación lenta, mi mano envolviendo su tronco, subiendo y bajando con roce experto. Mis tetas rebotaban libres ahora, porque me había quitado la blusa. Él las miró hipnotizado, lamiéndose los labios.
El zumbido del ventilador se mezclaba con sus jadeos roncos, el tráfico lejano como fondo a nuestra sinfonía. Sudor perló su frente, goteando por su abdomen definido. Yo aceleraba el ritmo, luego frenaba, torturándolo.
Siento su pulso en mi palma, latiendo como un corazón salvaje. ¿Cuánto aguanta antes de rogar?Mis propios jugos corrían por mis muslos, el olor a excitación femenina llenando el aire.
Marco suplicó: —Ana, porfa, déjame tocarte. Neta no aguanto. —Sus ojos brillaban de lujuria, las venas de su cuello hinchadas.
—Bien, pasaste la primera ronda —concedí, quitándome la falda y las panties de un tirón. Mi concha depilada relucía húmeda, los labios hinchados y rosados. Me paré sobre él, bajando despacio hasta que la cabeza de su verga rozó mi entrada. El contacto fue eléctrico: calor resbaloso, mi humedad lubricándolo. Gemí alto, arqueando la espalda.
Ahora el medio acto escalaba. Me hundí centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estiraba, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón, qué rico! Sus manos agarraron mis nalgas, amasándolas con fuerza, mientras yo cabalgaba lento al principio. El slap-slap de piel contra piel resonaba, mezclado con mis chillidos y sus mugidos. Sudor nos unía, resbaloso y caliente.
Cambié de posición, poniéndome de rodillas en el sofá. —Cógeme por atrás, pero despacio, wey. Siente cada centímetro. —Él se colocó detrás, su verga deslizándose de nuevo en mí con un sonido obsceno, chapoteante. Sus bolas peludas chocaban contra mi clítoris, enviando ondas de placer. Olía a sexo puro: mi crema en su pubis, su sudor en mi espalda.
La intensidad subía. Mis paredes internas lo apretaban rítmico, ordeñándolo. Él metía dedos en mi boca, y yo los chupaba como si fueran su verga.
Esto es lo que necesitaba: un macho que sepa follar sin prisas, construyendo el fuego hasta que explote.Le arañé la espalda, dejando marcas rojas. Él aceleró, embistiéndome profundo, su vientre contra mis nalgas suaves.
—Me vengo, Ana... ¡no pares! —gruñó, su voz quebrada.
—No te vengas todavía, pinche ansioso. Aguanta para la gran prueba. —Lo saqué, volteándome para lamer su verga limpia, saboreando mi propia esencia dulce y salada. Luego, lo empujé al piso, montándolo en reversa. Mis tetas rebotaban salvajes, él las pellizcaba desde abajo. El orgasmo me acechaba, un nudo apretado en mi vientre.
El clímax llegó como un tsunami. Yo primero: mi concha convulsionó alrededor de su verga, chorros de placer mojándonos. Grité su nombre, el mundo volviéndose blanco, pulsos retumbando en mis oídos. Él no aguantó más, inundándome con chorros calientes, su semen espeso llenándome hasta rebosar. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa y temblorosa.
En el afterglow, nos quedamos abrazados en el suelo fresco. Su mano acariciaba mi cabello húmedo, mi cabeza en su pecho oyendo su corazón galopante calmarse. El aroma a sexo y tequila persistía, dulce recordatorio. —Pasaste la prueba con diez, Marco —murmuré, besando su piel salada—. Ahora sí podemos intentar todo lo heavy que quieras.
Él rio bajito, apretándome contra él. Neta, este wey es oro. Una prueba antes de intentar, y valió cada segundo. La noche aún era joven, la ciudad cantaba afuera, y yo ya planeaba la próxima ronda. Pero por ahora, solo paz, conexión, y esa calidez empalagosa del placer compartido.