Intenta No Correrte
Estás en tu depa en la Condesa, con las luces tenues del atardecer colándose por las cortinas. El aroma a café de olla y canela flota en el aire, mezclado con el perfume dulce de ella, Ana, que acaba de llegar de su clase de salsa. Lleva un vestido rojo ajustado que marca sus curvas como si fueran hechas para tentarte. Neta, carnal, esta morra es puro fuego, piensas mientras la ves quitarse los tacones, moviendo las caderas con ese ritmo que te enciende la sangre.
"Órale, güey, ¿qué traes esa cara de pendejo? ¿Ya te picó el amor o qué?", te dice riendo, con esa voz ronca que te pone la piel chinita. Se acerca, su piel morena brillando bajo la luz, y te planta un beso que sabe a chicle de tamarindo y deseo. Sus labios suaves rozan los tuyos, su lengua juguetona explorando, y sientes cómo tu verga se despierta de golpe, apretando contra el pantalón.
La abrazas por la cintura, sintiendo el calor de su cuerpo contra el tuyo. "Nada, mi reina, solo pensando en lo chido que es tenerte aquí", murmuras, oliendo su cabello con ese shampoo de coco que te vuelve loco. Ella se ríe, bajando la mano hasta tu entrepierna, apretando suave. "Mmm, se ve que ya estás listo. ¿A que no aguantas ni cinco minutos conmigo hoy?"
Intenta no correrte, te reta con los ojos brillantes, mordiéndose el labio inferior. El desafío te prende como mecha de cohete. "Ah, ¿verdad? Vas a ver, te voy a hacer suplicar primero", respondes, levantándola en brazos. Sus piernas se enredan en tu cintura, y la llevas al sillón de cuero, que cruje bajo el peso de los dos.
Acto primero: el juego comienza. La sientas en tus piernas, besándola despacio, saboreando cada rincón de su boca. Tus manos recorren su espalda, bajando hasta sus nalgas firmes, amasándolas mientras ella gime bajito. "Ay, cabrón, qué manos tienes", susurra, arqueando la espalda. Desabrochas su vestido, dejando al aire sus tetas perfectas, pezones duros como piedras de obsidiana. Los chupas, lamiendo con la lengua plana, sintiendo su sabor salado y dulce a la vez. Ella jadea, clavando las uñas en tu nuca, el sonido de su respiración agitada llenando la habitación como música de fondo.
Pero ya sientes la presión en tus huevos, la verga latiendo impaciente.
No, no tan rápido, pendejo. Intenta no correrte todavía, aguántale, te dices, respirando hondo para controlarte. La volteas, poniéndola de rodillas en el sillón, y le bajas las tangas. Su concha depilada brilla húmeda, oliendo a miel y excitación pura. Metes dos dedos, sintiendo lo caliente y resbalosa que está, moviéndolos en círculos mientras ella se retuerce. "¡Sí, así, no pares, mi amor!", grita, empujando contra tu mano.
El calor sube, tus pantalones te aprietan tanto que duele. Te los quitas a la brava, liberando tu verga tiesa, venosa, goteando pre-semen. Ana se gira, mirándote con ojos de diabla. "Mira qué rica verga tienes, güey. ¿Seguro que aguantas?" Se arrodilla, lamiendo desde la base hasta la punta, su lengua caliente envolviéndote como terciopelo mojado. El sonido chupante, el calor de su boca, el roce de sus dientes suaves... Pinche reto, esto es tortura.
Acto segundo: la escalada. La levantas, la acuestas en la cama king size que huele a sábanas frescas de lavanda. Te pones encima, frotando tu verga contra su clítoris hinchado, sintiendo sus jugos untándote. Ella gime fuerte, "Métemela ya, no seas mamón". Entras despacio, centímetro a centímetro, su concha apretándote como guante de terciopelo caliente. El olor a sexo invade todo, sudor mezclado con su esencia, el slap-slap de piel contra piel empezando suave.
Empujas hondo, sintiendo cada vena de su interior masajeándote. Sus tetas rebotan con cada embestida, sus pezones rozando tu pecho. "¡Más fuerte, cabrón! ¡Dame todo!", exige, clavando las piernas en tu espalda. Aceleras, el sudor chorreando por tu frente, goteando en su piel. Tus bolas golpean su culo, el sonido rítmico como tambores de mariachi enloquecido.
Intenta no correrte, resiste, hazla gozar primero, piensas, mordiendo el freno para no explotar.
Cambian de posición: ella arriba, cabalgándote como amazona. Sus caderas giran en círculos, su concha tragándote entero, el calor insoportable. Agarras sus nalgas, guiándola, sintiendo cómo se contrae alrededor de tu verga. "¡Ay, Dios, qué rico te sientes!", grita, su cabello negro azotando tu cara, oliendo a sudor y pasión. Tus manos suben a sus tetas, pellizcando pezones, y ella acelera, el colchón chirriando bajo el peso.
La tensión es brutal. Sientes el orgasmo subiendo como volcán, huevos apretados, verga hinchada al límite. No, aguanta, pendejo, no te corras aún. La volteas de nuevo, misionero feroz, besándola mientras la taladras profundo. Sus uñas rasgan tu espalda, dejando marcas ardientes. "¡Me vengo, me vengo!", aúlla ella primero, su concha convulsionando, ordeñándote, jugos chorreando por tus bolas.
Acto tercero: la liberación. Su orgasmo te empuja al borde. "¡Intenta no correrte más, pero ya no puedo!", jadeas, y ella ríe entre gemidos. "¡Córrete conmigo, mi rey!". Explotas dentro, chorros calientes llenándola, el placer cegador, pulsos interminables. Sientes cada contracción, el semen saliendo en oleadas, su concha apretando para sacarte todo. El mundo se reduce a ese calor pegajoso, el olor almizclado de corrida mezclada con sus jugos, el sabor de su cuello salado cuando lo besas.
Colapsan juntos, jadeando, cuerpos enredados sudorosos. Ella acaricia tu cara, besándote suave. "Lo hiciste chido, güey. Aguantaste más de lo que pensé". Tú sonríes, exhausto, sintiendo la paz post-sexo, el corazón latiendo calmado. Neta, esta morra es lo mejor que me ha pasado. Se quedan así, escuchando el tráfico lejano de la ciudad, el viento moviendo las cortinas, saboreando el afterglow.
Minutos después, se levantan por un trago de tequila reposado, riendo del reto. "La próxima, yo intento no correrte primero", te dice guiñando. Y sabes que el juego apenas empieza, con ella, en esta vida chida que comparten.